
Narración de los primeros años de vida del maestro Sergio Suárez González, a partir de una entrevista biográfica, realizada por el grupo de investigación Juwauye Palaa de la Institución Etnoeducativa Integral Rural Internado Indígena de Puerto Estrella, como parte del proyecto Historias de Vida: Narrativas Biográficas de Maestros. Se analizan las experiencias en su convivencia familiar de origen, la composición de esta familia y los pasos que llevaron al entonces adolescente a iniciar sus estudios, que antecedieron a la vida profesional. Se muestran las dificultades personales que de alguna manera moldearon su personalidad, hoy ejemplo educativo en la región.
Narration of the first years of the teacher's life Sergio Suárez González, starting from a biographical interview, carried out by the investigation group Juwauye Palaa of the Comprehensive Rural Ethnoeducational Boarding Institution for Indigenous Peoples of Puerto Estrella, like part of the project Biographical: Narrative Histories of Life of Teachers. The experiences in their original family coexistence are analyzed, the composition of this family and the steps that took to the then adolescent to begin their studies that preceded to the professional life. The personal difficulties are shown that somehow modeled their personality, today educational example in the region.
Adentrarse en las peculiaridades de la vida de una persona mediante la entrevista biográfica, constituye una vía de reconocimiento al entrevistado, a la vez que enriquecer el conocimiento de su personalidad y divulgarlo contribuye a que su ejemplo cumpla un objetivo educativo, dirigido especialmente hacia las nuevas generaciones.
Si el entrevistado es un maestro adornado con valores como la responsabilidad, que acompaña su afán de superación y la resiliencia ante situaciones complejas, su historia representa un orgullo en el medio en que se desenvuelve, mucho más cuando en la comunidad se describe como persona de buen carácter, que posee una amplia y aguda visión del mundo que le rodea.
La presente narración relata los momentos culminantes de la vida infantil y adolescente de un actual maestro, recogidos en entrevista realizada por los estudiantes y maestros del semillero de Investigación Juwauye Palaa -Semillas del mar-, de la Institución etnoeducativa integral rural Internado Indígena de Puerto Estrella.
Este trabajo forma parte de la primera colección Historias de vida: Narrativas biográficas de maestros, que busca rescatar las semblanzas de esos artesanos del saber, siendo en esta ocasión Sergio Suárez González el protagonista del empeño.
El artículo se inicia con algunas reflexiones sobre la personalidad y su desarrollo, consideradas necesarias para interpretar el valor de las experiencias narradas, y concluye con una apreciación de los autores sobre las características particulares que se evidencian a lo largo de la narración.
Oriundo de Nazareth, Alta Guajira, Colombia, Suárez es un ciudadano nacido el 15 de agosto de 1967, comprometido con el fortalecimiento de la educación y el desarrollo de las habilidades lingüísticas de su comunidad. Se ha desempeñado como maestro durante los últimos treinta y dos años, diez de los cuales ha ejercido en Riohacha, capital del departamento de La Guajira. A través de la enseñanza del wayuunaiki, transmite la cultura del pueblo wayuu a sus estudiantes, contribuyendo activamente a la preservación de este legado ancestral.
Ha formado una familia junto a su esposa, Brisilda García, y sus cinco hijos; Johan Steven, Daybelis, Johendry Sireth, Aidarys y Jack Andrew, quienes son una de las razones de su proyecto de vida.
En un entorno marcado por procesos acelerados de homogeneización cultural y lingüística, que amenazan con la desaparición de una gran parte de las lenguas indígenas del mundo, iniciativas como Historias de Vida se constituyen en herramientas clave para la resistencia cultural y la preservación de la memoria colectiva. La posibilidad de registrar y difundir relatos como el de Suárez contribuye a la visibilización de su trayectoria como educador wayuu y asegura la perdurabilidad de su voz en medio de dinámicas globales que tienden a invisibilizar las particularidades culturales (Walsh, 2009; UNESCO, 2022).
La pérdida de las lenguas indígenas es también la pérdida de formas propias de interpretar, narrar y habitar el mundo. En este sentido, el relato de vida de Suárez revaloriza su experiencia personal y el papel que juegan los docentes indígenas como agentes de transmisión cultural y lingüística (Mignolo, 2005). La educación intercultural cobra aquí un sentido vital; se convierte en un pretexto donde lo ancestral y lo contemporáneo dialogan.
Durante la entrevista, el equipo investigador reconoció la actitud abierta y reflexiva del docente, quien respondió con atención a cada una de las preguntas formuladas. Su disposición facilitó reconstruir aspectos significativos de su vida, especialmente en su etapa formativa hasta la adolescencia, los cuales han sido importantes para la narración que aquí se presenta. Esta interacción enriqueció el contenido del artículo y reafirmó la importancia del enfoque biográfico como estrategia de investigación que dignifica las voces locales y las experiencias encarnadas (Bolívar, Domingo & Fernández, 2001).
