
El presente trabajo persigue el objetivo de recorrer por algunos momentos del quehacer de la autora como educadora y constituye una porción de su historia de vida, en la que sitúa antecedentes de su formación como maestra, al haber estudiado en la Escuela Primaria Anexa a la Normal de Matanzas. Ya siendo estudiante normalista, expone lo que ello significó en su desarrollo juvenil, por ser el centro en el que inició las tareas educacionales, haciendo hincapié en mostrar lo que en su formación influyó la participación desde la Brigada Alfabetizadora “Conrado Benítez”, convocada por la escuela, ejerciendo la enseñanza en el medio rural, en un apartado lugar de la geografía cubana, provincia más oriental del país. Se incluye el recorrido posterior a su graduación ejerciendo su rol en el nivel medio y ulteriormente del superior, destacando que la semilla surgió desde su formación, bajo la dirección de consagrados educadores, que además de brindar importantes conocimientos, le convocaron a participar en tareas que fueron conformando su visión del mundo, proceso que se consolidó en la etapa juvenil, incluyendo valores humano-universales, imprescindibles para la realización de la actividad educativa en cualquiera de los niveles de enseñanza. Se asume la metodología cualitativa que caracteriza a la historia de vida como expresión de la investigación biográfica, de tipo descriptiva, cuya importancia radica en describir e interpretar el relato de la autora en su desarrollo y creación de significados, al producir la reconstrucción y el seguimiento del hilo conductor que relaciona, a través del tiempo, unas experiencias con otras en su vida. Cuenta con la bibliografía actualizada que norma este tipo de estudio.
This paper aims to revisit key moments in the author's professional journey as an educator, constituting a segment of her life history. It outlines the early stages of her teacher training, beginning with her studies at the Annexed Primary School of the Matanzas Teacher Training College. While still a student at the teacher training school, she reflects on the institution's profound impact on her personal and professional development. Here, she began her educational work, emphasizing the significance of her participation in the “Conrado Benítez” Literacy Brigade—an initiative organized by the school—which led her to teach in a remote rural area in the easternmost province of Cuba. The narrative continues with her professional trajectory following graduation, highlighting her roles at the secondary and, subsequently, the higher education levels. The author underscores that the foundation of her vocation was laid during her formative years under the guidance of devoted educators who imparted valuable knowledge and inspired her to engage in meaningful tasks that shaped her worldview. This developmental process, rooted in her youth, included the internalization of universal human values essential to educational practice at all levels of instruction. The study adopts a qualitative methodology characteristic of life history as a form of biographical research. It is descriptive and emphasizes the importance of narrating and interpreting the author's experiences, reconstructing and tracing the thread that links various episodes in her life over time. The work includes an updated bibliography consistent with this type of study.
Esta presentación se escribe de manera testimonial, tal como lo expresa la autora, quien expone: en cierta ocasión escribí sobre un momento de mi vida, para cumplimentar la convocatoria del Taller Provincial “La formación de educadores en Cuba: experiencias y desafíos actuales”, auspiciado por la Asociación de Pedagogos de Cuba; ahora, de manera inesperada, se me invita a escudriñar en los recuerdos nuevamente, con parecidas intenciones de expresar mis experiencias en la formación y ejecutoria del magisterio. El recorrido no resulta fácil tras tantos años transcurridos, sin embargo, he iniciado el camino con una pequeña incursión desde la niñez, antecedente a lo que después sería mi actividad laboral hasta los momentos actuales. A continuación, destaco la formación en la Escuela Normal de Matanzas que ostentaba el nombre del malacólogo y zoólogo, destacado investigador y profesor universitario matancero, “Carlos de la Torre y Huerta”2, ubicada en mi ciudad natal, donde siempre he vivido, centro en el que me inicié en la actividad revolucionaria, vinculada a las tareas educacionales, haciendo especial hincapié en mostrar lo que en mi formación influyó la participación en la Brigada Alfabetizadora Conrado Benítez, convocada por la escuela, momento especial de este estudio, que se complementa con parte del recorrido posterior a mi graduación como maestra, al asumir responsabilidades que me acercaron nuevamente al medio rural. Al arribar a la Universidad de Matanzas, lugar donde laboro por cuarenta y cinco de los sesenta y un años de trabajo como educadora, también he podido vincularme a senderos similares, mediante un proyecto de Trabajo Comunitario Integrado. Sirva este testimonio para homenajear a aquellos que con su cariño y dedicación me abrieron el camino luminoso hacia la realización personal.
Recorrer mi vida resulta difícil por lo extensa. Nací como hija única en el seno de una familia humilde, aunque con posibilidades económicas superiores a las de nuestros vecinos, mi padre era marino mercante que tocaba puerto en diferentes países de América, y tenía un salario fijo, mientras los que me rodeaban carecían de recursos y los buscaban mediante la pesca, el trabajo doméstico de las mujeres, u otras tareas que les garantizaran el sustento honradamente.
la autora, segunda de la primera fila, sentada junto al estandarte
Comencé mis estudios en una escuela del barrio, “Leonor Pérez”3allí cursé hasta el tercer grado de la enseñanza primaria; mis padres, buscando un centro escolar que tuviera otro nivel de desarrollo, solicitaron mi ingreso en la “Escuela Primaria Anexa a la Normal” de Matanzas. Concedida la solicitud llegué a un mundo estudiantil diferente.
