Beatriz Torres Abelaira: la vida de una maestra insumisa de la memoria rebelde de nuestra américa
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Beatriz Torres Abelaira: la vida de una maestra insumisa de la memoria rebelde de nuestra américa

Beatriz Torres Abelaira: The Life of a Teacher of Rebellious Memory in Our America
José Carlos Luque Brazán[email protected]0000-0002-9828-8086 1; Elizabeth Regina Rodríguez Vázquez[email protected]0009-0008-8466-3114 1
1 Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México
Entretextos. Revista de Estudios Interculturales desde Latinoamérica y el Caribe, eISSN 2805-6159, vol. 19, n.o 38, sep-dic, 2025, 132 - 154
Universidad de La Guajira

Artículos/Articles/Aküjialu’u

Recibido: 17-04-2025        Aceptado: 12-07-2025
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Resumen

Este artículo reconstruye la historia de vida de Beatriz Torres Abelaira, exiliada chilena y fundadora del Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA) en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Desde un enfoque hermenéutico feminista decolonial, se analiza su papel en la construcción de una institucionalidad contrahegemónica centrada en la memoria como poder, archivo y horizonte político. A partir de una entrevista en profundidad, se reconstruyen sus trayectorias marcadas por la dictadura, el exilio, la militancia y la pedagogía de la memoria. La experiencia de Torres Abelaira permite comprender el archivo como práctica viva, pedagógica y política, ligada a la producción de saberes insurgentes, el cuidado colectivo y la justicia epistémica. El CAMeNA aparece aquí no solo como repositorio documental, sino como trinchera cultural, archivo insurgente y plataforma crítica de formación ética. Esta historia de vida ofrece claves teóricas y metodológicas para pensar la memoria como campo de disputa, el archivo como acto político y la universidad como territorio de resistencia.

Palabras clave Memoria; archivo; exilio; CAMeNA; Gregorio Selser; derechos humanos; universidad crítica; historia de vida; resistencia; pedagogía política
Abstract

This article reconstructs the life history of Beatriz Torres Abelaira, a Chilean exile and founder of the Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA) at the Universidad Autónoma de la Ciudad de México. From a decolonial feminist hermeneutic approach, it analyzes her role in building a counter-hegemonic institution centered on memory as power, archive, and political horizon. Based on an in-depth interview, her trajectory is traced through dictatorship, exile, activism, and pedagogies of memory. Torres Abelaira’s experience reveals the archive as a living, pedagogical and political practice, deeply tied to the production of insurgent knowledge, collective care, and epistemic justice. CAMeNA is portrayed not just as a documentary repository, but as a cultural trench, an insurgent archive, and a critical platform for ethical and political formation. Her life story offers theoretical and methodological insights for understanding memory as a contested field, the archive as political action, and the university as a space of resistance.

Keywords archive; CAMeNA; exile; Gregorio Selser; human rights; life history; political pedagogy; critical university; resistance

Introducción. Memoria, descolonización, exilio y pedagogía política

“Para mí, el archivo siempre fue cuerpo. Y por eso duele cuando lo maltratan, cuando locallan, cuando lo encierran”. Beatriz Torres Abelaira

El pensamiento y la práctica de Beatriz Torres Abelaira se sitúan en la intersección entre las epistemologías decoloniales, los feminismos críticos latinoamericanos, las pedagogías de la liberación y las teorías de la memoria como disputa social. Su trabajo, encarnado en la fundación y proyección del CAMeNA, es expresión de una ética contrahegemónica que encuentra raíces en múltiples tradiciones teóricas del Sur global. Desde la perspectiva de los estudios decoloniales, el archivo fundado por Torres Abelaira no es un depósito neutro del pasado, sino un espacio de resistencia frente a la colonialidad del saber (Quijano, 2000; Mignolo & Walsh, 2018). La memoria que allí se activa es insurgente, plural y situada, en clara ruptura con las narrativas hegemónicas de la modernidad occidental. Como sostiene Catherine Walsh (2019), las prácticas de archivo deben descolonizar el saber y el poder, abriendo paso a una pedagogía otra, encarnada en los cuerpos, los territorios y las luchas de quienes han sido históricamente silenciados.

Este marco se articula con el feminismo latinoamericano crítico, particularmente aquel que rescata la dimensión situada, afectiva y colectiva de la memoria. Autoras como Lagarde (2005), Lugones (2008), Rivera (2010) y Segato (2016), han insistido en que el archivo debe ser también un lugar de cuidado, un espacio de lo común donde las voces de las mujeres, las disidencias sexuales y los pueblos racializados encuentren reconocimiento y dignidad. Beatriz Torres, al concebir el CAMeNA como archivo abierto, popular y pedagógico, encarna esta apuesta feminista por una memoria como praxis de reexistencia. La pedagogía de la liberación, especialmente en su vertiente latinoamericana, también estructura la visión de Torres Abelaira. Paulo Freire (1970) insistía en que educar es un acto político, una forma de rehacer el mundo desde la conciencia crítica. De igual modo, la teología de la liberación —con voces como Leonardo Boff (1986), Gustavo Gutiérrez (1971) o Sergio Méndez Arceo (1995) — ha planteado que los archivos de la fe y de la historia deben ser liberados de su clausura institucional y puestos al servicio de los oprimidos. Torres retoma esta tradición, especialmente en su trabajo con archivos de comunidades cristianas de base, movimientos campesinos e historias de lucha popular.