La personalidad, entendida como una estructura dinámica y compleja de rasgos, motivos y valores, comienza a configurarse desde edades tempranas, alrededor de los tres años de vida, y se despliega a lo largo de toda la existencia humana. Diversos estudios han coincidido en señalar que este proceso no se limita a una etapa específica del desarrollo, por el contrario, acompaña al sujeto en su interacción constante con los contextos biológicos, psicológicos, educativos y socioculturales que lo rodean.
Domínguez García y Fabelo Roche (2018), en la introducción de su obra Personalidad, motivación y consumo indebido de drogas, proponen una concepción integradora de la personalidad, al definirla como:
[…] el nivel superior de integración de contenidos y funciones de la subjetividad humana y tiene como misión la regulación y autorregulación del comportamiento en las áreas más importantes de la vida de cada individuo. Su centro o núcleo lo constituyen las necesidades y motivos. En ellos se integran lo cognitivo y afectivo determinando las intenciones y comportamiento del individuo. (p. 1)
Desde esta perspectiva, los autores reconocen que la personalidad imprime un sello distintivo en la manera de actuar de cada persona. Si bien posee una estructura relativamente estable, no debe concebirse como estática, pues es susceptible de transformaciones que dependen de las condiciones de vida, las experiencias subjetivas y, especialmente, de la influencia educativa recibida a lo largo del tiempo.
En una publicación posterior, Domínguez García (2021) profundiza en la noción de “personalidad madura” o saludable, destaca que esta se caracteriza por una identidad estructurada y coherente, orientada por valores morales interiorizados, metas personales realistas y proyectos de vida que responden a las motivaciones profundas del sujeto:
Una identidad personal estructurada y estable (…) valores sociales y morales que se han convertido en convicciones y operan desde lo interno del sujeto (…) Proyectos futuros en términos de aspiraciones, metas, objetivos a alcanzar en un plazo más o menos mediato de tiempo, elaborados en estrecho vínculo con las principales necesidades y motivaciones de la persona (p. 3).
El desarrollo de la personalidad está condicionado por múltiples factores interrelacionados: biológicos, psicológicos y sociales. Uno de los aspectos esenciales en este proceso es la armonía entre las exigencias del entorno y las potencialidades internas del individuo. Esta relación favorece el surgimiento de cualidades como la autenticidad, la independencia, la seguridad emocional, la flexibilidad cognitiva, la empatía, la tolerancia hacia las opiniones divergentes y la capacidad de establecer vínculos significativos con los otros.
Entre los factores sociales, la educación ocupa un lugar central, ya que posibilita la incorporación del sujeto a su medio natural, cultural y simbólico. A través de procesos formativos, la persona adquiere conocimientos, habilidades, formas de interpretar y actuar en el mundo que repercuten directamente en la configuración de su identidad personal y social.
En la presente narración se analizan las formas en que estos factores han intervenido a lo largo del ciclo vital del maestro Sergio Suárez. Así, se busca comprender de qué modo las condiciones históricas, familiares y educativas han influido en la construcción de su personalidad y en el modo en que se relaciona consigo mismo y con los demás.
Tal como se expuso en apartados anteriores, el maestro Suárez se mostró dispuesto y colaborativo a lo largo del proceso de construcción de esta narrativa. Su apertura facilitó el acceso a memorias importantes de su historia personal, las cuales se presentan a continuación como parte del enfoque biográfico que orienta este estudio. El relato de vida constituye una herramienta valiosa para comprender cómo se configuran las trayectorias identitarias y profesionales, particularmente en escenarios educativos.
Al iniciar su narración, Suárez compartió fragmentos de su niñez y adolescencia, ofreció detalles que permiten comprender las condiciones socioculturales, familiares y escolares que marcaron su formación temprana. Estas experiencias moldearon su carácter y también revelan los primeros indicios de su identidad pedagógica. Desde la evocación de espacios cotidianos hasta la descripción de figuras significativas en su entorno, el testimonio del maestro da cuenta de un entramado de vivencias que sustentan su inclinación como educador.
En este sentido, el estudio de historias de vida, como la del maestro Suárez, contribuye a iluminar los procesos subjetivos de construcción del ser docente, articulando pasado y presente, memoria y experiencia, subjetividad y contexto (Bolívar, Domingo & Fernández, 2001). A continuación, se transcriben segmentos de su relato, que permiten adentrarse en los elementos que configuraron sus primeros años de vida y que, con el paso del tiempo, han incidido en su forma particular de habitar la escuela y ejercer la enseñanza.