El uniforme escolar era en verdad uniforme, a los padres se les entregaba un documento mimeografiado, donde aparecían las exigencias del atuendo: dimensiones de la faja de la cintura, de los pliegues de la falda, de la altura del dobladillo. Lo mismo, respecto a la indumentaria para la educación física y de la ropa de invierno. Era tan preciso todo que incluía los botones, el monograma identitario del plantel, las medias blancas y los zapatos. Cuando se producía la formación en el patio interior de la escuela, todo el estudiantado en filas separadas por sexo, parecía un ejército por su marcialidad.
Este fue un momento importante en mi formación, porque potenciaba valores como la disciplina, el respeto a la institución escolar, la pulcritud individual y colectiva, ya que la limpieza era cuidadosamente vigilada en cada estudiante, y el vestir de maestros y del director era ejemplo y admiración de la comunidad, por su elegancia y sobriedad, sin perder la sencillez y funcionalidad.
Explicaron a mis padres que me matricularían en tercer grado e iría a un aula múltiple, al que asistían escolares desde tercero hasta quinto. Allí conviví en el multigrado y pude apreciar la destreza de mi maestra para tener a todo el alumnado ocupado en la variedad del contexto: el uso múltiple del pizarrón, las tareas simultáneas, la atención a lo propio, mientras otros se ocupaban de realizar lo diferente. Recuerdo lo que influyó este modelo respecto al cuidado de los más pequeños y la armonía de las relaciones entre grupos de diversas edades, de niñas y niños, que estudiábamos en armonía.
Guilarte, (2003, 18) citado por Fajardo (2019) hace referencia a que Aguayo (1945) y Guerra (1954) “criticaron fuertemente la incompleta preparación de los maestros egresados de las Escuelas Normales”. Se refieren a la falta de preparación para el trabajo en la escuela del medio rural, en la que primaba el multigrado. Fajardo (2019) concluye la idea exponiendo que “la contribución más notable a la formación de maestros para las escuelas multigrados se produce en 1959 con el triunfo de la Revolución cubana” (14).
A pesar de recibir una enseñanza tradicional, en la que el docente resultaba el principal protagonista, mi maestra logró diagnosticar mis conocimientos e informar al director de la escuela, que la nueva estudiante tenía vencidos los objetivos del grado matriculado y debía incorporarse al cuarto grado, proceso que se realizó una vez comunicado a mis padres. Ello fue un importante impulso al reconocimiento, a pesar de mi corta edad, de la justeza que caracterizaba a mi nueva maestra.
Aunque como he manifestado en el proceso de enseñanza-aprendizaje no se aplicaban las más novedosas tendencias de la educación, sin embargo, la dirección y claustro estaba conformado por personas bien preparadas, con amplios conocimientos de sus materias y el currículum no se concretaba a las asignaturas que comúnmente se ofrecía en la enseñanza primaria, sino que incluía otras como la escritura, el dibujo lineal, el idioma inglés desde los primeros grados, la educación física y el deporte, en un amplio patio al que para acceder debíamos bajar una escalera en silencio y bajo la vigilancia de maestros y conserjes, que cuidaban que no existiera ningún accidente en la empinada gradería.
Las reuniones de padres se realizaban con regularidad y siempre los míos se sentían congratulados por los resultados que iba alcanzando su única hija, en una escuela en la que la disciplina era primordial. El cuadro de honor al que podían acceder los mejores estudiantes -lo que para muchos era una meta a lograr- adornaba la antesala de la oficina del director. La hora del receso era ansiada por todos, con la merienda a mano y la posibilidad del esparcimiento sin excesos en los juegos. En este momento nos cuidaban dos conserjes, a las que respetábamos como a las maestras y al director.
Los viernes era el día en que se celebraba el acto cívico, en el que en múltiples ocasiones declamé poesías, de pie, encima de una silla, para lograr ser vista y oída por todos. Era un acto solemne, patriótico y de estímulo a los mejores. El 28 de enero, en honor al natalicio de José Martí, la escuela en pleno desfilaba por la ciudad, ante la estatua del Apóstol, conducida por una estudiante que llevaba la batuta, seguida por las bastoneras, entre las cuales marchaba yo, y la banda de música escolar. Era un día de orgullo patrio.
El sexto grado lo alcancé en esta escuela, donde culminé la enseñanza primaria, quedando en mi corazón una gran alegría y admiración por el saber logrado y disfrutado; en este grado la experiencia fue diferente, con una maestra solo para nosotros, exigente y preparada como las demás, cercana y deseosa de la superación de sus discípulos.
La especificidad de asistir a la Escuela Anexa la notábamos al apreciar el aula espaciosa a la que asistían alumnos de la Normal, con sus bellos uniformes a los cuales me referiré más adelante. Lo más importante es que los estudiantes normalistas realizaban sus prácticas docentes en nuestra escuela. Aquellas eran clases impartidas por nuestras maestras ante ellos, o por los propios normalistas, con la presencia de profesores de esa institución escolar, que las supervisaban y evaluaban. A estas alturas, pienso que esa experiencia puede considerarse una premisa de mi vocación futura.
En la Escuela Primaria Superior No. 1 “Julio B. Moreno”4 (Nivel escolar Medio Básico) encontré un entorno en el que se mantenía el orden y la disciplina a que estaba acostumbrada. Siempre mis preferidas fueron las materias de ciencias sociales, Historia y Cívica; por los resultados obtenidos en la clase de Cívica tuve el honor de recibir como obsequio de mi profesora (poetisa) un libro de sus versos.
