Madre e hija, Saberes y Tensiones: Diálogos Intergeneracionales Sobre Interseccionalidad en Contextos Educativos Co-Creados
Saltar al contenido del artículo
Volver a los detalles del artículo Madre e hija, Saberes y Tensiones: Diálogos Intergeneracionales Sobre Interseccionalidad en Contextos Educativos Co-Creados
Visor de <JATS>Studio
Cubierta del número de la revista

Madre e hija, Saberes y Tensiones: Diálogos Intergeneracionales Sobre Interseccionalidad en Contextos Educativos Co-Creados

Mother and Daughter, Knowledge and Tensions: Intergenerational Dialogues on Intersectionality in Co-Created Educational Contexts
Eiikajü otta achonshikat, achajawaa pütchi sa'aka kapülaa saa'in: pa'anapajirawaa pütchi sa'akajee laülaayuukana otta jochonyuukana sünain asirúajirawaa sulu'u naatawaa akuwa'ipaa sulu'u ekirajawaa eitaasü pa'anapajirawaa pütchi
Maure Aguirre-Ortega[email protected]0000-0002-9153-0116 1 2; Versy Ortega Verbel[email protected] 3
1 Universidad de Antioquia, Colombia; 2 Penn State University, Estados Unidos; 3 Investigadora Independiente, Colombia
Entretextos. Revista de Estudios Interculturales desde Latinoamérica y el Caribe, eISSN 2805-6159, vol. 20, n.o 41, sep-dic, 2026, 270 - 290
Universidad de La Guajira, Colombia

Artículos/Articles/Aküjialu'u

Recibido: 04-04-2026        Aceptado: 02-05-2026        Publicado: 01-09-2026
License
Resumen

Desde una perspectiva de historia de vida y mediante una metodología narrativa y dialógica, informada por la interseccionalidad y los estudios feministas críticos, este manuscrito examina las construcciones identitarias y las experiencias interseccionales que emergen en relaciones colaborativas construidas junto a mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas. A través del análisis de diálogos intergeneracionales madre-hija, el estudio explora la propia posicionalidad de las autoras y las tensiones, aprendizajes y cuestionamientos que surgen al habitar relaciones atravesadas por dinámicas de racialización, poder y privilegio. El análisis evidencia cómo las prácticas de solidaridad, colectividad y aprendizaje co-construidas con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas constituyen espacios de reflexión crítica sobre las implicaciones éticas, afectivas y políticas del trabajo colaborativo intercultural. A partir de un análisis reflexivo de trayectorias y experiencias compartidas, el artículo argumenta que la interseccionalidad, cuando se experimenta en relaciones interraciales situadas entre mujeres mestizas y mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas, puede comprenderse como una práctica afectiva, territorial y encarnada que visibiliza la colonialidad, el poder y el privilegio en la vida cotidiana, al tiempo que abre posibilidades para procesos de (des)aprendizaje y la construcción de formas de solidaridad críticas y no idealizadas.

Palabras clave investigación participativa; mestizaje; reflexión interseccional; relaciones intergeneracionales
Abstract

From a life history perspective and using a narrative and dialogic methodology informed by intersectionality and critical feminist studies, this manuscript examines the constructions of identity and intersectional experiences that emerge in collaborative relationships built alongside young and adult Afro-Colombian women. Through the analysis of intergenerational mother-daughter dialogues, the study explores the authors' own positionality and the tensions, learnings, and questions that arise when navigating relationships shaped by dynamics of racialization, power, and privilege. The analysis demonstrates how practices of solidarity, collectivity, and learning co-constructed with young and adult Afro-Colombian women constitute spaces for critical reflection on the ethical, affective, and political implications of intercultural collaborative work. Based on a reflective analysis of shared trajectories and experiences, the article argues that intersectionality—when experienced in interracial relationships between mestizo women and young and adult Afro-Colombian women—can be understood as an affective, territorial, and embodied practice that makes coloniality, power, and privilege visible in everyday life, while opening up possibilities for processes of (un)learning and the construction of critical, non-idealized forms of solidarity.

Keywords participatory research; mestizaje; intersectional reflection; intergenerational relationships
Jüküjia palitpütchiru'u

Sulu'u tü ashajajkat pütchi yaa, waashajain sünain jukuwa'ipa a'yatawaa mmaipaa süka wane jukuwa'ipa pütchi jiawase, asirúajirawaa sulu'u naatawaa akuwa'ipaa otta achajawaa pütchi sa'akajee jieyuu, e'raajashi jukuwa'ipa na jieyuukana, na jochonyuukana otta laülaayuukana Afrocolombianas chayaa. Sa'akajee pa'anapajirawaa pütchi sa'akajee laülaayuukana otta jochonyuukana eiikajü otta achonshikat, tü achajawaakat pütchi e'raajashi jukuwa'ipa na ashajajikana pütchi, sa'aka kapülaa saa'in, achajawaa pütchi otta asakajawaa pütchi sa'akajee alijunairu'u mmaipaa, laülaayuuka pütchi otta korolo mmaipaa sulu'u wakuwa'ipa.Tü achajawaakat pütchi e'raajashi sünainchoo jukuwa'ipa katsuinjirawaa pütchi, ewiichijirawaa pütchi otta achajawaa pütchi pa'anapajirawaa pütchi namaa na jieyuukana Afrocolombianas, eitaasü wane mma süpüla anasükalü saa'in jukuwa'ipa a'yatawaa pa'anapajirawaa pütchi sa'aka naatawaa akuwa'ipaa joolu'u. Sa'akajee wane achajawaa pütchi jukuwa'ipa a'yatawaa mmaipaa, tü ashajajkat pütchi yaa saashajain sünain tü asirúajirawaa sulu'u naatawaa akuwa'ipaa sa'aka na jieyuukana mestizas otta na jieyuukana Afrocolombianas, eesü süpüla laülaain saa'in wamüin wane jukuwa'ipa anasükalü saa'in, mma pütchiru'u otta sa'aka jiawase eekai ee'raajüin alijunairu'u mmaipaa, laülaayuuka pütchi otta korolo mmaipaa sulu'u piia joolu'u, otta sa'atajajin wakuwa'ipa joolu'u süpüla achajawaa pütchi katsuinsükat sa'aka katsuinjirawaa pütchi ma'in.

Pütchi katsuinsükat Pütchi katsuinsükat: achajawaa pütchi pa'anapajirawaa pütchi; mestizaje; asirúajirawaa sulu'u naatawaa akuwa'ipaa; pa'anapajirawaa pütchi sa'akajee laülaayuukana otta jochonyuukana

Introducción

Inicios de una interseccionalidad en co-creación

Este manuscrito se inscribe en los estudios feministas decoloniales y críticos, las discusiones actuales sobre interseccionalidad y las metodologías narrativas como aproximaciones que permiten analizar cómo las relaciones sociales están atravesadas por estructuras históricas de poder, racialización y colonialidad. Por lo tanto, nuestro enfoque autoetnográfico y en relación con nuestras historias de vida y testimonios reconocen nuestras experiencias vividas y narrativas como fuentes legítimas de producción de conocimiento. Estas perspectivas entrelazan nuestra experiencia y teorización sobre nuestros procesos investigativos.