[…] Nunca tuve la oportunidad de conversar con mis padres sobre cómo eligieron mi nombre. Esa confianza entre padre e hijo, o madre e hijo, era muy poco común en esa época. No era como ahora, que los jóvenes se involucran en las conversaciones de los mayores. En aquel entonces, uno siempre tenía que mantenerse al margen. Mi mamá era ama de casa, enfocada por completo al cuidado de los hijos y atender a mi papá como esposo. Mi papá fue joyero de profesión desde su juventud y se dedicó a ese oficio toda su vida, hasta su muerte. Relataba que la historia de su aprendizaje del arte de la joyería, había comenzado cuando fue ayudante de un tío en Venezuela durante su niñez.
El maestro cuenta cómo esa tradición fue transmitida por su padre a sus hijos, constituyendo un legado familiar y explica ampliamente sobre la composición de la familia, refiriéndose a sus hermanos:
Proveniente de una familia numerosa, compuesta por cinco hermanos varones, el maestro Suárez recuerda con claridad su posición como el menor. Esta condición marcó su rol dentro del núcleo familiar e influyó en su perspectiva sobre la vida y sus posibilidades formativas. Relata que su hermano mayor, Manuel Segundo, reside en Barquisimeto (Venezuela), donde se estableció definitivamente tras la pérdida de su esposa. El segundo hermano, padre de Max —docente actual del Internado de Puerto Estrella—, se dedicó durante varios años al oficio de la joyería, actividad que compartía con Alonso, el cuarto hermano, quien, debido a un accidente ocular, migró a Maracaibo, donde finalmente se radicó. César, el tercero, está vinculado a la organización indígena Dusakawi, en la comunidad de Nazareth, desempeñándose en labores comunitarias.
En este entorno familiar, sin antecedentes profesionales formales ni modelos académicos cercanos, Suárez logró abrirse camino hacia la formación universitaria. Reconoce que sus padres, aunque afectuosos y trabajadores, no mostraron un interés manifiesto por estimular el estudio en sus hijos. La decisión de convertirse en profesional surgió más como una búsqueda personal frente a ciertas condiciones adversas, que como resultado de un proyecto familiar planificado. Esta circunstancia le confiere a su trayecto educativo un carácter autodidacta y resiliente, al haber logrado posicionarse como docente en un contexto donde el acceso a la educación superior era limitado y poco incentivado.
En palabras de Bolívar (2002), las trayectorias vitales como la del maestro Suárez “expresan el devenir individual, las condiciones sociales, familiares y culturales en las que se construye la identidad profesional” (p. 57). Así, su historia de vida se inscribe en un marco de transformaciones personales que desafían el determinismo estructural y evidencian el poder de la voluntad, la experiencia y la vocación pedagógica.
En esta parte del relato, el maestro Suárez reflexiona sobre la marcada influencia que su madre ejerció en su formación personal. Con palabras sentidas, reconoce: “Mi mamá ha sido una fuente de inspiración para mí y ha moldeado lo que soy hoy”. A diferencia de su padre, con quien no logró establecer un vínculo cercano, Suárez destaca la existencia de una relación afectiva sólida y comunicativa con su madre. Con un tono melancólico afirma: “Con mi papá, en cambio, nunca tuve la oportunidad de conversar o expresar algo; ese acercamiento nunca existió, pero con mi mamá sí. Cuando quería hacer algo, se lo contaba a ella y actuaba”.
Su narración transita luego hacia los recuerdos de su infancia, expresados con una mezcla de orgullo y nostalgia. Desde muy temprana edad asumió múltiples responsabilidades en el hogar, lo que configuró en él una ética del trabajo y del cuidado. Relata: “Imagínense, desde los seis hasta los catorce, yo era el dueño de la cocina. A los catorce dejé esas tareas, pero antes, mi rutina era intensa: me levantaba a las dos de la mañana para hacer chicha, llevaba los chivos a tomar agua, regresaba a las cinco de la mañana a preparar arepas, le llevaba el desayuno a mi papá, barría la joyería, volvía a casa para lavar los platos y empezaba a preparar el almuerzo de una vez”.
Esta dinámica familiar estuvo fuertemente marcada por la condición de salud de su madre, quien padecía osteomielitis, una enfermedad crónica e invalidante. Suárez señala que su madre, debido a esta afección ósea, no podía permanecer de pie durante mucho tiempo y que “esa herida siempre supuraba, y así fue durante los veinticinco años que yo recuerdo”. Esta situación explica en parte el nivel de responsabilidad asumido por él en el núcleo familiar, así como el desarrollo de una sensibilidad particular hacia el cuidado del otro.