Sentía mucha complacencia en las clases de Lenguaje, y mi atracción mayor estaba en la de Música, impartida por una maestra entrada en años; allí conocí la historia de músicos cubanos famosos, a los que aprendí a admirar, y me destaqué a tal punto, que la maestra me distinguió con un obsequio, tras las evaluaciones correspondientes. Estos estímulos se otorgaban por iniciativa de los educadores, quienes asumían los gastos.
Vencido este nivel de enseñanza, me preparé para presentarme a los exámenes para el ingreso en la Escuela Normal de Matanzas, fundada el 16 de octubre de 1918.
En una mañana, estando de vacaciones en casa, con sorpresa escuché por la radio local un listado de nombres y apellidos de personas entre los cuales apareció el mío. Se trataba de la relación de estudiantes que habían aprobado los exámenes y constituirían la matrícula de nuevo ingreso en la Escuela Normal de Matanzas. La alegría se manifestó en mí, la familia y los vecinos, quienes no tenían muchos ejemplos de estudiantes que alcanzaran tan honroso nivel escolar, en una escuela de gran prestigio en la ciudad.
Desde niña sabía que mis padres aspiraban a que estudiara para hacerme maestra, carrera que ellos consideraban que podrían costearme en aquella sociedad, en la que un marino mercante jubilado (…) y una ama de casa no podían financiar otras aspiraciones. A lo anterior se unía el reconocimiento social que tenía la profesión, aún cuando los gobernantes hicieran poco por el magisterio cubano (Romero, 2017, 1).
Comencé experimentando novedades como tomar un ómnibus para acceder al centro, pues las escuelas anteriores tenían ubicación en las cercanías a mi hogar.
La Normal estaba enclavada en un lugar alto de la ciudad, en un bello edificio, aún existente con sus transformaciones, de donde se aprecia un magnífico paisaje en la lejanía. El uniforme femenino era precioso: saya tachonada de teca negra y blusa blanca, adornada por una corbata amarilla para las estudiantes de primer año, rosada para las de segundo, rojo para las de tercero y azul para el cuarto y último año. Aquel colorido me extasiaba. No existía el uniforme masculino, los varones usaban generalmente el pantalón negro o de color oscuro, con una camisa blanca.
En la primera etapa se manifestaban huelgas estudiantiles contra la dictadura que existía en el país5, que en cierto sentido me asustaban, aunque me mantenía al margen. Al triunfo de la Revolución en 1959 todo cambió; el problema de la educación fue uno de los seis que planteara Fidel Castro Ruz en La Historia me Absolverá, su alegato presentado en el juicio realizado a los asaltantes a los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo. Para enfrentar el problema de la educación, entre las transformaciones iníciales se convirtieron los cuarteles en escuelas, sobre lo que expresó el dirigente máximo de la Revolución, en junio de 1959:
Nosotros hemos ido convirtiendo las fortalezas en escuelas, porque para eso tenemos todas las montañas y todos los campos de Cuba. Es decir que la Revolución mientras más cuarteles convierta en escuelas más fuerte está, porque la defensa de la Revolución no está en los cuarteles: ¡La defensa de la Revolución está en el pueblo! (Castro, 1959, 2).
En agosto de 1959, se producía el Primer Congreso Nacional de Maestros Rurales en el que el comandante Fidel Castro proponía a los maestros graduados crear 10.000 aulas en los campos cubanos, para llevar la enseñanza a esas zonas del país, aun cuando los recursos con los que se contaba eran muy reducidos.
En 1960 se produjo la incorporación voluntaria de estudiantes de cuarto año de las Escuelas Normales al Curso de Adaptación al Medio Rural; en el mismo año se conformó la Brigada de Maestros Voluntarios de Vanguardia Frank País, para llevar la enseñanza en las zonas montañosas, que vinculaba la formación de maestros al medio campestre, y los estudiantes de las Escuelas Pedagógicas realizaban la práctica docente en zonas urbanas y rurales del país (Gell, 2003) citado por Fajardo (2019).
En mi caso, que asistía al primer año como normalista, permanecí en la Escuela, donde tuve profesores inolvidables que influyeron notablemente en mi quehacer posterior como maestra y en el desarrollo personal.
Como directora había sido situada una educadora ejemplar, quien mantenía una relación formadora con el estudiantado, al que exhortaba a ser partícipe de las necesidades del momento. El profesor de las asignaturas de Ciencias Sociales, en este año Geografía Física y de Cuba,era para nosotros un ídolo, no solo por su sabiduría, sino por sus convicciones, su ejemplo; sus clases llevaban los avances que ya en esos momentos nos alejaban de la pedagogía tradicional, creando un ambiente en el que los estudiantes nos constituíamos en los protagonistas del proceso de enseñanza-aprendizaje; estas clases se diferenciaban de otras menos activas, a lo que hace referencia la investigación inédita Escuela Normal de Matanzas 1958-1959,del profesor Mario Raúl Castro Ramos(s.f):“El estudio se llevó siempre a cabo por medio de copias mimeografiadas o lecciones dictadas como norma, a pesar de lo poco recomendables de este procedimiento” (8).
En el mismo grupo de asignaturas de Ciencias Sociales, el profesor de Historia era un erudito por su amplia sabiduría y le ostentábamos un respeto que se acercaba al temor; la profesora de Química que impartía docencia en el cuarto año, nos abrió el camino al bien público cuando nos convocó a trabajar en las noches con personas que no habían podido estudiar: unos analfabetos, otros en niveles bajos de la enseñanza primaria. Cada noche dábamos dos horas de clases y la profesora nos retornaba en su auto hasta nuestras casas. Me correspondieron estudiantes que debían cursar el segundo grado, y no hubo práctica docente más placentera y provechosa que aquella que realizamos con esos adultos, que tenían vivencias diferentes a las nuestras; algunos eran trabajadores, ansiosos de superación, con las posibilidades que nunca habían tenido y ahora les brindaba la Revolución. Fue un aprendizaje mutuo, que se adelantó a tareas futuras.