Beatriz Sarlo (2005), desde otro horizonte, ha subrayado que la memoria no puede ser una ceremonia congelada. Debe ser incomodidad, debate, apertura crítica. En esta línea, Elizabeth Jelin (2002) sostiene que el pasado es un campo de disputa donde diferentes memorias compiten por legitimidad. Ambas autoras coinciden en que el archivo es un acto político que debe ser interrogado constantemente. Torres Abelaira hace de esa tensión una forma de trabajo: “La memoria sirve si molesta”, ha dicho en múltiples ocasiones. El CAMeNA existe no para aplacar, sino para desafiar. A este marco se suma una dimensión crucial: el exilio como categoría teórica. Para Roniger (2010), el exilio latinoamericano no solo es una condición biográfica, sino una experiencia fundante de agencia política, que ha producido formas originales de memoria, comunidad y resistencia. El exilio opera como generador de un 'horizonte transnacional de pertenencia', donde las fronteras del archivo y la identidad se desdibujan. En el caso de Beatriz Torrez, el exilio no fue una interrupción de la militancia, sino una reconfiguración radical de su práctica política y pedagógica. Su archivo nace del exilio, pero no se reduce a él: se proyecta como una forma de volver —desde la distancia— a los territorios heridos de Nuestra América para reclamar justicia, memoria y horizonte colectivo.

En síntesis, la experiencia de Beatriz Torrez Adelaida como archivista, pedagoga y militante se alimenta de una constelación de saberes que incluyen la crítica de la colonialidad, el feminismo popular, las pedagogías liberadoras, el pensamiento teológico radical, y las teorías sociales del exilio y la memoria. Su archivo no es un objeto, sino una práctica viva: encarnación de una política del cuidado, del conflicto y del porvenir. Este marco permite leer su historia no solo como biografía individual, sino como apuesta colectiva por una memoria que desobedece. Su archivo no es un objeto, sino una práctica viva: encarnación de una política del cuidado, del conflicto y del porvenir. Este marco permite leer su historia no solo como biografía individual, sino como apuesta colectiva por una memoria que desobedece.

Infancia, exilio y dictadura: los años formativos (1950–1973)

La historia de Beatriz Torres Abelaira no comienza con el archivo, ni con la universidad, ni siquiera con el exilio. Comienza con una infancia marcada por el compromiso político de sus mayores, por la pedagogía del ejemplo, por las señales tempranas de que la vida y la política no son esferas separadas. Nacida en Santiago de Chile en los años cincuenta, Beatriz creció en un hogar donde la injusticia social no era un concepto abstracto, sino una herida presente.

“No tuve una infancia difícil, pero sí una infancia en la que se hablaba de la represión. En la casa se hablaba de derechos, de obreros, de huelgas… Y eso marca. Uno no lo sabe de niña, pero marca”, nos cuenta en la entrevista.

Esa conciencia temprana se forja en el Chile turbulento de las décadas de 1960 y 1970. Un país dividido por proyectos de país, atravesado por movilizaciones obreras, estudiantiles, feministas, que confluyeron en el ascenso de la Unidad Popular. Beatriz, ya en su juventud, se convierte en parte activa de ese proceso. Estudia pedagogía, milita en organizaciones sociales, participa en círculos de mujeres, de estudiantes, de trabajadores. “Creíamos que el mundo se podía cambiar, y que nosotras también podíamos hacerlo”, rememora. La irrupción del golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 interrumpe de forma brutal esa esperanza. La dictadura de Augusto Pinochet impone un régimen de terror, censura, desapariciones y tortura. Miles de personas son encarceladas, asesinadas, forzadas al exilio. Beatriz es una de ellas. Su nombre figura en una lista negra de 120 mujeres que, según las fuerzas armadas, debían ser eliminadas del espacio público:

“Estoy en la lista de las 120 mujeres prohibidas por la dictadura militar… 18 años de prohibición total y absoluta”, señala con una mezcla de firmeza y dolor.

Esta categoría de “prohibida” tiene un peso simbólico demoledor: es una forma de desaparición civil, una anulación política y social. Beatriz no fue solo exiliada: fue silenciada, excluida, convertida en no-sujeta para la lógica del Estado. Su testimonio, sin embargo, transforma esa experiencia en una plataforma de enunciación. “La dictadura quiso borrarnos, y lo que hicimos fue reaparecer en otros lugares, con otros lenguajes, pero siempre con memoria”.