En relación con los vínculos familiares ampliados, el maestro Suárez reconoce que en su entorno no se desarrollaron los roles tradicionales de abuelos o tíos, como suele esperarse en muchas comunidades. Explica que, en su experiencia, la figura del abuelo estuvo marcada por una relación distante y por una visión tradicionalista que condicionaba los vínculos afectivos. Con tono reflexivo recuerda: “Mis rasgos faciales, o como quieran llamarlos, los heredé de mi abuelo, al que apodaban 'el viejo Moutpurai'. Era uno de esos ancianos con pensamientos anticuados, de los que no colaboraban con nadie. Por ejemplo, él decía que, si un wayuu llegaba a pedirle ayuda, primero había que ver si tenía un chiquero para meterse con una mujer. Y si no lo tenía, preguntaba: '¿Por qué buscas una mujer? Yo no voy a mantener a tu mujer'”.
A partir de esta caracterización, continúa describiendo la figura de su abuelo como la de un hombre reservado, autónomo y profundamente dedicado a sus animales: “El viejo Moutpurai era un personaje muy particular, único en su estilo. Como ya mencioné, no colaboraba con nadie. Como dice el paisano, matujuisai eeita (él no colabora). Sin embargo, era muy dedicado a sus animales. Cuando vivía, les entregaba todo su tiempo. Desde la mañana hasta las dos de la tarde se ocupaba de ellos. Luego salía y regresaba en la noche para seguir cuidándolos”.
En cuanto a la relación con la abuela materna, el maestro Sergio señala que tampoco se estableció un vínculo afectivo significativo. Según su testimonio, “mi mamá no compartía el rol de la abuela, porque siempre había una oposición por parte de ésta, la mamá de mi papá. Ella siempre estaba en contra de lo que hacíamos. Por eso nunca tuvimos la oportunidad de acercarnos a nuestros abuelos ni a nuestros tíos. Siempre hemos sido independientes. No había cercanía familiar. Solo nos encontrábamos por casualidad, como cuando uno se cruza con alguien cerca de la casa, ya que vivíamos prácticamente como vecinos”.
En este marco, menciona también a algunos familiares con los que tuvo contacto esporádico: “Mi tío Inocencio vive en Itojoro; es hermano de mi papá. Algunos de mis tíos ya fallecieron, como Juan Manuel y Elvira. Todavía está mi tía Laura, una mujer que se quedó sola, nunca se casó ni tuvo hijos, y se quedó siendo julamíaa (soltera, en el contexto cultural)”.
Con sus hermanos sí existió un grado mayor de cercanía. En tanto hijo menor y único varón a cargo del hogar en condiciones de enfermedad materna, asumió responsabilidades desde edades muy tempranas. Suárez enfatiza: “Como yo era el menor de todos y no tuvimos hermanas, y mi mamá siempre estuvo enferma, mi rol en la casa fue estar en la cocina. Desde que tuve edad para entender cómo hacer las cosas, me encargué de cocinar”. Como muestra de ello, señala: “Imagínense, todavía tengo estas marcas” (muestra quemaduras en sus brazos) “A los seis años me quemé cocinando un sancocho para mi papá, quien tenía un carácter militar, sin margen para errores. Si algo salía mal, ya sabíamos lo que venía”. Y evalúa: “Sé que mi papá no fue un mal padre, pero tenía su forma de ser. Pegaba demasiado, realmente demasiado”. Con un tono de humor que matiza la dureza del recuerdo, agrega: “Creo que se rompieron más de veinte palos de escoba por los golpes que me dio en la cabeza”.
A pesar de estas dificultades, los momentos en que dio inicio a su formación académica representan un ejemplo de resiliencia y autodeterminación. Sus palabras dan cuenta de una trayectoria forjada desde el esfuerzo personal: “Mi formación académica es una historia difícil de contar, pero muy valiosa para inspirar a los jóvenes que buscan superarse”. En sus intervenciones, hace especial énfasis en los estudiantes que integran el grupo de investigación, a quienes busca estimular desde el valor de su experiencia vital.
Al adentrarse en los recuerdos de su adolescencia, el maestro Suárez devela una situación compleja que lo condujo a tomar la decisión que cambiaría el rumbo de su vida. Relata: “Cuando llegué a los catorce años, mi vida dio un giro. Mi papá, conocido por su carácter mujeriego, recibía con frecuencia la visita de amigos y amigas. Como dicen, era 'tiro fijo'. Cuando mi mamá no estaba en casa —porque a veces viajaba a Maracaibo para sus citas médicas— él recibía mujeres y se encerraba con ellas frente a nosotros. Eso pasaba cada vez que ella se ausentaba. Uno, siendo niño, no debía decir nada. Si lo hacía, me pegaba todos los días, sin falta”.