Desde una aproximación dialógica, partimos de la premisa de que las experiencias situadas y los vínculos construidos en procesos colaborativos constituyen espacios de producción de conocimiento y reflexión crítica. En diálogo con estas tradiciones metodológicas, nuestras conversaciones madre-hija son entendidas tanto como fuente de análisis como espacio de construcción teórica, desde el cual interrogamos nuestras posicionalidades, privilegios y formas de relacionamiento con mujeres jóvenes1 y adultas Afrocolombianas. En este sentido, el manuscrito aporta una mirada situada sobre las relaciones interraciales entre mujeres blancas/mestizas y mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas, atendiendo a las tensiones éticas, afectivas y políticas que emergen cuando se confrontan privilegios, desigualdades y posibilidades de solidaridad.

Hemos transformado este texto en la revelación de nuestras conversaciones íntimas y reflexivas que yo, Maure-hija, y Versy-madre, hemos compartido a lo largo de los últimos tres años. Estas conversaciones emergen de un proceso de colaboración sostenido con un grupo intergeneracional de mujeres en Quibdó, capital del departamento del Chocó, en el Pacífico colombiano. Esta región, habitada mayoritariamente por comunidades afrodescendientes, se caracteriza por una profunda relación con el territorio, las prácticas comunitarias, la memoria, el cuidado, una rica tradición de transmisión oral de saberes, organización colectiva y resistencia frente a las desigualdades históricas derivadas del racismo estructural, la exclusión estatal y el conflicto armado.

Desde 2016 hemos mantenido una relación de colaboración con esta comunidad de mujeres jóvenes y adultas del territorio. En 2024, a partir de ese vínculo construido durante varios años, yo, Maure, convoqué a mujeres jóvenes afrocolombianas entre los 14 y 18 años interesadas en fortalecer sus capacidades investigativas y desarrollar iniciativas orientadas a responder a las necesidades y aspiraciones de sus comunidades. La convocatoria dio lugar a un grupo inicial de doce participantes y al inicio de una iniciativa comunitaria independiente basada en la investigación-acción participativa con jóvenes (IAPJ). Concebido como un espacio intergeneracional de formación, diálogo y acción colectiva, el proyecto buscó acompañar a las jóvenes en la identificación de problemáticas de sus territorios, la construcción de preguntas de investigación y el diseño de acciones comunitarias desde sus propios saberes y experiencias. Posteriormente, este proceso se convirtió en el fundamento relacional para consolidar un colectivo comunitario y académico liderado por las propias jóvenes.

Durante el primer año de trabajo colaborativo con este grupo de mujeres jóvenes, sus docentes y algunas mujeres líderes de procesos comunitarios decidimos realizar un encuentro presencial en la ciudad de Quibdó a finales de 2024. Este encuentro marcó la primera vez que podíamos trabajar presencialmente, ya que nos encontrábamos a kilómetros de distancia, particularmente yo, quien resido en Estados Unidos mientras curso mis estudios doctorales. Estar en Quibdó por primera vez también significaba no tener tiempo para compartir con mi madre, quien se encontraba en Medellín. Por ello, decidí llevarla conmigo a Quibdó para que me acompañara en el primer campamento de IAPJ y así poder compartir tanto con las jóvenes como con ella.

Nunca imaginé que, al tomar la decisión de llevar a mi madre al espacio que había empezado a co-crear con las mujeres jóvenes en Quibdó, este se transformaría en un universo de reflexión, confrontación, indagación crítica, solidaridad y posibilidad para comprender, analizar y retar nuestras posicionalidades como mujeres blancas/mestizas en relación con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas. Asimismo, esta decisión marcó un antes y un después en nuestra relación madre-hija, pues nos ha permitido hacer un trabajo de memoria, cuestionar las prácticas racistas y de anti-negritud que hemos internalizado a través de nuestra socialización, y re/construir nuestro posicionamiento e identidad arraigada al mestizaje como lógica colonial y mecanismo de blanquitud (Hooker, 2014). Inspiradas en Gonzalez (1988), entendemos que estas formas de mestizaje han operado históricamente en contextos latinoamericanos como mecanismos de negación racial, erradicación y exclusión de clase, dificultando la construcción de solidaridades entre comunidades racializadas.

En medio de nuestro trabajo colaborativo, la interseccionalidad se vuelve un elemento importante para intentar nombrar, complejizar y retar las múltiples capas de poder, privilegio, violencia, opresión y exclusión que configuran nuestras relaciones dentro de este proceso co-creado y solidario. En este sentido, asumimos la interseccionalidad como un marco analítico y como una herramienta metodológica y relacional que permite examinar cómo estas estructuras se encarnan, negocian y transforman dentro de prácticas concretas de colaboración.

Pensando con Viveros-Vigoya (2023), entendemos la interseccionalidad como una práctica situada que adquiere sentidos particulares en contextos marcados por historias coloniales, racializadas y marcadas por la desigualdad social. En este sentido, entrelazar nuestro diálogo con lentes interseccionales implica desarraigar nuestras identidades como mujeres blancas/mestizas, entender que estas no operan de manera aislada ni individual, y asumir la responsabilidad de los entramados históricos y coloniales que influyen en cómo nos relacionamos, cómo nos escuchamos y cómo participamos y co-construimos conocimiento con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas.

En este contexto, nuestros diálogos intergeneracionales también permiten cuestionar nociones hegemónicas de “habilidad”, “capacidad” y valor atribuidas a las mujeres jóvenes Afrocolombianas desde marcos raciales, culturales y de clase que históricamente las han situado en posiciones de déficit, inferioridad y opresión. Por ende, nuestras reflexiones son un esfuerzo por interrumpir dichas narrativas, mostrando cómo, en la co-creación de conocimiento y lazos de solidaridad, las mujeres jóvenes producen conocimiento, cuestionan estructuras y reconfiguran las formas en que entendemos el poder, el privilegio y el aprendizaje en contextos educativos y comunitarios.

Por ende, esta conversación madre-hija configura la interseccionalidad no solamente como una teoría que ofrece elementos analíticos, sino también como una práctica relacional, encarnada y éticamente situada (Nash, 2017; Viveros-Vigoya, 2023), que en contextos de participación y construcción de conocimiento entre mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas y blancas/mestizas, revela y tensiona las dinámicas de poder, privilegio e intimidad que permean estas relaciones (Gonzalez, 1988).

En consecuencia, nuestras reflexiones tienen tres propósitos entrelazados: teorizar la interseccionalidad como una práctica relacional, encarnada y situada; cuestionar sus dimensiones abstractas y despolitizadas al mostrar cómo vivimos, sentimos y respondemos a tensiones en relaciones concretas atravesadas por raza, etnia, clase, género, capacidades y territorio; y contribuir a su teorización desde el relacionamiento interracial, preguntándonos qué emerge cuando mujeres blancas/mestizas confrontan el privilegio y el poder mientras intentan co-construir futuros solidarios y decoloniales con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas.

Metodológicamente, este manuscrito se construye desde una aproximación narrativa, dialógica y reflexiva basada en conversaciones madre-hija, notas de campo y registros de reflexión generados durante y después de espacios colaborativos de investigación acción participativa con jóvenes. Esta aproximación reconoce las experiencias vividas y las relaciones como fuentes de producción de conocimiento, siguiendo tradiciones feministas decoloniales y críticas que cuestionan la separación entre quien investiga y aquello que se investiga.

Para ello, analizamos conversaciones sostenidas durante casi tres años de trabajo colaborativo, junto con notas de campo y reflexiones escritas durante y después de dos campamentos de investigación (2024 y 2025). Estos materiales son interpretados desde una perspectiva narrativa y feminista decolonial y crítica, reconociendo que el conocimiento producido emerge de relaciones situadas, afectivas y éticamente comprometidas con las comunidades participantes.

