
La escuela intercultural no nace de los manuales ni de los programas diseñados desde escritorios alejados del territorio. Su tejido se construye en las voces, silencios, gestos y decisiones de educadores que habitan aulas desiguales, plurilingües, muchas veces invisibilizadas. La experiencia de educar en contextos culturalmente diversos, demanda algo más que competencias técnicas; exige una disposición ética y narrativa, una apertura al encuentro con el otro desde su alteridad. En este escenario, la interculturalidad puede entenderse como una práctica que se narra, se discute y se reconfigura cotidianamente desde las historias de quienes facilitan los aprendizajes. La voz del artesano de la enseñanza, en tanto sujeto situado, es clave para comprender las tensiones, hallazgos y aprendizajes que emergen en las escuelas plurales.
Intercultural schooling does not arise from manuals or programs designed at desks far removed from the territory. Its fabric is woven through the voices, silences, gestures, and decisions of educators who inhabit unequal, multilingual, and often invisibilized classrooms. Teaching in culturally diverse contexts requires more than technical competencies; it demands an ethical and narrative disposition—an openness to encounter the other in their alterity. In this setting, interculturality can be understood as a practice that is narrated, debated, and continually reconfigured through the lived histories of those who facilitate learning. The voice of the craftsperson of teaching, as a situated subject, is crucial for understanding the tensions, insights, and learnings that emerge within plural schools.
Narrar la experiencia de maestros (as) en escenarios interculturales demanda darle sentido a lo vivido, a menudo en medio de contradicciones. Quien enseña en territorio rural, indígena o afrodescendiente enfrenta responsabilidades desde lo pedagógico, con dilemas identitarios, lingüísticos y políticos. Su relato, cargado de memoria, denuncia y también espera, se convierte en un acto de resistencia frente a modelos escolares que han ignorado históricamente los saberes locales (Walsh, 2010). Esa narración no es un accesorio ni testimonio marginal; es una fuente de conocimiento que permite reimaginar la formación de aquellos que han dedicado su vida a permitir que otros aprendan (contenidos, ejemplos, valores). Desde esta perspectiva, la interculturalidad deja de ser una etiqueta y se convierte en una forma de estar y actuar en el mundo educativo.
Las voces de docentes que emergen en estos lugares dan cuenta de una pedagogía situada, que dialoga con los saberes comunitarios y reconoce las condiciones históricas de exclusión. Como plantea Catherine Walsh (2005), la interculturalidad crítica no se limita a la convivencia pacífica entre culturas; cuestiona las estructuras coloniales que organizan el saber y el poder en la escuela. En este sentido, quienes educan en territorios culturalmente diversos están haciendo un doble trabajo: enseñan contenidos escolares y también median entre mundos. Su narración configura un puente entre el conocimiento académico y los saberes ancestrales, permitiendo que la educación adquiera sentido para los estudiantes sin desarraigarlos de sus orígenes. Así, la escuela plural se constituye en un espacio en disputa donde la palabra del testigo del saber es una fuente de transformación.
Recuperar y visibilizar las historias de vida de educadoras y educadores en contextos interculturales es un ejercicio de justicia epistemológica. Sus narraciones revelan trayectorias marcadas por la desigualdad, por la creatividad pedagógica y la capacidad de agencia. Cuando una docente indígena cuenta cómo traduce conceptos abstractos al tejido o a la oralidad; cuando otro educador afrocolombiano recurre a la música o al cuerpo para enseñar historia, están desafiando el monoculturalismo escolar desde su propia experiencia. Narrar es también dar sentido al tiempo vivido; es dotar de sentido político y pedagógico al tiempo escolar (Ricoeur, 1996). La narración intercultural cuenta lo que pasa en el aula, revela las condiciones históricas que atraviesan a educadores y estudiantes, y abre horizontes posibles de transformación.
En este marco, surgen hipótesis como: si la formación docente integra la escritura y la lectura de relatos de vida como prácticas pedagógicas, entonces no estamos simplemente coleccionando anécdotas, sino habilitando un espacio reflexivo donde los facilitadores del aprendizaje se reconocen como sujetos de saber. La narrativa permite explorar las propias creencias, tensiones y aprendizajes, así como reconocer al otro en su diferencia. En palabras de Connelly y Clandinin (1995), la identidad docente se construye narrativamente: somos los relatos que nos contamos sobre lo que significa enseñar. Esta dimensión narrativa es particularmente valiosa en escenarios interculturales, donde los discursos hegemónicos sobre lo educativo muchas veces no dan cuenta de la realidad vivida. Escuchar y publicar estas voces no es un acto de condescendencia, sino de diálogo entre saberes.
En la escuela intercultural, la narración pedagógica se convierte en una herramienta de mediación, reparación y posibilidad. Quienes ejercen la docencia en contextos de diversidad posibilitan los aprendizajes: leer, escribir, calcular; pero también traducen, interpretan y acompañan procesos de afirmación cultural. Su palabra es una forma de sostener el mundo de los estudiantes, de nombrar lo que la política educativa no alcanza a ver. En muchas ocasiones, estas narraciones detectan las formas en que la escuela reproduce desigualdades o silencios que deben ser interpelados. El relato se vuelve una forma de testimoniar y de intervenir la realidad educativa. La interculturalidad narrada no es un discurso teórico; es una práctica encarnada en cuerpos que enseñan, recuerdan y sueñan.
Reconocer la voz del educador en la construcción de una escuela plural es abrir las puertas del sistema educativo a la diversidad epistémica. La interculturalidad no puede decretarse desde arriba ni encerrarse en manuales. Requiere escuchar, escribir y compartir las historias de quienes sostienen cotidianamente la vida escolar en contextos complejos. En esta oportunidad, esta sección Argumentos se constituye en un acto político; un lugar donde las palabras de quienes enseñan no son notas al pie, son textos principales. La escuela plural que necesitamos comienza por el reconocimiento de estas voces, por la dignificación de su experiencia y por la construcción colectiva de una pedagogía narrada desde el territorio.
María Alejandra López Sánchez: Máster en Recursos Humanos: organizaciones y gestión del talento. Universidad Autónoma de Barcelona, España. Master en dirección de Recursos Humanos y empresas. IL3-Universidad de Barcelona, España. Cursando actualmente el Máster en Project Management en la Escuela de negocios EAE Business School, Barcelona, España. Psicóloga, Universidad de La Sabana, Bogotá, Colombia. Cuenta con experiencia en docencia virtual de inglés en la Universidad de La Guajira, Colombia y en la gestión de proyectos estratégicos en áreas de Diversidad e Inclusión, certificaciones Top Employers, sostenibilidad y HSE. Ha liderado la implementación de iniciativas de formación, bienestar organizacional y desarrollo del talento humano, así como procesos de selección, onboarding y offboarding, coordinado centros de formación y salas de innovación, gestionado presupuestos de oficinas y diseñado programas de comunicación interna y eventos institucionales. Creadora del Proyecto de salud emocional “Instantes Serenos”.
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