El maestro expresa con sinceridad la ausencia de respeto en su entorno familiar, tanto hacia niños como hacia adultos: “No había respeto, ni para los niños ni para los adultos. Imagínense, hasta el papá de Max, que ya estaba casado, también le pegaba a su familia”. Es en ese contexto adverso que, a los catorce años, tomó una determinación: “Le dije a mi mamá: 'Quiero estudiar'. Ella me respondió: 'No sé qué dirá tu papá'”.
Al comentarle su decisión a su padre, este lo interpretó como una ofensa: “Cuando le conté a mi papá que quería estudiar, lo tomó como una ofensa”. La motivación por estudiar, según relata, provino de los comentarios de algunas mujeres y conocidos que frecuentaban su hogar: “A veces llegaban y me decían: ¿piensas estudiar? Es bueno estudiar, no te quedes aquí. Ese pensamiento se quedó grabado en mí, como buscando la forma de hacerse realidad”.
Reflexionando sobre esos momentos, relata con dolor: “Cuando mi papá se ofendió, me dijo: 'Desde ahora no tienes voz ni voto para hablar'. Agarró un mecate y me pegó. Salí corriendo, escapándome. Fue mi primera reacción”. (El Diccionario de la lengua española [s. f.] define mecate, del náhuatl mecatl, como un cordel o cuerda hecha de cabuya, cáñamo, pita, crin de caballo u otro material similar).
Su fuga lo condujo hasta el internado, donde tuvo la oportunidad de conocer a la hermana Marta Galvis, a quien describe como “una chamaca”. En ese momento, el director del internado era el padre Bernardino. A los catorce años, Suárez apenas dominaba el español, ya que en su hogar no se hablaba dicha lengua: “Mi papá no me hablaba en español, tampoco mi mamá. No tenía contacto con nadie; solo estaba en casa, ayudando a cocinar. Yo entendía poco”.
Respecto a los docentes que marcaron su trayectoria formativa, rememora: “En el internado conocí a una señora llamada Luisa, que también era profesora; me dijo: 'Tienes que estudiar, aunque te tome una semana'. Ya estaba grande para quedarme en primero. Y así me pasaron a segundo. Fue entonces cuando conocí a Jesús Quijada, el primer maestro que me motivó a estudiar. Él me dio la iniciativa de decir: 'Bueno, hay que estudiar'”. Señala que, con este maestro, tuvo su primera experiencia real de evaluación: “Yo no sabía qué era una evaluación. Era muy ignorante en ese sentido. Los garabatos que hacía eran lo único que entendía, pero en realidad no los comprendía. Todavía lo recuerdo, porque es algo que se me quedó grabado, como si fuera una letra marcada en mi cabeza”.
Las tensiones con su padre persistieron y se profundizaron: “Seguimos, como quien dice, tambaleando en la relación entre padre e hijo. No existía esa conversación donde uno pudiera decir: 'Papá, tengo que pedirle permiso'. No, eso ya no existía”.
Posteriormente, llegó a Nazareth el programa de bachillerato radial. En ese momento, como joven, Suárez se inclinaba hacia la fe católica y asistía con regularidad a misa. Al decidir matricularse en dicho bachillerato, su padre se opuso de manera radical: “Quemó toda mi ropa. Aun así, me fui con lo poco que tenía, solo un short”. La hermana Marta, conociendo ya su compromiso como estudiante, lo acogió: “No sé de dónde sacó ropa, pero me dio prendas viejas que me sirvieron”.
Tras ese incidente, su padre fue al internado y le dijo: “No vuelves a pisar mi casa”. Suárez respondió: “No, tranquilo”. A partir de entonces, iba a casa de su abuela materna a almorzar y regresaba al internado para continuar sus estudios. Describe con orgullo sus logros académicos: “Como era doble jornada, hice sexto y séptimo en un año, con los mejores puntajes: 9.8 en el pre-ICFES, que en ese entonces era sobre 10. Saqué 9.8 en octavo y noveno. Llegué a noveno en dos años”.
Rememora también su primera salida fuera del entorno inmediato: “Imagínense que hasta esa época no conocía ni Uribia, mucho menos la ciudad. Nunca había estado allí”. Fue gracias a un amigo de su hermano César, conocido como José, que pudo iniciar una nueva etapa educativa. Relata: “A las 4:00 de la mañana, la seño Clarisa nos llevó a matricularnos al colegio Divina Pastora. Me fui sin nada, sin ropa de verdad, sin ropa para pasear o para alguna ocasión especial, nada. Aunque tenía algunas ropitas viejitas que me sirvieron. Si no hubieran servido, no estaría aquí contándoles esto”.