Habitar lo blanco/mestizo en relación madre-hija

En la sección anterior nos preguntábamos qué emerge cuando mujeres blancas/mestizas como nosotras entran en relaciones colaborativas con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas; en este apartado profundizamos en lo que estas relaciones nos obligan a confrontar sobre nuestras trayectorias y sobre las formas en que habitamos el privilegio, sosteniendo la incomodidad que implica reconocer nuestra complicidad con estructuras coloniales blanco/mestizas que configuran nuestras subjetividades y contextos. Esto nos permite entender el posicionamiento como un proceso relacional, dinámico y situado (Boveda & Annamma, 2023) que atraviesa nuestras identidades, nuestra relación madre-hija y nuestras prácticas de colaboración, comprendiendo el ser y estar en el mundo como efectos de estructuras históricas de poder articuladas por raza, clase, género y capacidad, entre otras dimensiones de la lógica colonial (Collins, 2000), y reconociendo en el contexto colombiano cómo estas posiciones se configuran no solo desde la identidad, sino también desde el territorio de origen, las posibilidades corporales y materiales, y las formas diferenciales de relación con los otros (Vergara Figueroa et al., 2025).

Por lo tanto, comprendemos que nuestro posicionamiento racializado como mujeres blancas/mestizas no se limita a una característica personal, sino que se inserta en una jerarquía que condiciona los cuerpos con y sin poder y privilegio, incluso cuando estos no son plenamente conscientes de dicha organización. Nuestra construcción como mujeres blancas/mestizas está asociada a lógicas coloniales, de mestizaje y blanquitud que nos ubican en posiciones de privilegio, las cuales se vuelven más visibles y excluyentes en relaciones con otras mujeres en contextos empobrecidos y de marginalización. En este sentido, el privilegio no opera únicamente como condición material, sino también como forma de movilidad, reconocimiento y autoridad social históricamente negada a las mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas con quienes colaboramos (Viveros-Vigoya, 2016).

Nuestros cuerpos blancos, nuestro cabello relativamente liso, la ciudad que habitamos, el acceso a servicios básico, la conformación de una familia tradicional, la clase media de la cual venimos, y en particular en el caso de Maure, la educación universitaria, graduada y en Estados Unidos, son elementos de privilegio que alteran, crean dudas, y disrumpen, y no de manera afirmativa, los espacios que habitan en su mayoría las comunidades Afrocolombianas. Esta tensión no desaparece, se queda, y se debe habitar de manera crítica y reflexiva.

Estas consideraciones también nos han permitido cuestionar las nociones hegemónicas sobre capacidad, liderazgo y construcción de conocimiento que históricamente han moldeado nuestra manera de leer a las mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas. En nuestro proceso colaborativo, hemos reconocido cómo hemos sido socializadas para asociar el progreso, disciplina o potencial con formas blanco/mestizas de hablar, habitar el espacio y relacionarse con la educación y la investigación. El trabajo participativo con las mujeres jóvenes nos confrontó con otras formas de producir conocimiento: desde la cotidianidad, la colectividad, pedagogías territoriales, la creatividad, la agencia política, y la autoridad epistémica que frecuentemente son invisibilizadas por discursos raciales y de clase sobre la niñez negra. La investigación participativa en la que colaboramos se ha convertido en un espacio de (des)aprendizaje de las narrativas deficitarias sobre mujeres jóvenes Afrocolombianas, reconociéndolas y honrándolas como sujetas críticas, creadoras de conocimiento y constructoras de comunidad.

Ambas hemos nacido y crecido en la intersección entre comunidades indígenas, negras y mestizas en el Caribe Colombiano. Sin embargo, nuestras historias son diversas y permeadas por distintas formas de hegemonía colonial, jerarquía racial y anti-negritud. Yo, Maure, nací en una familia de clase media que me brindó todas las condiciones culturales y sociales para acceder a la educación y a una niñez sin escasez ni vulnerabilidad; una familia en la que mis padres garantizaron el estudio, la comida, la vivienda y todas las necesidades básicas de mi niñez y juventud. Aunque inicialmente nací en un contexto con muchos menos recursos, el hecho de que mi padre era docente y tenía un trabajo estable permitió inicialmente la movilidad de clase de nuestra familia. Por el contrario, yo Versy, nací en un contexto complejo y me crie en una familia no biológica y de escasos recursos que, aunque me brindó lo necesario como lo concebía en su momento, realmente fue un espacio empobrecido, violento y supremamente racializado en relación con nuestra condición de clase. Aunque esta situación cambia en mi juventud al ser madre por primera vez, continúa moldeando mi experiencia de vida y por ende la de Maure.

Estas diferencias generacionales y temporales no eliminan nuestro privilegio, sino que lo sitúan como un elemento cambiante que se activa en ejercicios de memoria, afecto y cuestionamiento ético, desestabilizando las certezas que hemos construido a lo largo de nuestra vida. El 2024, con el inicio de nuestro trabajo colaborativo con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas, marca un antes y un después para nosotras. Es la primera vez que, en nuestra relación madre-hija, sostenemos una conversación incómoda pero vital sobre el privilegio y el poder que encarnamos en este espacio colaborativo. Aunque esta tensión no era nueva para mí, Maure, este momento se convierte en un punto de inflexión que reconfigura tanto nuestra relación, como los roles y propósitos de nuestro trabajo participativo en Quibdó.

Tejiendo lazos de solidaridad: interseccionalidad, intimidad y colaboración

Colaborar con otras personas no implica la construcción automática de relaciones de solidaridad, sino que abre la posibilidad de tejer lazos de comunidad, complicidad y reflexión. En este sentido, la solidaridad emerge como resultado de la confrontación, el reconocimiento de tensiones, la negociación relacional y el compromiso ético y crítico de decolonizar las relaciones y acciones materiales que se construyen entre mujeres históricamente situadas en posiciones de privilegio y poder, como las mujeres blancas/mestizas que nosotras representamos, y aquellas que experimentan de manera directa, violenta e interseccional la fuerza opresiva del poder, como las mujeres jóvenes y adultas de comunidades afrodescendientes (Lorde, 1984; Collins, 2000).

Los lazos de solidaridad están atravesados por nuestros contextos sociopolíticos, los territorios de los cuales venidos y habitamos, las lógicas y constructos blanco-patriarcales y coloniales (eg. raza, género, clase, habilidad, generación, ect), y nuestra propia relación con el poder y el privilegio. Esta solidaridad se nutre del contacto intimo entre quienes queremos construir comunidad en pro de la transformación del mundo. Para entender dicha intimidad es clave encarnar la interseccionalidad como un elemento teórico y analítico, también como una práctica relacional, una herramienta situada, y una manera de leer lo íntimo como político (Boveda & Annamma, 2023; Viveros-Vigoya, 2016).

Comprender la intimidad y la solidaridad en contextos de colaboración interracial requiere un espacio donde se visibilicen y materialicen las desigualdades y los vínculos de poder presentes en estas relaciones. Estas relaciones no pueden separarse de las historias de racialización, mestizaje y jerarquización de cuerpos producidas por la colonialidad del poder (Gonzalez, 1988). Para visibilizar esto en nuestra cotidianidad y en los espacios de colaboración con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas, los siguientes extractos de nuestras conversaciones buscan responder a la pregunta: ¿qué emerge cuando mujeres blancas/mestizas confrontan el privilegio en relaciones interraciales en procesos de co-construcción de saber y comunidad?