El 10 de octubre de 1960, el comandante Fidel Castro Ruz, en la clausura del Primer Congreso Nacional de los Consejos Municipales de Educación planteaba:
Nos estamos proponiendo algo muy ambicioso, una tarea difícil y que, en realidad, va a poner a prueba la capacidad de todos nosotros, va a poner a prueba la capacidad de nuestro pueblo, ya que nos estamos proponiendo hacer en un año lo que no pudieron o no quisieron hacer otros en 58 años. Es decir, que nos proponemos en el año 1961, que ya lo hemos calificado como el Año de la Educación, erradicar el analfabetismo en nuestro país (1).
Yo me mostraba tan apasionada, que el profesor de francés me comparara con Juana de Arco6y cuando llegó la convocatoria para la Campaña de Alfabetización decidí de inmediato incorporarme, sin embargo, encontré los primeros escollos, en el seno familiar.
Nos convocaban a integrar la Brigada Alfabetizadora Conrado Benítez7. Mis amigas y amigos normalistas tuvieron fácilmente el permiso de sus padres para incorporarse a la brigada; en mi caso, se negaban por temor a lo que pudiera ocurrir, en un momento en que los grupos de contrarrevolucionarios incursionaban en diferentes lugares del país, en especial en las lomas del Escambray, llevando muerte y destrucción.
Al final, ante mi convencimiento y la insistencia de mis compañeras de estudio y familiares, accedieron a dar el permiso, solicitando que se me ubicara en algún lugar cercano, para ellos no perder el control sobre su hija única.
El año 1961 fue particularmente complicado, el 15 de abril aviones enemigos bombardearon aeropuertos en diferentes lugares del país. El 16 de abril en las palabras de despedida de duelo de los caídos, Fidel proclamaba el carácter socialista de la Revolución. Ese día marchábamos brigadistas matanceros hacia Varadero8, donde recibiríamos la preparación para marchar a realizar la alfabetización. Estábamos en la antesala de la invasión mercenaria por Playa Girón.
Mientras asistíamos al seminario para llevar la enseñanza a todos los lugares donde hubiera un analfabeto, veíamos las noticias que brindaba la televisión sobre los combates contra los mercenarios financiados por los imperialistas norteamericanos, y allí pudimos conocer acerca de la derrota que habían sufrido en su intento de tomar el lugar como cabeza de playa, y armar un gobierno que tuviera el apoyo de los países lacayos, que conformaban la Organización de Estados Americanos (OEA). Pudimos ver las imágenes de aquella brigada 2506 vencida, que posteriormente fue canjeada a los Estados Unidos por compotas.
Las circunstancias no permitieron cumplimentar las peticiones de mis padres, puesalfabeticé en el lugar más distante del entorno matancero, en el cuartón La Máquina, de Gran Tierra de Maisí9, en la zona más oriental del país.
En el trayecto todo resultaba nuevo para mí, porque siempre había tenido una vida urbana; desde el tren que nos llevaba hasta la ciudad de Santiago de Cuba, fui notando las transformaciones en el paisaje; en el recorrido desde Santiago de Cuba hasta la ciudad de Guantánamo, aprecié paisajes maravillosos, y desde allí hasta la ciudad de Baracoa, todo fue novedoso: vi manantiales preciosos saliendo del lomerío, crucé por La Farola10, altitud peligrosa en un lugar sin carretera, todo fue vencido y llegamos a Baracoa, la primera villa de Cuba, fundada por el conquistador español, Adelantado Diego Velázquez, el 15 de agosto de 1511, con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa (Callejas, S., et all., 2011).
El viaje de Baracoa a Gran Tierra de Maisí fue un disfrute del medio rural de la zona oriental cubana; en ese momento crucé ríos desde un jeep, sobre una especie de patana, que nos conducía hasta la otra orilla, pude ver la polímita11, molusco endémico del país, aprecié las especies de palmas que no resultan muy presentes en occidente, entre otras características del lugar.
Este ha sido uno de los grandes vuelcos en mi vida de normalista. Allí viví en un caserío que llamaban La Valla, porque en el lugar había una edificación donde se hacían peleas de gallos; aunque nunca lo visité, desde la casa de la familia campesina donde fui ubicada, oía las expresiones de los campesinos que allí asistían los domingos.
Como se observa, la vivienda en la que residí era humilde, contaba con piso de tierra y techo de tejas; allí dormí en hamaca, aprendí sus costumbres culinarias muy diferentes a las de la zona occidental del país y de las ciudades, di las clases a estudiantes de diversas edades, desde catorce hasta más de ochenta años, todos analfabetos.
Observé a las mujeres lavar en el río, a todos cargando el agua para beber desde cierta distancia, y conocí personas con muchas similitudes físicas con los aborígenes de Cuba.