Durante la matrícula, me preguntaron por los acudientes. “Supuestamente, la seño Clarisa era la acudiente, ella trabajaba en la Divina Pastora”. En ese tiempo, recuerda que el uniforme era íntegramente en prendas blancas: zapatos, medias, pantalón, correa, camisa y camiseta, lo cual marcó una experiencia educativa rigurosa y estructurada.
La Divina Pastora era un colegio reconocido regentado por la iglesia católica, tuvo su iniciación en 1907 con quince estudiantes, bajo el patronato de Monseñor Atanasio Vicente Soler y la dirección del padre Domingo de Riohacha.
Las vivencias de Suárez sobre las carencias económicas que marcaron la etapa inicial de sus estudios se manifestaron con las siguientes expresiones:
Ingresé al colegio, como no tenía libros para trabajar, pasaba prácticamente todas las tardes en la biblioteca. Los primeros días fueron muy duros, con necesidades que quizás nadie imagina. No sé cómo explicarlo, creo que ni a otro ser humano le han pasado cosas así. Comía una sola vez al día, arroz sin sal. Eso era lo que había.
Dentro del grupo estaba José Ángel, mi primo, el de la farmacia. También había otros de Nazareth, ellos ya tenían experiencia en la ciudad. ¿Qué hacían? Nos dieron una beca de $22,000. Con eso teníamos que pagar arriendo y todos los gastos. Pagábamos $10,000 de arriendo y $10,000 para comida. Nos quedaban $2,000. Los que ya conocían la ciudad se gastaban la plata en bebida y, a la hora del almuerzo, se iban a la calle porque tenían conocidos. Nos quedábamos en la casa éramos José Ángel y yo.
Cuenta el maestro Sergio que pasaban prácticamente una semana sin comida. Lo que comían era un pocillo de arroz sin sal, más o menos del tamaño de un puño. Lo compartía con José Ángel. Después de eso, tomaban agua y esperaban hasta el otro día, después de clases, al mediodía.
Sigue contando… José Ángel estaba a punto de tirar la toalla. Se fue para Maicao (municipio de La Guajira colombiana), decidido a retirarse. Allí se encontró con una tía que le dijo: “No te retires, sigue”. No sé si fue que le dio algo de plata, creo que unos $50,000; entonces, volvió con una compra, grande, de esas que podían durar un poco más de un mes. Como nosotros comíamos poco, nos duró casi dos meses.
Así empezamos a conocer gente. Había trabajos, como limpiar ciertas áreas. Uno limpiaba y, a cambio, nos daban comida. A nosotros, los 'paisanitos', como nos conocían en la calle 12, cerca del hospital Nuestra Señora de los Remedios. Al terminar el primer periodo en el colegio, nos dimos a conocer.
Varias veces me echaron del colegio por no llevar el uniforme; la secretaria del colegio me ayudó mucho. Yo era como su mensajero, el que le hacía los mandados, era un mensajero interno, a veces me daba algo de tomar. Todas las tardes salía a las seis, después de estar en la biblioteca, y me iba con ella.
Durante una reunión de padres de familia, todos los estudiantes ingresaron al recinto vestidos de blanco. En contraste, yo no contaba con uniforme, y las waireñas que llevaba estaban hechas en lana; una de ellas, además, estaba rota por la mitad, dejando mis pies expuestos, suspendidos en el aire.
De acuerdo con González Gómez (2022), la waireña es un tipo de sandalia tradicional del pueblo wayuu, elaborada con suela de caucho reciclado y tejidos en lana, hilo o algodón. Sus diseños cumplen una función utilitaria y constituyen una manifestación tangible de la identidad cultural wayuu. En el caso narrado por Suárez, la prenda se encontraba visiblemente deteriorada, probablemente debido al uso prolongado y las condiciones del entorno.
El cura de ese tiempo, Nando de Luque, a quien le decían “barriguita embolada”, me vio y me dijo: “no te vas a quedar en el colegio, no puedes venir con esa facha”. Me sacó de ahí, pero no me fui. Me quedé en la entrada hasta que llegó la secretaria y me preguntó “hijo, ¿qué pasó?”, le respondí “Me sacaron”, ella siguió preguntando ¿por qué?” y yo seguí respondiendo “por no tener uniforme”.
Ella fue a hablar con el rector, y hablaron conmigo. Al final, me dejaron entrar, tuve que firmar un documento para dárselo al portero.
La secretaria, fue un ángel para mí. Ella multiplicó mi firma. Me dio un montón de papelitos con la firma, y cada vez que llegaba al colegio, sacaba un papelito, lo mostraba y entraba. Ese era mi truco para poder entrar al colegio.
Como adolescente Sergio, tuvo éxitos estudiantiles a pesar de las difíciles condiciones para desarrollar sus estudios, cuenta lo siguiente:
Llegó la entrega del primer periodo, que no era como ahora. En ese tiempo, los mejores estudiantes de cada asignatura subían al estrado. Yo salí como el mejor en matemáticas y en inglés, así que subí dos veces. Subí sin uniforme, con una guayabera rota.