Esta mirada de la interseccionalidad como práctica relacional en nuestros espacios de co-creación con mujeres jóvenes Afrocolombianas nos permite situar cómo el poder, el afecto y la incomodidad se entrelazan en la producción cotidiana de la solidaridad. Estamos en constante cuestionamiento sobre las nociones hegemónicas de habilidad y sobre quién es reconocido/a como sujeto/a epistémico legítimo en contextos educativos e investigativos racializados. Nuestro ejercicio de investigación participativa confronta las formas en que las mujeres jóvenes son posicionadas dentro de agencia y producción de conocimiento. Es en estas intersecciones donde la solidaridad se vuelve un espacio de contestación epistémica, ética y política.

Versy:Tu papá me mandó una foto de Dante [uno de los perritos de la familia], en la cama, y las mujeres jóvenes alcanzan a verla y me dicen “ay, no, pero sus perros duermen mejor que nosotros”. Entonces yo ahí tuve la sensación, no sé, fue algo tan feo que sentí pena de los beneficios que tenemos. Como una culpa compartida con pena de tener esas cosas. No podemos estar en un punto de equidad. Sentí culpa a pesar de que yo crecí en una familia pobre, que no lo tuve todo.

Maure:Esa incomodidad que sentiste, la he sentido, nos está invitando a cuestionar el sistema, las estructuras que establecen quienes logran construir una vida que les permita ser cuidadas, protegidas, que les permita tener bienestar y condiciones económicas y sociales para mantener dichas realidades. No es casualidad que nosotras podamos tener acceso a una cama cómoda o que podamos cuidar la vida de animales a nuestro cargo. El privilegio no es algo estático, siempre está en movimiento. Mira que cuando eras pequeña y en tu juventud tampoco tenías esa cama cómoda. Es una tensión. Es el hecho de entender que a pesar de que estamos llamadas a retar ese privilegio a nivel individual, es una responsabilidad estructural y colectiva.

Versy:yo creo que las mujeres jóvenes me hicieron pensar, sabes, solo cuando tuve la experiencia de estar en una relación íntima con ellas, es cuando logro ver de manera explícita mi privilegio. Es un proceso de aprendizaje. El referente que tenía era el de mujeres Afrocolombianas que se han destacado en la música y el arte; nunca me puse a pensar en la trayectoria y las luchas de esas mujeres para ser visibles y representadas en nuestra sociedad. Estar en comunidad con las mujeres jóvenes me ha permitido preguntarme sobre eso que considero natural o normal, sobre eso que era invisible a mis ojos y a mi pensar.

Maure:por eso cuestiono ese sentimiento de culpa o pena que mencionaste al inicio. Creo que esas emociones están arraigadas al no cuestionamiento de nuestro privilegio. Cuando se hace visible, pasa a ser una experiencia corporal y afectiva. Empezar a retar nuestro privilegio no se puede quedar en reconocerlo, sino que debemos habitar esa incomodidad, sin ponernos en el centro, porque no se trata de que la discusión sea sobre nosotras y ese trabajo interno y disruptivo que tenemos que hacer, sino que se convierta en una oportunidad para reconfigurar el mundo que nos rodea y hablarles a personas con las que compartimos dicha posicionalidad desde el privilegio para cuestionarlas y acompañarlas en su propio proceso descolonizador.

Versy: es que siento que mi proceso empieza con una sensación de recriminación sobre mi privilegio y lo que represento en este espacio colectivo, pero en las reflexiones que teníamos diarias, en el diálogo, en escuchar atentamente a las mujeres jóvenes y en lo que he logrado aprender del proceso, esa sensación se ha convertido en un sentimiento de responsabilidad. Me pregunto sobre cuál es mi rol en este espacio y cómo puedo retribuir, construir espacios más justos a mi alrededor.

Maure: para mí, estar en relación con las mujeres jóvenes, ha sido un regalo incómodo que ha generado muchas posibilidades y desaprendizajes. Hacer memoria y ser vulnerable sobre cómo me he beneficiado de las jerarquías raciales y de clase que existen en Colombia, me ha ayudado a reconfigurar mis relaciones afectivas y éticas, mis relaciones académicas y los proyectos de investigación en la que participo. Por eso, intenciono la escucha activa, observadora y dispuesta a aprender; el descentralizarme, no ponerme en el centro de la discusión, en desarrollar una responsabilidad afectiva y en cuestionar constantemente mi responsabilidad en un proyecto político y de sociedad que intenta visionar un mundo en el que personas como las mujeres jóvenes no sobrevivan, sino que vivan sus vidas a plenitud.

Versy:una de las cosas que me ha tomado tiempo desaprender es como en pequeñas acciones, en decisiones diarias, ejercemos el poder que tenemos. Al principio, te veía interactuar con las mujeres jóvenes y decía bueno Maure por qué permite que las mujeres jóvenes tengan toda esa libertad, para qué, ella puede tomar esas decisiones de manera más fácil, o me preguntaba por qué no les exigías a las mujeres jóvenes ciertas cosas. De hecho, te lo cuestioné en algún momento y también tu otra colega en Quibdó te retaba constantemente porque te decía que tú no permitías que ella les diera órdenes a las mujeres jóvenes. Luego entendí lo que estabas intentando hacer. Entendí que estar en relación implica retar eso que creemos normal o correcto; es retar la idea que tenemos que mujeres como nosotras, adultas, saben lo que se debe hacer y pensar.

Maure: Es que cuestionar y redistribuir el poder en lo cotidiano implica entender como ese poder se mueve a través de quién habla, quién decide quién cuida, quién cede el espacio, quién construye la agenda de investigación. Los espacios comunitarios interraciales como el que hemos construido en estos últimos años no son exento de reproducir jerarquías raciales y de poder. Es que, si hablamos de solidaridad, debemos pensar en unos principios éticos de relacionamiento que reten eso que hemos entendido como “co-construcción”. Me refiero a cuestionar las responsabilidades individuales de reflexión crítica, a resistir a la idea de quienes han sido racializadas terminen educando o sosteniendo el proceso, y a repesar como se distribuye el poder en dichos espacios. Estar en solidaridad las mujeres jóvenes implica crear espacios liminales en donde nos permitimos negociar quienes somos, de donde venimos, hacia donde vamos; espacios colaborativos que son confrontantes, creativos, problematizadores, pero también visionarios. Estos espacios de solidaridad, al igual que las estructuras de poder que intentamos erradicar, son dimensiones en movimiento, no son estáticos, sino que se construyen y redireccionan en el ejercicio diario de relacionamiento.

Los lazos de solidaridad desde una perspectiva interseccional emergen desde diferentes puntos de partida, incluso dentro de la misma comunidad que colabora y co-construye conocimiento, lo que refleja las trayectorias diversas que hemos recorrido y los distintos puntos de partida de las reflexiones compartidas hasta ahora. Desde una mirada interseccional, los relatos anteriores revelan que la construcción de la solidaridad debe ser una práctica situada que cuestione y transforme los múltiples ejes de poder entrelazados en estas relaciones (Yuval-Davis, 2015). Esto implica complejizar lo que significa estar en solidaridad, haciendo visible la multiplicidad de posicionamientos, privilegios y relaciones de poder.

En nuestra trayectoria, hemos reconocido que estos lazos de solidaridad no son homogéneos, ni siquiera dentro de un mismo colectivo. Las relaciones en nuestros espacios co-creados requieren una responsabilidad diferenciada, influenciada por las historias e interacciones particulares de sus miembros. Además, esto implica una vigilancia constante de las jerarquías internas de la comunidad y el reconocimiento de que este relacionamiento genera una incomodidad productiva que no elimina el conflicto, sino que lo incorpora como parte del proceso de creación de posibilidades de cambio (Curiel, 2014; Espinosa Miñoso, 2019). Esta incomodidad no se debe centrar en la culpa, sino en un compromiso ético y una práctica política en la que el poder se re/configura como elemento transformador.