Las clases que debía impartir, se realizaban en el horario nocturno, para no afectar el tiempo de trabajo de nuestros estudiantes, y de nosotras, las seis brigadistas radicadas en el cuartón, quienes también recogíamos café, que era la actividad laboral principal en el lugar. Como no había luz eléctrica, cada alfabetizador fue dotado de un farol para alumbrar las noches de trabajo.Para la actividad docente contamos con una maestra responsable, que orientabael trabajo y atendía otras necesidades que surgieran. En realidad, estábamos preparadas para enfrentar la alfabetización, porque habíamos sido capacitadas y formadas en la estancia en Varadero, antes de marchar a los lugares de destino y contábamos con el manualy la cartilla -materiales docentes-el primero para los brigadistas y el segundo para cada estudiante.
‘Alfabeticemos’ era el Manual para el Alfabetizador, editado por la Comisión Nacional de Alfabetización del Ministerio de Educación (1961), presidido por el pensamiento martiano “…Y me hice maestro, que es hacerme creador” (Martí,1975, T. 7, 116).
El Manual estaba conformado por tres partes: la primera con orientaciones para el trabajo del alfabetizador, la segunda incluía temas sencillos sobre cuestiones esenciales del proceso de la Revolución, con el fin de proporcionar al alfabetizador información sobre los asuntos que se trataban en la cartilla ‘Venceremos’ y la tercera con el vocabulario, conformado por las palabras cuyo contenido era conveniente aclarar.
Las Orientaciones para el trabajo del alfabetizador contenían explicaciones sobre cómo usar la catilla de ejercicios para los estudiantes y observaciones. La segunda parte del Manual reunía veinticuatro temas, entre los cuales aparecían los relacionados con los problemas planteados en “La Historia me Absolverá”, que serían atendidos para su solución de lograrse el triunfo revolucionario, encabezados por La Revolución, en el que se reconocía el derecho al trabajo para acabar con el desempleo en el país con el régimen anterior; La tierra es nuestra, que recogía el resultado de la Ley de Reforma Agraria, promulgada el 17 de mayo de 1959, complementada con el tema Las cooperativas, que incluía la conformación de esta forma productiva en las tierras expropiadas a los latifundistas, donde se dio trabajo a los obreros agrícolas desempleados en la mayor parte del año, antes del triunfo revolucionario; El derecho a la vivienda, problema difícil de resolver, para los que se adoptaron medidas como la construcción delas mismas, la rebaja de alquileres y la promulgación de la Ley de Reforma Urbana, por la cual los inquilinos se convertían en propietarios de sus viviendas; La Revolución convierte cuarteles en escuelas, con lo cual sedaba respuesta al problema de la educación, apoyado con el tema La Alfabetización, propósito que libraría al país de tal atraso cultural; La industrialización, importante anhelo de avance económico del país y de garantía de empleo a los obreros, así como La salud, cardinal problema a resolver, para lograr ¡Un pueblo sano en una Cuba libre! Concluía la sección el tema La Declaración de La Habana, aprobada el 2 de septiembre de 1960.
Al final, en riguroso orden alfabético, un vocabulario cuidadosamente diseñado para el propósito de preparar al alfabetizador para ampliar el vocabulario estudiantil.
La cartilla ¡Venceremos! (Comisión Nacional de Alfabetización del Ministerio de Educación, 1961), contentiva del sistema de ejercicios para aprender a leer y escribir, comenzaba con las vocales abiertas y cerradas, hasta llegar a las sílabas, palabras, oraciones y párrafos, adornados con láminas alegóricas a los temas a tratar, relacionados con la realidad de los trabajadores y de todo el pueblo cubano.
Fue una muy buena oportunidad formativa contribuir con el crecimiento de aquellas personas que vencían los objetivos y al final, todos pudieron escribir una carta de su puño y letra, a Fidel Castro, creador de tan importante labor educacional. Mi vivencia como alfabetizadora en una zona rural me dejó muchos saberes y conocí el campo, en momentos en que aún el proceso revolucionario era joven y las medidas tomadas no habían dado todos sus frutos. vc
En ese entorno aprecié las diferencias regionales y sociales en general; aunque no se veían niños descalzos ni hambrientos, encontré hábitos motivados por la incultura, tratamientos discriminatorios hacia personas que se consideraban inferiores por las condiciones y lugar de residencia, machismo, entre otros. En contraposición, familias cariñosas que abrieron sus puertas para recibir a las brigadistas, aprendimos a hacer trabajos nunca realizados anteriormente, en fin, logramos los objetivos educativos.
Un momento especial lo constituye el recuerdo de mis discípulos, uno de los cuales era octogenario, con gran interés por el estudio, que no enturbiaba su dificultad visual, era el primero en llegar a la clase, armado de sus antiguos espejuelos; en otro extremo etario una inteligente adolescente, única estudiante femenina, que aprendía rápidamente, captando con gran facilidad los conocimientos brindados. Un caso especial era el alumno que a su vez era el dueño de la casa que me había dado abrigo en el lugar. Era un hombre de mediana edad, trabajador como cocinero en un campamento situado en un lugar relativamente lejano, por lo que debía despertar bien temprano para marchar al laboreo; me daba cuenta que recibir las clases era un gran sacrificio para él, después del trabajo y del viaje de regreso, sin embargo, no cejó en el empeño de estudiar. El resto de los estudiantes, hasta el total de ocho eran trabajadores del campo, relacionados con el café y el cacao.
El regreso, en diciembre de 1961, fue grandioso, el acto en la Plaza de la Revolución José Martí12, cantando la canción de los alfabetizadores “Cumplimos, cumplimos, cumplimos, triunfamos, triunfamos, triunfamos, Cuba lo dijo ante el mundo, nosotros lo realizamos” y diciéndole al comandante Fidel Castro ¡Dinos que otra cosa debemos hacer!.