Después de la reunión, unas seis mujeres me llamaron. Eran de la asociación de padres de familias. Me hicieron varias preguntas: “tu acudiente está en Nazareth, tu papá debe estar en casa, tu mamá en la salina. ¿Qué haces aquí?”. Les dije: “no vengo a hacer nada malo, vine a estudiar”. Una de ellas, la más joven, me preguntó: “¿dónde vives?”, le respondí “por allá, cerca del aeropuerto”.
Imagínense, me tocaba caminar desde el aeropuerto hasta la Divina Pastora, y lo mismo al salir, a las doce o la una de la tarde.
Entonces, ella dijo: “vamos a hacer algo con este joven”. Era de la asociación de padres de familias. Me pidió que estuviera al día siguiente a las 5:45 p.m. Por mi cabeza pasaron mil cosas, entre ellas: que me iban a regalar algo, que me iban a ayudar. Ya me había dado a conocer por mis notas. Llegué a esa hora, y me llamaron para hablar…
Para ir transitando por el conocimiento de ese camino hemos realizado un resumen de las ideas fundamentales que nos ha transmitido el maestro Sergio.
La historia narrada devela las vivencias de un niño y adolescente que convive en medio de una dinámica familiar caracterizada por la presencia de un padre autoritario y violento, irrespetuoso de las normas elementales de convivencia y relaciones con su esposa e hijos y una madre enferma y débil ocupada en servir al esposo, aún con sus limitaciones, supo ganarse la confianza de su hijo, quien le hacía partícipe de sus ideas y aspiraciones. La figura materna se presenta como un pilar en la vida del infante, quien encuentra en su madre una fuente de inspiración y apoyo emocional, en contraste con la ausencia de cercanía con el padre.
La falta de apoyo y la oposición constante de la abuela paterna llevaron a un alejamiento familiar, impidiendo el acercamiento a los abuelos y tíos, lo que estimuló una independencia forzada. No obstante, el abuelo Moupuraii representó un ejemplo de laboriosidad ante los ojos del niño.
El infante, desde muy temprana edad cumplió la no fácil tarea de proveedor de la alimentación familiar, cuya responsabilidad sobrepasaba este límite, al realizar otras tareas desde horas tempranas, en función de las necesidades familiares y en especial del padre dedicado a la joyería.
Ese niño, hasta los catorce años, no tuvo la posibilidad de asistir a la escuela en el momento adecuado, ni conocer algún otro lugar que no fuera el de residencia y de laboreo con los chivos, un importante medio de subsistencia para los wayuu.
El irrespeto paterno de las normas elementales de convivencia provocó en el adolescente, de apenas catorce años, la toma de decisión que le permitiría alcanzar un nivel de desarrollo superior en su marcha hacia el futuro.
La comunicación con sus congéneres fue en wayuunaiki, lengua de su etnia, y desconocimiento del castellano hablado fuera de las comunidades indígenas, por lo que la relación con maestros y práctica de la lectura para el estudio debieron resultarle difícil y exigirle gran esfuerzo y tenacidad para lograr vencer esa barrera.
Con la salida del entorno comunitario además no faltaron las incomprensiones en el nuevo ambiente en que trataba de abrirse camino, ni tampoco faltaron los apoyos de maestros que le compulsaron a superarse en medio de las múltiples necesidades no resueltas, matizadas por la reacción violenta del padre y estar desprovisto de recursos para poder solventar las nuevas necesidades elementales: comer, vestirse y calzarse, adquirir su uniforme escolar, comprar sus libros.
Muestra de la entereza que iba adquiriendo su carácter, con ropa raída, se presentó y subió al estrado en dos ocasiones para recibir el merecido estímulo por los resultados escolares alcanzados
Gracias a su esfuerzo, dedicación y resiliencia, aquel niño que enfrentó múltiples adversidades se ha convertido en un adulto que ostenta el título universitario de Licenciado en Etnoeducación y Proyecto Social con énfasis en Bilingüismo. Ha conformado una familia que lo apoya en la realización de sus sueños, y se mantiene fiel a sus raíces, transmitiendo a sus estudiantes no solo su lengua y su cultura, sino también su ejemplo de vida para colegas, familiares y quienes creen en el potencial transformador del ser humano. De este modo, encarna el precepto martiano que aparece en el poemario dedicado a su hijo Ismaelillo: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti” (Martí Pérez, 2008, Tomo I, p. 17).