En este sentido, la solidaridad co-creada implica entender el poder no solo como un elemento opresor y violento, sino también como una relación que circula, se negocia y se redistribuye para reconfigurar quién decide, quién participa y quién define las posibilidades de transformación social. Desde esta perspectiva, el poder no constituye un objeto que unas personas poseen y otras no, sino una dinámica relacional que atraviesa la producción de conocimiento y la vida cotidiana. En consecuencia, en las relaciones íntimas de solidaridad que co-construimos con mujeres jóvenes y mujeres afrocolombianas, el poder no puede permanecer naturalizado ni incuestionado; por el contrario, debe hacerse visible, nombrarse y negociarse continuamente para posibilitar formas más justas de participación y colaboración.

Los relatos presentados muestran que la autorreflexión desarrollada en este manuscrito no pretende narrar la experiencia de las mujeres jóvenes afrocolombianas, sino examinar críticamente cómo nosotras, madre e hija, dos mujeres blancas/mestizas, confrontamos nuestras propias posiciones de privilegio en el marco de un proceso colaborativo sostenido con ellas. En este sentido, somos nosotras quienes asumimos el ejercicio de autorreflexión, mientras que las mujeres jóvenes afrocolombianas son interlocutoras, co-creadoras de conocimiento y sujetas políticas cuya presencia, preguntas y formas de habitar el mundo desestabilizan nuestras certezas y hacen posible este proceso de transformación ética, afectiva y política. Su agencia no radica en sostener nuestro proceso reflexivo, sino en transformar las condiciones mismas desde las cuales pensamos, investigamos y nos relacionamos.

Desde esta perspectiva, la interseccionalidad, la colaboración y la solidaridad dejan de ser únicamente categorías analíticas para convertirse en prácticas relacionales que se producen en la cotidianidad del trabajo colectivo. La interseccionalidad se expresa en el reconocimiento de cómo nuestras posiciones raciales, generacionales, territoriales y de clase configuran de manera diferenciada nuestras experiencias y responsabilidades; la colaboración supone negociar continuamente el poder, la autoridad y la producción del conocimiento; y la solidaridad se construye como un compromiso ético de redistribución del poder antes que como una identidad compartida o un gesto altruista. El aporte de este trabajo consiste, precisamente, en mostrar que estas categorías adquieren sentido únicamente cuando se encarnan en relaciones concretas de intimidad, autorreflexión y negociación cotidiana del poder. Así, las relaciones interraciales entre mujeres no son solidarias por definición, sino que requieren un ejercicio permanente de escucha, autorreflexión, responsabilidad ético-política y transformación de las condiciones materiales y simbólicas que sostienen el privilegio.

Cuando la interseccionalidad se vive: tensiones, afectos y relaciones situadas

“Al principio, fue más de acompañamiento y de compartir el espacio. Yo solamente escuchaba. [...] sentía que no aportaba mucho y no conocía mucho. Y empecé a conocer sus historias. Y en el transcurso de la semana vi que algunas manifestaron aceptación hacia mí. Primero aceptándote como la mamá de la profe Maure. Después, en la medida que fuimos como compartiendo ese espacio de apoyarlas en la construcción del proyecto, sentí que había algo en mí que se estaba manifestando. Reflexioné sobre cosas que posiblemente yo había pensado antes y olvidado, y que había vivido. Conocer a las chicas me había despertado el deseo de seguir vinculada al proyecto como un proceso de retroalimentación. Sentí mucho interés y mucha conexión con ellas, porque me vi reflejada en casos muy específicos. Este espacio también me permite a mí crecer como mamá, como mujer”

Estas fueron las palabras de mi madre cuando le pregunté qué significaba para ella colaborar con las mujeres jóvenes de Quibdó, y por primera vez presenciar el tipo de trabajo que me apasiona. Sus palabras permiten empezar a leer la interseccionalidad como una práctica relacional situada. En sintonía con Viveros-Vigoya (2016), esta reflexión revela cómo distintas posiciones, marcadas por el territorio, las experiencias de racialización y movilidad social, asuntos generacionales y la construcción identitaria, no solo configuran los encuentros colectivos, sino que también dan forma a las maneras en que el poder y el privilegio se hacen legibles en la interacción cotidiana.

En este contexto, el proceso que describe mi madre (escuchar, sentirse inicialmente ajena y luego reconocerse parcialmente en las experiencias de las mujeres jóvenes) puede leerse como un movimiento constante dentro de las relaciones de poder que habitamos. Dicho movimiento no es neutro, sino que está atravesado por nuestras posturas geopolíticas y las estructuras que sostienen nuestras posiciones. Por consiguiente, las incomodidades, los silencios y las conexiones afectivas no son únicamente experiencias personales, sino momentos en los que se hacen visibles las jerarquías que organizan quién puede ser escuchado, reconocido y validado en estos espacios.

Para nosotras, ser y estar en relación con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas implica asumir ese entramado de poder como punto de partida. Esto se traduce en un ejercicio constante de problematización de nuestros propios lugares de privilegio y en la necesidad de descentralizar nuestras voces en los espacios de decisión. En este sentido, escuchar es una práctica política que reorganiza las condiciones mismas de participación y conocimiento. Desde esta perspectiva, el trabajo colectivo no busca borrar las diferencias, sino intervenir críticamente en las condiciones que las convierten en desigualdad.

En una de nuestras conversaciones, mi madre reflexiona sobre su sensación de no saber cómo abordar su privilegio al estar en espacios que han sido empobrecidos, racializados y oprimidos. Ella trae a la discusión una frase de uso común en el contexto colombiano: “quien quiere puede”, asociada a la idea de mérito, disciplina y esfuerzo individual. Yo me quedo pensando unos segundos, analizando el origen de esta idea, y vuelvo a la conversación sobre el privilegio para responder desde una lectura estructural del fenómeno:

Es una responsabilidad. ¿Qué hago yo con ese poder?, ¿qué hago yo desde mi posición? ¿Cómo puedo retribuir el hecho de que yo tenga estos elementos incluso más de los que necesito? Siento que es una responsabilidad individual con ese privilegio, pero luego pienso que también es social y del sistema, ya que son ellos quienes crean y sostienen estas situaciones de opresión y jerarquía.

Esta respuesta evidencia una tensión fundamental entre lo individual y lo estructural. Pensando con Viveros-Vigoya (2016), el poder y el privilegio no pueden reducirse a gestos individuales de redistribución, sino que deben entenderse como parte de sistemas históricos que producen y sostienen la desigualdad. Esto desplaza la pregunta desde “qué hago yo” hacia “qué estructuras hacen esto posible”. Esta convicción de responsabilidad opera como una posibilidad de transformación en las relaciones de colaboración que habitamos.

Sin embargo, esta pregunta por la responsabilidad no emerge únicamente de un razonamiento analítico, sino que está profundamente mediada por el afecto, el cuidado y las experiencias compartidas. Mi madre y yo hemos entablado relaciones íntimas con las mujeres jóvenes y adultas con las que colaboramos que trascienden los espacios formales del proyecto. Nuestros afectos no solo informan nuestra reflexión crítica, sino que también reconfiguran nuestra vida fuera del espacio de investigación.