Incorporados de nuevo al entorno matancero nos graduamos de manera paulatina, según el año en que estábamos antes de la Campaña de Alfabetización y el centro se transformó en Escuela de Maestros Primarios, al unirse con la Escuela del Hogar y la Normal de Kindergarten; sin embargo, la Normal había sido para nosotros forjadora de espíritus, defensora de buenas causas, orgullo por la sabiduría entregada.
La dirección del país, para estimularnos, nos ofreció el Plan de Becas, cada joven cubano tuvo la posibilidad de ir a las universidades a formarse en diferentes carreras, lo cual yo logré en la década siguiente, porque en ese momento preferí seguir transitando por el camino del magisterio y comenzar a trabajar, para ayudar económicamente a mis padres.
Después de graduada como maestra trabajé con niños (todos varones) hijos de pescadores, que asistían en condiciones de becarios a la Escuela de Mar “González Lines”13, ubicada en Varadero. Posteriormente razones familiares y de salud me incitaron a dejar atrás la enseñanza primaria, y buscando cercanía al lugar donde residía en ese momento, me presenté a las oposiciones (exámenes de obtención del derecho a un aula) para impartir Historia en el Nivel Medio Básico, en la ciudad de Cárdenas14; lo cual logré.
Por ese entonces había alcanzado la titulación como profesora de ese nivel, y el trabajo exitoso con estudiantes de noveno grado que debían enfrentarse a la realización de un examen de nivel, que les exigía una preparación profunda de los conocimientos adquiridos, determinó que fuera nombrada como Inspectora de Historia del Nivel Medio Básico en la provincia de Matanzas, conformada entonces por seis regiones, de las cuales atendía la enseñanza de la Historia en tres: Cárdenas, Jovellanos y Colón, que integraban trece municipios y quince escuelas secundarias básicas. En esos momentos, residía en el central Julio Reyes Cairo15 del municipio de Jovellanos, donde mi esposo fungía como administrador, y desde allí me trasladaba hacia todas las escuelas que debía atender.
La necesidad del momento me llevó de nuevo a la docencia en el medio rural, en este caso en la Escuela “Tania la Guerrillera”16 del municipio de Jovellanos.
La escuela estaba enclavada en un plan experimental agrícola que se dedicaba al cultivo de la fresa, los estudiantes asistían a ella en condición de becarios. Allí participaba en la docencia y en la recogida de fresas con los educandos, en las sesiones dedicadas a esa tarea. Contábamos con un buen colectivo de docentes de Historia para los grados séptimo y octavo, y a mí me correspondió atender al noveno grado, que recibía Historia de Cuba y además dirigir el colectivo de asignatura.
Una rigurosa disciplina exigía el director a estudiantes y profesores. Se trabajaba en una sesión en el aula y en otra en el surco. Fue una buena experiencia, en un entorno rural matancero, en un plan agrícola que entusiasmaba al estudiantado por su novedad y por poder degustar la bella, dulce y jugosa fresa local; en la matrícula contábamos con estudiantes de todo el municipio, algunos de la cooperativa agrícola cercana creada por la Revolución y otros de los centrales azucareros de la zona. Parte de ellos estaba habituado al trabajo agrícola, otros aprendieron con agrado. Uno de esos estudiantes hoy es mi compañero de trabajo y ostenta el título académico de doctor en ciencias, otros llegaron a graduarse en la universidad en diferentes carreras y han desarrollado variadas profesiones.
En 1970, Cuba tenía una meta económica muy ambiciosa: producir 10 millones de toneladas de azúcar; en consecuencia, mi compañero quien laboraba en el sector de la industria azucarera, fue ubicado a dirigir las labores en el central Méjico, de importante alcance productivo, perteneciente al municipio de San José de los Ramos, en la región Colón, lugar de mi nueva residencia.
Por esa razón mi actividad laboral cambió, encargándome primero de la superación de los docentes que impartían Historia en el nivel medio básico y posteriormente desempeñando la responsabilidad de directora municipal de educación en el municipio San José de los Ramos. En este caso mi función no era la de ser maestra o profesora, sino dirigir el desarrollo de la actividad educacional en un municipio con características rurales.
Compleja actividad, que abarcaba la enseñanza primaria y secundaria básica en los entornos urbano y rural, así como la educación de adultos. Representó una bella y aleccionadora experiencia que me acercó a las escuelitas campestres, donde maestras consagradas realizaban una labor encomiable con estudiantes y padres, con matrículas diversas, a veces muy pequeñas, así como las escuelas primarias urbanas, que atendían a los escolares de los poblados del municipio, desde el preescolar hasta el sexto grado. Y no menos interesante el trabajo con la educación de adultos, donde jóvenes y menos jóvenes recibían el pan de la enseñanza.
Recuerdo los recorridos por el municipio, porque en cada lugar del país contamos con escuelas en las que se alzan las banderas cubanas. Presente la limpieza en aquellas pequeñas escuelas rurales, en condiciones de multigrado, que me traían a la memoria mis estudios primarios.
Aquellas maestras lograban con sus estudiantes y padres mostrar las escuelitas pintadas, con las banderas cubanas flotando en sus astas, el busto con la imagen martiana, siempre limpio y blanco; en su interior los libros y cuadernos forrados esmeradamente, de nuevo la imagen del Apóstol y el escudo nacional, presidiendo las aulas; los niños y niñas cuidadosamente uniformados. Estas características se mantienen en nuestras aulas en la actualidad, en mi memoria funcionan como imágenes creadas por verdaderos artistas.
