
Relajado en el lecho maternal,
abrigado por las brisas de las tetas de montes,
colindantes con el cerro que la virgen de la candelaria venera,
aflora el bostezo y suspiro de los últimos sueños de la madrugada.
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El triqui traqui y el hay carajo del millo saltón,
tostado en el caldero que cocina la alegría
y el dulce de la noble alma,
surcan la tranquilidad de la mediofría mañana.
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El cloc, cloc de la gallina y el kikiriki del gallo basto,
animan el levantar, volando con entusiasmo,
hasta el mercado popular del viejo arsenal.
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Las colmenas, micro fincas urbanas,
asistidas por las manos laboriosas del campesino citadino,
acarician las manos del adolescente visitante que
surte su saco de fique con panela, millo, coco y papel de azúcar,
envolventes de alegría.
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El cruce por Chambacú en el inmemorable tranvía
del barrio Nariño, de artistas y deportistas,
recordado por los derechos cristalizados
en el ring de la confrontación antirracista y la discriminación,
es la plataforma de arribo al territorio querido.
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La panela agarrada de la mano con el coco raizal,
se diluye en mermelada caliente en el tanque de cocina dichosa,
equilibrante de la glucosa para hacerla empalagosa
y el paladar degustar su dulzura natural.
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Las sabias manos de la palenquera,
bastón agarrado, mena y menea en la porcelana libertaria,
enamora el millo emblanquecido con la mermelada africana,
organizando el matrimonio ideal que,
exacerba la alegría popular.
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Acarician y acarician la novia alegría
y la visten con vistosidad jactanciosa,
para su desfile natural en las barriadas de la Cartagena patrimonial
que disfruta con devoción, la gastronomía de tradición.
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Alegría con coco y aní, casera cómpreme a mí,
grita la cimarrona, con ímpetu y gana,
invocando la gesta libertaria en los tiempos coloniales
y los desafíos actuales.
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La joven adolescente, extirpe africana,
recoge su legado en las soñolientas tardes primaverales,
amasa las hojas, desojando el millo,
entonando la canción que repite la labor como parte de su misión.
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