Por ejemplo, me dice mi madre:

Hija yo no te lo había querido decir, pero todos a nuestro alrededor, incluyendo personas muy cercanas piensan que no tiene sentido hacer lo que hacemos, construir con las mujeres jóvenes, quererlas. Muchos piensan que estás perdiendo el tiempo y recursos. Solo hasta hace poco tuve el valor de exigir respeto por este espacio.

Esta dimensión afectiva, como campo de tensión, desafía estructuras anti-negras y jerarquías de valor profundamente internalizadas. Vivir la interseccionalidad como práctica disruptiva implica reconocer que las relaciones no son estables ni armoniosas, sino que están atravesadas por fricciones constantes. En este sentido, el afecto no elimina el conflicto, sino que lo hace visible y lo convierte en parte fundamental del análisis de las relaciones de solidaridad (Ahmed, 2024). Por consiguiente, cuando construimos relaciones de solidaridad, el afecto moldea las relaciones de poder al interior de dichos espacios, especialmente en contextos donde ciertas emociones han sido históricamente legitimadas y otras negadas. Las experiencias de desigualdad no solo se piensan, sino que también se sienten y se inscriben en el cuerpo.

Las relaciones de solidaridad que hemos construido con las mujeres jóvenes no constituyen únicamente una postura política, sino también una relación afectiva en la que los lazos de cuidado, confianza, tensión y complicidad hacen posible la sostenibilidad de nuestra colaboración. Estas relaciones se han construido en el tiempo, pero también a través de las incomodidades que mi madre y yo hemos aprendido a entender como generativas, lo que evidencia que la solidaridad en contextos intrarraciales no constituye un espacio armónico ni estable. Por el contrario, se configura como un proceso situado de negociación constante en el que el poder, el afecto y el conocimiento se redistribuyen de manera desigual pero también transformable. En este sentido, la solidaridad no es un estado alcanzado, sino una práctica en permanente construcción.

Interseccionalidad como movimiento geopolítico

Versy: Tengo que hacer una confesión. El primer año, yo sentía que era un trabajo que no iba a tener unos resultados positivos, sentía que las mujeres jóvenes no lo iban a aprovechar. Para mí era un espacio que ellas estaban mal aprovechando porque querían comer cosas que no conocían, querían manejar el tiempo, querían hacer los planes, querían hacer el menú. No le veía futuro. Pero cuando interactúo con ellas, las conversaciones que ustedes tienen, lo que construían juntas, ya empiezo a ver otras cosas, y digo: no, estaba totalmente equivocada. Las voy conociendo y ellas son muy distintas con muchos pensamientos críticos, unas mujeres jóvenes que tienen unas capacidades y una fuerza interior sorprendente. Y yo decía, vale la pena. Vale la pena. Para mí también ha sido una escuela personal.

Maure: Lo sé madre, yo sé que muchos a mi alrededor dudan del trabajo que hacemos con las mujeres jóvenes. La sociedad nos sigue diciendo que pensar y movernos en comunidad no vale la pena, que no genera un beneficio individual. La narrativa de solo construir para sí misma es muy fuerte. Siento que el trabajo en comunidad es un ejercicio de confianza, de fé. Cuando trabajamos por asuntos de justicia, de redistribución de poder, en busca de cambios estructurales, es muy difícil ver cambios materiales a corto e incluso a mediano plazo. Construir lazos de solidaridad y coalición en espacios diversos es una labor de vida, no puede ser vista como un producto porque se vuelve transaccional.

En este intercambio, mi madre revela una tensión inicial de sospecha frente al significado de crear espacios de educación, investigación y transformación donde cohabitan experiencias diversas, posturas geopolíticas e interseccionalidades encarnadas. Este cuestionamiento no es un miedo individual, sino una estructura social y colonial de interpretación del trabajo comunitario. Esta experiencia muestra una transformación relacional que ocurre en la interacción, la escucha y la reflexión sostenida. Este relacionamiento fragmenta narrativas dominantes sobre la niñez Afrocolombiana y sobre las formas legítimas de producción de conocimiento en comunidad. En este sentido, hay una crítica a la lógica individualista del poder y un llamado a re/centralizar lo colectivo como proceso cambiante, situado y relacional.

Estos cambios de perspectiva no solo se producen en la disposición hacia la colaboración, sino también en relación con los territorios que habitamos y que están atravesados por lógicas de poder y colonialidad. Para mi madre y para mí, estar en relación con el Pacífico Colombiano no es solo un escenario diverso, sino una forma activa de relacionamiento con comunidades, jerarquías, prácticas de decisión y múltiples dimensiones políticas que se entrelazan en el espacio.

Esto nos lleva a pensar la interseccionalidad no solo como un elemento analítico relacional, sino como un movimiento geopolítico que nos sitúa en relación con personas y territorios. El territorio va más allá de lo geográfico; es un agente activo de poder que moldea relaciones sociales, epistémicas, políticas y económicas (Llanos-Hernández, 2010), y una construcción social donde se producen formas de vida colectiva que impactan la convivencia, la identidad, los recursos y los sistemas de relación (Fals Borda, 2000). En este marco, la colaboración desde una mirada interseccional y territorial implica situar los constructos de raza, clase, género y capacidad, y analizar cómo estos se transforman según el territorio, el tiempo y las historias de poder que los producen.

Mi madre y yo estamos atravesadas por los territorios que hemos habitado y por sus memorias, formas de vida y redes de relación. Las mujeres jóvenes con quienes colaboramos habitan otros territorios, lo que implica otras formas de encarnar estos elementos. Al analizar nuestra relación madre-hija, entendemos que no es posible separarnos del territorio que habitamos. Siguiendo a Escobar (2008), el territorio debe entenderse como espacio de vida, lucha y posibilidad, no como recurso, sino como ente activo de poder. Lo situado y lo interseccional implica también la reconfiguración del espacio junto con las identidades que lo producen.

La interseccionalidad en contextos colaborativos, intergeneracionales e intraraciales no es solo una aproximación situada a la dominación (Viveros-Vigoya, 2016), sino una lectura en movimiento que permite comprender las relaciones desde su carácter dinámico, evitando fijaciones sobre el poder y las identidades. Esto exige pensar los lazos de solidaridad de forma más compleja y relacional (Anzaldúa, 1987), como espacios donde se de/construyen sujetos, afectos y transformaciones colectivas. Entender la interseccionalidad como proceso en movimiento implica asumirla como praxis relacional: tejida entre confianza y vulnerabilidad, sostenida en la incomodidad, atravesada por afectos, y siempre anclada en territorios situados.

¿Qué implica habitar el privilegio y la interseccionalidad en relaciones interraciales?

Co-construir conocimiento en espacios participativos y comunitarios diversos no solo conlleva una responsabilidad ética, crítica y decolonial que atraviesa lo personal, lo relacional y lo colectivo, sino que también implica comprender el privilegio como resultado de estructuras coloniales y opresivas que organizan nuestras vidas y la sociedad en general. Investigar de manera colaborativa requiere escuchar no solo discursos, sino también cuerpos, territorios, silencios, afectos y emociones que emergen en el encuentro. Asimismo, implica acoger la incomodidad como una práctica crítica de de/construcción del poder que habitamos quienes ocupamos posiciones cercanas a identidades hegemónicas.

Habitar el privilegio dentro de iniciativas participativas implica interrumpir la idealización de los espacios colaborativos como horizontales o inherentemente transformadores. Este ejercicio exige reconocer cómo las lógicas coloniales y de anti-negritud se reproducen incluso en proyectos críticos, muchas veces trasladando el trabajo emocional, pedagógico y político hacia los cuerpos racializados. En este sentido, encarnar la interseccionalidad como práctica viva requiere memoria, des/aprendizaje y confrontación con formas de jerarquización que hemos interiorizado y normalizado.