Los educandos no eran todos hijos de campesinos, había padres que trabajaban en el central azucarero o en los centros de acopio de la caña de azúcar destinada a ser molida, y tenían residencia en la zona campestre. Ellos constituían una matrícula irregular, a veces de primero a tercer grado, otras, con estudiantes de cuarto a sexto y en algunos casos se requería de dos maestras para que cada una atendiera un ciclo.
Contaba el municipio con una inspectora rural, joven muy preparada, consagrada al trabajo, con muy buen dominio técnico, cuya labor diaria era controlar el proceso docente educativo de las escuelas en ese entorno, lo que realizaba con buenos resultados.
Llegar a las escuelas más lejanas requería de gran esfuerzo físico, muchas veces caminando, a expensas de que algún vehículo transitara por el lugar, o a caballo. Era reconfortante apreciar lo que se lograba en el trabajo.
En el municipio contamos con una escuela secundaria básica (Nivel Medio), bulliciosa por la actividad de los adolescentes y una significativa labor la constituyó convencer a los padres de los estudiantes sobre la importancia formadora del vínculo estudio-trabajo. Fue nuevo para todos: estudiantes y padres, docentes y otros trabajadores de la escuela. El plan de La Escuela al Campo abría una contradicción con lo establecido hasta el momento, en que a esas edades los hijos permanecían todo el tiempo en el seno hogareño. Sánchez (2023) plantea al respecto:
Para todo tipo de problemas o desafíos sociales, la educación suele destacarse como una propuesta de solución, es un hecho que juega un papel básico en la transmisión cultural y en la formación de las personas, donde, es comprensible asignarle el papel de responsable de mantenimiento de la tradición, así como la propulsión y ajuste de las transformaciones sociales (8).
La escuela cambiaba por un período de alrededor de tres semanas su actividad principal, para dedicarse, en la zona rural, a las labores agrícolas. Debíamos garantizar condiciones que aseguraran la permanencia y cuidado de los estudiantes con la participación de todos, por lo que los recorridos hasta el futuro albergue se produjeron a menudo, considerando que lograr la felicidad estudiantil y la tranquilidad familiar requería de un arduo trabajo logístico y en las diferentes esferas de la actividad educativa, con la participación decidida de la dirección del centro, su claustro y las instituciones del lugar donde permanecerían. El empeño permitió que el temor a lo desconocido fuera venciéndose y estudiantes, docentes y otros trabajadores, marcharon a los albergues preparados con los recursos existentes.
La adaptación estudiantil transcurrió rápido; la mayoría aceptó con agrado el cambio, aunque no faltaron adolescentes que pidieron regresar a sus hogares ante las nuevas condiciones, o que se apreciaba que extrañaban a sus familiares, amigos y condiciones del hogar, lo que hacía necesario redoblar la atención, para hacerles reaccionar positivamente, sin imponerles el cambio.
Las tareas agrícolas les entusiasmaron, con normas según sus posibilidades, y poco a poco fueron aprendiendo a recoger los productos agrícolas como el tomate y la papa. Para alentarlos, estaba la emulación individual y colectiva, se informaba el resultado obtenido por el trabajo, se resaltaban y reconocían los estudiantes y brigadas destacadas. Los padres, en las visitas de domingo, podían comprobar la situación del lugar y el estado de sus hijos, cuya mayoría se manifestaba feliz con la nueva experiencia.
A fines de la década del 70 del pasado siglo me incorporé al claustro universitario, con responsabilidad al frente de un departamento docente e impartiendo diferentes materias, en la rama de las Ciencias Sociales. La asignatura Estudios de Comunidades, en la carrera Estudios Socioculturales -hoy Gestión Sociocultural para el Desarrollo- me condujo a participar en una experiencia, que sin actuar como maestra o profesora, resultó enriquecedora, de vuelta al medio rural, en Triunvirato17, donde fui facilitadora de un proyecto de Trabajo Comunitario Integrado, con el propósito de lograr el desarrollo de un proceso de transformación: soñado, planificado, conducido, ejecutado y evaluado por la comunidad (Asamblea Provincial del Poder Popular de Matanzas, 2002), marco idóneo para la proyección, ejecución y evaluación de proyectos de vida que contribuyeran a desarrollar la responsabilidad ciudadana como vía para afianzar la identidad comunitaria.
Los principios presentes en las actividades incluían el respeto a la identidad del lugar, la participación activa de los líderes naturales o informales, la integralidad de la caracterización, el diagnóstico y el plan de acción y la participación protagónica de la comunidad en todos los momentos del desarrollo del proyecto.
Acorde con la metodología utilizada, el trabajo fluyó fácilmente y se logró la recolección y organización de información externa e interna, para conocer acerca del ecosistema, las personas y las actividades de las organizaciones e instituciones; información útil que caracterizaba a la comunidad, como proceso dirigido a determinar sus rasgos específicos, con el objetivo de precisar lo propio, lo particular, lo exclusivo que hacía a esta ella y no otra.
La Caracterización complementada con el Diagnóstico permitió la construcción del Árbol de Problemas y del Árbol de Objetivos, que dieron lugar a la confección del Plan de Acción Integrado Participativo, que condujo a la materialización del proyecto. Al avanzar el trabajo fueron los sujetos comunitarios quienes lo continuaron.
