Resumen
El fantasma de la dispersión del pensamiento ronda en las aulas tradicionales. Las actitudes díscolas, de indisposición y del desentendimiento del que “enseña” se ha instalado en los espacios de los que se espera sean los lugares del foro para el razonamiento en el encuentro con los otros. El razonamiento nunca es individual, está mediado por quienes nos acompañan en la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas que nos planteamos hoy. Si no se parte de dichas preguntas para asignar sentido al contexto regulativo de la educación formal, tal dispersión del pensamiento es inevitable. Niños, niñas, jóvenes y adultos sospechan que lo que se pretende “enseñar” está en algún lado y hacia allá pueden dirigirse sin ser vigilados o controlados y sin el medidor del tiempo. Permanece, eso sí, el deseo por saber, tan natural en la condición humana, pero se debilita la institución educadora.

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