La siguiente conversación entre nosotras representa un ejercicio relacional de cuestionamiento, confrontación afectiva y des/aprendizaje colectivo sobre cómo el privilegio, la racialización y la colonialidad atraviesan la construcción de comunidad y colaboración interracial.

Maure: qué tan poderoso es lo que tú dices mami. Porque desde que una está chiquita, no socializa con personas Afrocolombianas, pero ese es el sistema de poder y de discriminación que existe en nuestra sociedad, porque obviamente tú vas al colegio, y desde niña, ves esas relaciones de distancia. En el barrio, ves esas relaciones de distancia. Claro nunca tenemos la oportunidad, nunca socializamos, nunca buscamos construir esas relaciones. Nunca desarrollamos esa empatía y coalición con las comunidades afrocolombianas, y así nunca vamos a descubrir que podemos co-construir, que podemos ser comunidad. Eso es lo que el sistema no quiere. Al sistema no le interesa que nosotras hagamos comunidad.

Si tenemos o si creamos la oportunidad, nos vamos a dar cuenta que, si hay un ejercicio crítico y reflexivo, podemos aprender genuinamente de nuestros sentires, de nuestros conocimientos, recursos y experiencias diversas. Pero, no quieren que construyamos relaciones de este tipo con mujeres jóvenes y adultas con vivencias e identidades que han sido históricamente definidas en posiciones de marginalización. Es una distancia que han [hemos] creado entre nosotros. Estar en relación con personas diversas a nosotras nos confronta, nos invita a repensarnos, alimenta un espíritu disruptivo, reta el poder y el privilegio que habitamos, y los sistemas de opresión dentro de los cuales operamos.

Versy: A una le dicen, por qué vas a colaborar con tal persona, particularmente con personas indígenas o afrodescendientes, si ellos pueden, tiene las manos, que hagan ellos, así como tú te defiendes, que se defienden entonces. Pero desde el contexto y de los cambios que han pasado en nuestra historia vemos que no es un asunto personal, es de sociedad. Somos comunidad. Nacimos en comunidad, diferentes pensamientos, pero estamos en relación desde múltiples formas.

Maure:Es entender que no es solamente el ejercicio individual, sino que también hay un sistema a nivel de sociedad construido que establece muchas barreras dependiendo de quién eres, de dónde vienes, de tus identidades.

Versy: Es como si viniéramos a la vida ya categorizados. No nos ven[mos] iguales porque tienen que clasificarnos para poder mantener el poder, para poder sembrar estas dudas para construir comunidades diversas.

Maure:el mundo debería ser equitativo, justo, pero la realidad es que no, no somos iguales; nosotras, las mujeres jóvenes están atravesadas por unos constructos de raza y clase diversos. Por eso, para mí, estar en colaboración y comunidad con las mujeres jóvenes y otras colegas Afrocolombianas es como un despertar, un renacer.Es como un despertar a muchas preguntas que no me había hecho. Es despertar a reflexionar sobre nuestra propia vida, sobre nuestro privilegio, sobre quiénes somos, sobre cuál es nuestra misión y responsabilidad en el mundo. Me ha llevado a preguntarme de manera constante e intencional sobre cuál es el tipo de mundo y de sociedad que quisiéramos construir, tener, y qué estoy y estamos haciendo para construirlo, así sea nuestro mundo cercano.

Creo que también es la oportunidad de que tú y yo tengamos una relación madre-hija diferente, porque nuestra relación es muy cercana, muy amorosa, pero también es la oportunidad de que yo te cuestione, de que tú me cuestiones, de que aprendamos la una de la otra de nuestras opiniones, de nuestras perspectivas. Al fin y al cabo, también tú y yo estamos viviendo en mundos distintos. Creo que es la oportunidad de fortalecer esos lazos a otro nivel y des/aprender juntas. Porque en cada uno de los espacios en los que estamos con las mujeres jóvenes, yo aprendo un montón, aprendo un montón de ti, de ellas. de mí misma. Me hago muchas preguntas, me sigo pensando.

Versy: Todo esta confrontación, experiencia y colaboración es como una cosa que nos tomó por sorpresa. Creo que tú y yo no estábamos preparadas para lo que vivimos juntas durante el primer encuentro, pero el camino, relacionarnos a muchos niveles, nos ha ido enseñando lo que aún no comprendemos, lo que aún es conflictivo, lo que genera sentimientos encontrados. Creo que estas ideas, estas preguntas no hubieran llegado a mí sin esta confrontación tan generativa.

Nuestras reflexiones evidencian que las relaciones interraciales no ocurren en espacios neutrales, sino atravesados por colonialidad, anti-negritud y jerarquías de raza y clase. La distancia entre mujeres mestizas y comunidades Afrocolombianas no es accidental; ha sido producida históricamente mediante prácticas que limitan el encuentro, la empatía y la construcción de comunidad. Estas reflexiones no buscan representar ni teorizar las experiencias de las mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas, sino situarse en un ejercicio de auto-interrogación sobre nuestra propia posicionalidad dentro de estas relaciones.

Habitar el privilegio implica interrumpir esas lógicas que reproducen jerarquías epistémicas, raciales y afectivas en espacios colaborativos. Esto exige comprender la interseccionalidad como práctica viva que confronta nuestras posiciones sociales y éticas. Estar en relación con mujeres jóvenes, adultas y colegas Afrocolombianas abre preguntas sobre nuestras formas de habitar el mundo, nuestros privilegios y nuestras responsabilidades en la reproducción de desigualdades. En consecuencia, nuestra relación se ha convertido en un ejercicio de des/aprendizaje y memoria crítica. Los lazos de solidaridad no son automáticos; requieren confrontar prácticas de anti-negritud interiorizadas. Como dijo mi madre, “nos clasifican para mantener el poder”, evidenciando la categorización racial como estrategia de fragmentación social. Sin embargo, estas relaciones también abren la posibilidad de imaginar otras formas de comunidad. La confrontación no es un obstáculo, sino parte generativa de la solidaridad.

Desde esta perspectiva, la interseccionalidad en movimiento emerge como una lectura crítica del poder y una práctica relacional situada que permite sostener conversaciones difíciles y preguntarnos por el tipo de mundo que queremos construir. Esta experiencia también transforma nuestra relación madre-hija en un espacio de reflexión compartida y cuestionamiento mutuo. Por lo tanto, lo decolonial en relaciones concretas no implica relaciones armónicas, sino reconocer que la solidaridad se construye dentro de estructuras coloniales que no desaparecen al nombrarlas. Esto implica habitar el conflicto, sostener la incomodidad y comprometerse con el des/aprendizaje continuo.

Para nosotras, asumir lo decolonial en relaciones de solidaridad con mujeres jóvenes y adultas Afrocolombianas implica ser vulnerable (Boveda & Bhattacharya, 2019) y abandonar la idea de comunidad como consenso para entenderla como una práctica ética, afectiva e interdependiente. Estas relaciones no se basan en la armonía, sino en la negociación constante del poder, el trabajo emocional, la confianza y la diferencia. En este sentido, reafirmamos que la interseccionalidad en relaciones interraciales situadas no funciona como un marco abstracto de análisis, sino como una práctica encarnada que expone la colonialidad, el privilegio y el poder en lo cotidiano, al tiempo que abre posibilidades de des/aprendizaje y de construcción de solidaridades no idealizadas.