Ha sido esta mi última incursión en la ruralidad cubana, que me ha permitido comprender la diferencia existente a través del tiempo y el trabajo, entre las primeras personas con las que conviví, analfabetas unas y con bajo nivel escolar otras y los actuales sujetos con todas las posibilidades de tomar decisiones mediante la participación ciudadana. Sirva esta porción de historia de vida para enaltecer el papel que ha desempeñado la maestra rural cubana y aquellos, que, desde diferentes funciones y roles, le han acompañado en la labor de educar personalidades sensibles, poseedoras de valores que glorifican a la familia, a la comunidad y a la patria. La labor no ha resultado fácil, sin embargo, ha reunido en quienes la hemos experimentado, prácticas de vida enriquecedoras para el ejercicio profesional, en el campo de la educación.
El presente trabajo fue presentado en el VII Coloquio internacional de maestras rurales, de pueblos originarios, afrodescendientes y africanas en la Universidad de Catacamas, Honduras, octubre de 2023. Mesa de trabajo: No. 2 Maestras rurales y su autora fue distinguida como Maestra ilustre.
Carlos de la Torre y Huerta (1858-1950). Científico matancero, proporcionó importantes conocimientos al país desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, como la Propuesta de plan de estudios para las escuelas públicas de Cuba en 1899, que incluye las Escuelas Normales.
Leonor Pérez, madre de José Martí, Héroe Nacional cubano.
Julio B. Moreno, hijo del prominente pedagogo matancero Antonio Luis Moreno, siguió el camino del magisterio, fue director de la Escuela Pública No. 18, a fines del siglo XIX y principios del XX.
Se trata de la dictadura de Fulgencio Batista, quien había llegado al poder en 1952 mediante un golpe de estado y que fue derrocado por la Revolución, el 1ro. de enero de 1959. Nota de la autora.
Juana de Arco (nacida en 1412 y condenada como hereje y quemada viva en 1431), también conocida como la Doncella de Orleans, fue una heroína, luchadora militar que se destacó en la Guerra de los Cien Años. Su lucha para expulsar a los ingleses de Francia, le hizo merecedora de ser venerada por las Iglesias Católica y Anglicana. Fue beatificada por el Papa Pio X en 1909 y canonizada en 1920 por Benedicto XV, siendo declarada Santa Patrona de Francia desde ese momento.
Conrado Benítez García (1942-1961) joven maestro matancero, asesinado el 5 de enero de 1961, por una banda de alzados contrarrevolucionarios, en el macizo montañoso Escambray, donde alfabetizaba y daba clases. El día 17 del mismo mes se creaba la brigada de alfabetizadores, que en homenaje adoptó su nombre. Nota de la autora.
Ciudad balneario de la provincia de Matanzas; cuenta con una de las más bellas playas. Nota de la autora.
Gran Tierra de Maisí, hoy constituye el consejo popular Maisí, perteneciente al municipio de Baracoa en la provincia Guantánamo. Lugar donde fue descubierto el Cemí de la Gran Tierra, considerada como la principal pieza arqueológica aborigen cubana, descubierta por dos campesinos a fines del siglo XIX, y que representa la imagen de un dios taíno. Nota de la autora.
Elevación de la Vía Azul, carretera entre las ciudades de Guantánamo y Baracoa. En La Farola se construyó un viaducto en 1964, incluido en las siete maravillas de la ingeniería civil cubana. Nota de la autora.
La polímita reside en diferentes lugares del oriente cubano, es considerada como el molusco más bello del mundo por las variaciones y colorido de sus conchas. Nota de la autora.
Plaza cuya construcción comenzó en 1952 denominada Plaza Cívica, concluida tras el triunfo revolucionario de enero de 1959. El 16 de julio de 1961, cambia su nombre oficialmente por Plaza de la Revolución José Martí. Ubicada en la ciudad de La Habana, ha sido el lugar donde se han realizado importantes desfiles y actos con la participación popular. Nota de la autora.
Escuela que se rinde homenaje al Capitán de Corbeta Andrés González Lines (1917-1961), quien el 6 de mayo de 1961, mientras realizaba una misión de entrenamiento y patrullaje de la Marina de Guerra Revolucionaria fue víctima de una agresión pirata junto a 16 compañeros, pereciendo todos.Nota de la autora.
Conocida como Ciudad Bandera, por ser el lugar donde en 1851 ondeó por primera vez la que sería posteriormente enseña nacional cubana. Nota de la autora.
Julio Máximo Reyes Cairo (1930-1953). El central toma el nombre de este joven matancero, natural del municipio de Jagüey Grande, participante en el Asalto al Cuartel Moncada, donde fue hecho prisionero y asesinado posteriormente por los militares de la tiranía de Fulgencio Batista. Nota de la autora.
La escuela llevaba el nombre con que se conocía Tamara Bunque Vider (1937-1967) joven nacida en Argentina que se incorporó y murió en la guerrilla del Che en Bolivia. Nota de la autora.
Comunidad agro-ganadera del municipio de Limonar (Matanzas)que rememora la Rebelión de Triunvirato (1843) en el ingenio del mismo nombre, por la dotación de esclavos que intentaban lograr su libertad. La Lucumí Carlota fue apresada por los españoles, quienes reprimieron violentamente el intento. Nota de la autora.
Concepción Lucía Romero Pérez: Magister en Ciencias de la Educación Superior, Universidad de Matanzas, Cuba. Normalista de la Escuela “Carlos de la Torre y Huerta”, Matanzas, Cuba. Docente de la Universidad de Matanzas. Integrante del Proyecto Científico Educación, valores, ciudadanía: retos para el desarrollo de la personalidad del profesional universitario matancero.
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