Siguiendo los pasos a las características humanas que identifican el desarrollo de la personalidad, se puede observar que se iba gestando una personalidad perseverante, sólida, capaz de resistir duros embates motivados por las difíciles condiciones que afrontó con valentía.
Una personalidad que se iba desarrollando armada de valores como la responsabilidad ante la familia, el respeto, el amor al trabajo, la disciplina, la tenacidad, que se fueron formando en la práctica cotidiana, influyendo en ello las tradiciones culturales y el acatamiento de sus normas, el amor y la comprensión de la situación de enfermedad de la madre, e incluso el temor a la represión del padre, entre otros factores.
En un momento determinado va naciendo un proyecto de vida diferente, cuando expresa “Bueno, hay que estudiar”, proyecto que marcha unido a la perseverancia y a la ayuda de otros, que le permitieron abrir nuevas oportunidades.
Como se ha explicado, los factores sociales contribuyen al desarrollo de la personalidad, entre ellos la educación, aunque, en ocasiones los senderos más desafiantes son los que nos llevan a las historias más significativas de superación personal.
La experiencia narrada resalta la importancia de la educación como un medio para superar circunstancias difíciles y estimular a otros jóvenes a valorar su formación académica, a pesar de las limitantes personales que hayan enfrentado en su vida, que incluyen las situaciones adversas. La influencia de maestros como “Luisa” y “Jesús Quijada” fue importante para superar la ignorancia y fomentar el deseo de estudiar, representando un importante apoyo para su desarrollo individual, lo que a la vez es expresión de que la intervención de una persona puede marcar la diferencia en la vida de un estudiante. Resulta conocido el impacto que tienen las redes de apoyo y la confianza en sí mismo para superar la adversidad. De esta forma, el proceso educativo fue marchando al unísono del desarrollo de la personalidad del adolescente.
El legado del maestro Suárez es invaluable para la educación indígena en la Alta Guajira colombiana y otros entornos académicos de la etnia wayuu. Conocer las experiencias de su vida contribuye patrimonio cultural de la comunidad wayuu y también sirve como un testimonio motivacional para los educadores rurales.
La narración de su historia de vida, tan llena de dificultades, ha de contribuir a motivar a los estudiantes para que reconozcan el poder transformador de la educación. Suárez, equipado del saber que conllevan los estudios universitarios, se convirtió en un admirado maestro de escuela primaria, un padre activamente comprometido y una figura respetada en su entorno, lo cual es digno de elogio teniendo en cuenta los desafíos de la pobreza, la violencia doméstica y la falta de apoyo educativo durante sus años formativos. Su crecimiento demuestra la importancia de la identidad cultural, de los mentores de apoyo y de la perseverancia y el tesón en el cumplimiento de un propósito justo, superando obstáculos. Hoy, constituye es ejemplo digno de imitar.
Ramón Segundo Iguarán Suárez: Miembro del pueblo wayuu, del clan SAPUANA. Docente, Institución etnoeducativa Internado Indígena rural de Puerto Estrella, Alta Guajira. Licenciado en Etnoeducación, Universidad de La Guajira, Riohacha. Director del grupo de investigación JUWAUYE PALAA (Semillas del Mar)
Argenis Prieto Polanco: Wayuu Paüsayuu. Licenciado en Etnoeducación, Universidad de La Guajira Sede Riohacha. Docente en el área de Ciencias sociales en la Institución Etnoeducativa Integral Rural Internado Indígena de Nazareth desde el año 2019 hasta el 2022. Actualmente, docente de lenguaje en la Institución Etnoeducativa Integral Rural Internado Indígena de Puerto Estrella desde 2023. miembro del Semillero Juwauye Palaa del Internado de Puerto Estrella. Director del Colectivo Juwaüyee Akuwaipaa.
William Leal Pushaina: Escritor y académico de origen wayuu. Licenciado en Filosofía y Literatura, Universidad del Atlántico, Barranquilla, y magíster en Estudios Latinoamericanos, Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín. Actualmente, docente en la Institución Etnoeducativa Integral Rural Internado Indígena de Puerto Estrella, Alta Guajira, Coordinador el grupo de investigación Juwauye Palaa en la misma institución y lidera dos colectivos teatrales: Son de Mar y Dantepo Nazareth. Ha colaborado con el poeta wayuu Livio Suárez en proyectos culturales.
Como poeta wayuu, es autor de los poemarios Sueños Mojados (ItaEditorial, 2021), Vivir para Follar (AvantEditorial, 2022) y Lexicali (Ciudad Letrada, 2023). Miembro de los semilleros de investigación Maskeletras y Silic de Literatura del Caribe, así como del grupo de investigación Pensamiento Crítico y Subjetividad. Ha participado en simposios y conversatorios académicos a nivel regional e internacional, y ha publicado artículos de reflexión literaria y filosófica.
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