Conclusión

Habitar el privilegio desde una mirada interseccional y decolonial es una praxis cotidiana de memoria, responsabilidad y transformación colectiva en movimiento.

Implicaciones éticas

Declaramos que este artículo no tiene implicaciones éticas en el desarrollo, escritura o publicación.

Agradecimientos

Agradecemos al colectivo intergeneracional del proyecto Nuestra PARTE Mágica, quienes nos han permitido aprender y crecer junto a ellas.

Declaraciones

Conflictos de interés

No existe conflicto de interés entre los/as autores/as del artículo.

Contribuciones

  • Maure Aguirre-Ortega: Conceptualization; Data curation; Funding acquisition; Investigation; Methodology; Project administration; Resources; Software; Supervision; Validation; Visualization; Writing - original draft; Writing - review & editing; Aprobación del manuscrito final enviado a la revista
  • Versy Ortega Verbel: Conceptualization; Data curation; Funding acquisition; Investigation; Methodology; Project administration; Resources; Software; Supervision; Validation; Visualization; Writing - original draft; Writing - review & editing; Aprobación del manuscrito final enviado a la revista

Declaración de disponibilidad de datos

Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio fue publicado en el propio artículo.

NOTAS

[1]

Entendemos el concepto de mujeres jóvenes como una condición social, cultural, histórica y política moldeada por la raza, el género, la clase, la sexualidad, la geografía y la colonialidad, y otras experiencias de vida interseccionales que experimentan las participantes a las cuales nos referimos en este manuscrito.

Referencias bibliográficas

Ahmed, S. (2024). Living a feminist life. In Feminist theory: Two conversations. Springer Nature Switzerland. https://doi.org/10.1007/978-3-031-55397-4_18
Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La frontera: The new mestiza. Spinsters/Aunt Lute.
Boveda, M., & Annamma, S. A. (2023). Beyond making a statement: An intersectional framing of the power and possibilities of positioning. Educational Researcher, 52(5), 306–314. https://doi.org/10.3102/0013189X231167149
Boveda, M., & Bhattacharya, K. (2019). Love as de/colonial onto-epistemology: A post-oppositional approach to contextualized research ethics. The Urban Review, 51(1), 5-25.
Borda, O. F. (2000). El territorio como construcción social. Revista Foro, (38), 45–51.
Collins, P. H. (2000). Black feminist thought: Knowledge, consciousness, and the politics of empowerment (2nd ed.). Routledge.
Curiel, O. (2014). Construyendo metodologías feministas desde el feminismo decolonial. In I. Mendia Azkue, M. Luxán, M. Legarreta, G. Guzmán, I. Zirion, & J. Azpiazu (Eds.), Otras formas de (re)conocer: Reflexiones, herramientas y aplicaciones desde la investigación feminista. UPV/EHU.
Escobar, A. (2008). Territories of difference: Place, movements, life, redes. Duke University Press. https://doi.org/10.2307/j.ctv1198wg2
Espinosa Miñoso, Y. (2019). Superando el análisis fragmentado de la dominación: Una revisión feminista descolonial de la perspectiva de la interseccionalidad. In X. Leiva (Ed.), Cuerpos en resistencia y rebeldía en tiempos de guerra. Editorial Retos.
González, L. (1988). La categoría político-cultural de amefricanidad. Tempo Brasileiro, 69–82.
Hooker, J. (2014). Hybrid subjectivities, Latin American mestizaje, and Latino political thought on race. Politics, Groups, and Identities, 2(2), 188–201. https://doi.org/10.1080/21565503.2014.904798
Llanos-Hernández, L. (2010). El concepto del territorio y la investigación en las ciencias sociales. Agricultura, sociedad y desarrollo, 7(3), 207–220.
Lorde, A. (1984). Sister outsider. Crossing Press.
Nash, J. C. (2017). Intersectionality and its discontents. American Quarterly, 69(1), 117–129. https://doi.org/10.1353/aq.2017.0006
Vergara Figueroa, A., Sánchez Barona, A. M., & De La Fuente, A. (Eds.). (2025). Desigualdades sociales en perspectiva interseccional: Estudios afrocolombianos: Lecturas esenciales (Vol. 2). Universidad Icesi. https://doi.org/10.18046/EUI/eale.2
Viveros Vigoya, M. (2016). La interseccionalidad: Una aproximación situada a la dominación. Debate Feminista, 52, 1–17. https://doi.org/10.1016/j.df.2016.09.005
Viveros Vigoya, M. (2023). Interseccionalidad: Giro decolonial y comunitario. CLACSO; Transnational Institute.
Yuval-Davis, N. (2015). Situated intersectionality and social inequality. Raisons Politiques, 58(2), 91–100. https://doi.org/10.3917/rai.058.0091

Biodata

Maure Aguirre-Ortega

Candidata doctoral en el programa de doble titulación en Currículo e Instrucción y Estudios Feministas, de Género y de Sexualidad de la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos). Magíster en Enseñanza y Aprendizaje de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia). Docente de tiempo completo en la Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia) y becaria Fulbright (cohorte 2023). Enmarcada en los feminismos críticos y decoloniales.

Versy Ortega Verbel

Contadorade profesión de la Universidad del Sinú (Córdoba, Colombia). Es madre y lidera su familia. Ha trabajado en organizaciones no gubernamentales como mentora en procesos contables para proyectos de emprendimiento de mujeres víctimas del conflicto armado y el desplazamiento en Córdoba. Hace tres años inició su trayectoria como investigadora independiente en el colectivo Nuestra PARTE Mágica. Actualmente, se interesa en el acompañamiento de procesos de investigación comunitaria y participativa con jóvenes en diversos contextos cercanos al propio.

Estadísticas internas

Este recurso propone una orientación y clasificación superficial de los recursos documentales utilizados por el artículo. Permite a los equipos editoriales conocer el comportamiento documental de sus artículos y a las personas autoras reconocer las tipologías que sustentan la investigación.

Estadísticas automáticas derivadas del marcado interno del XML-JATS. No son métricas de impacto. Lea estas estadísticas con prudencia porque la automatización puede provocar errores o no contemplar al 100 % la realidad de esta publicación.

Referencias totales
18
Periodo de las fuentes
1984–2025
Artículos de revistas
9
Libros o capítulos
9
Tesis
0
Conferencias
0
Artículos de periódico
0
Preprints
0
Posibles autocitas
0
Citas a esta misma revista
0
Posibles referencias incluidas no citadas
0
Tipologías
Años de publicación citados
Fuentes más usadas
Se muestran solo las fuentes con 3 o más apariciones (máx. 5).
No se detectaron fuentes con 3 o más apariciones.
Autores más citados
Se muestran solo autores con 3 o más apariciones (máx. 5).
No se detectaron autores con 3 o más apariciones.

Transparencia y buenas prácticas

Su propósito es promover una mejora en las prácticas de marcado de los artículos de las revistas científicas y motivar una preocupación cada vez más exhaustiva por el cumplimiento de las mejores prácticas editoriales.

Indicadores extraídos automáticamente desde el XML-JATS (heurísticos) que funcionan como base para sostener mejores prácticas. No omita que siempre la revisión y confirmación debe ser humana. Use estos indicadores como señales y no como evaluaciones.

  • Todos los autores tienen filiación Sí 2/2
  • Hay identificador persistente del artículo (p. ej., DOI/ARK) Sí
  • Se declaran fechas de recepción y aceptación Sí
  • Se declara licencia de publicación Sí
Visor de <JATS>Studio , profesional y de uso gratuito.