El exilio comienza en Argentina, donde vive una breve temporada antes de continuar rumbo a Cuba. Allí encuentra una comunidad de exiliadas políticas que comparten no solo la lengua y la historia reciente, sino también una ética común: la de resistir sin renunciar a los principios. “Cuba fue un espacio de sanación, de análisis, de aprendizaje. Ahí entendí que el exilio también puede ser escuela”. Finalmente, en 1975, llega a México. No como refugiada con papeles, sino como exiliada protegida por redes internacionales de solidaridad. Es acogida por La Casa de Chile, un espacio que, en plena Ciudad de México, funcionó como trinchera cultural, política y afectiva para miles de chilenos y chilenas expulsadas de su país. “La Casa de Chile era nuestro refugio, nuestra embajada popular, nuestro centro de memoria itinerante”.

La llegada a México es también el inicio de una nueva etapa: la de la reconstrucción personal y colectiva. Beatriz se incorpora poco a poco a círculos académicos, de defensa de derechos humanos, de solidaridad con otras causas latinoamericanas. Acompaña procesos de familiares de desaparecidos, de migrantes sin estatus, de mujeres víctimas de violencia institucional. Su práctica política se desplaza: de la militancia partidaria a la defensa de la memoria como principio ético. Ya en este periodo inicial se perfila el germen de lo que años después será el CAMeNA. En los años ochenta y noventa, Beatriz acompaña múltiples iniciativas de documentación de violaciones a los derechos humanos, colabora con organismos internacionales, participa en seminarios, escribe, clasifica, rescata. El archivo se convierte en una forma de justicia simbólica. “El archivo es mi militancia ahora”, dirá más adelante.

Este primer bloque de su vida —infancia, juventud, militancia y exilio— no puede ser leído como un tránsito pasivo. Es una cartografía de luchas, heridas, cuidados y reinvenciones. Beatriz no es una víctima de la dictadura: es una sobreviviente que transformó el dolor en acción. Su historia no se explica sin el contexto latinoamericano, pero tampoco sin la fuerza de una ética personal de la resistencia.

México, archivo y universidad crítica: los años de siembra (1975–2003)

Llegar a México en 1975, tras los primeros años de exilio y persecución, significó para Beatriz Torres Abelaira el comienzo de una etapa de siembra silenciosa y profunda. El tránsito desde la expulsión política hacia la creación de una institucionalidad contrahegemónica no fue inmediato ni lineal. Fue, más bien, un camino hecho de vínculos, afectos, archivos y rebeldías, que configuraron su ética de la memoria y la pedagogía política que marcaría su trayectoria.

"En México estaba La Casa de Chile, que fue en aquel momento, en los años 70 y 80, la única casa de solidaridad que se podía tener", nos recuerda Beatriz (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Ese espacio no solo le permitió sobrevivir material y emocionalmente, sino que constituyó una plataforma de rearticulación política y afectiva para cientos de chilenos y chilenas en el exilio. Allí comenzó a tejer una nueva militancia, no desde el partido, sino desde la memoria, el cuidado y la documentación de las luchas. Durante esta etapa, Beatriz forjó relaciones con diversos actores de la izquierda mexicana, del mundo académico y de las organizaciones de derechos humanos. También estableció vínculos profundos con redes de mujeres feministas, religiosas vinculadas a la teología de la liberación, y familiares de desaparecidos. En sus palabras:

"Ahí uno aprendía también que la memoria tenía cuerpo, que tenía rostro, que tenía historia concreta. Era ver a las madres buscar, era archivar no solo papeles, sino ausencias" (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Su tránsito desde la militancia tradicional hacia una praxis archivística se produjo de manera orgánica. El archivo no fue un destino, sino una forma ética de prolongar la lucha. "Yo no dejé la política. La política se transformó. Se hizo archivo, se hizo cuidado, se hizo pedagogía" (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Esta noción de archivo como acto político y no como técnica neutra anticipa la propuesta que más tarde encarnaría en el CAMeNA. En los años ochenta y noventa, Beatriz participó en iniciativas de documentación de violaciones a los derechos humanos, colaboró con organismos internacionales y organizó seminarios sobre memoria histórica en América Latina. Fue en ese contexto donde se gestó su vínculo con Gregorio Selser, periodista e investigador comprometido con la denuncia de las intervenciones imperialistas en América Latina. Años después, ella misma gestionaría la adquisición de su archivo personal para la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Beatriz comprendió pronto que un archivo no es solo una acumulación de documentos, sino una arquitectura ética. Rechazó desde el inicio la lógica patrimonialista y mercantil del archivo, abogando por su carácter público, accesible, ético y político. "Aquí no hay archivos que se compran. Aquí hay archivos que se donan. Aquí no hay acceso restringido, aquí hay memoria viva" (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Esta frase, que luego se convertiría en principio fundante del CAMeNA, sintetiza su apuesta por un archivo popular y subalterno. Su ingreso a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en 2003 marca un punto de inflexión. "Llegué a la UACM a un año y medio de haberse constituido", recuerda, y de inmediato propuso que la universidad acogiera el archivo de Selser como patrimonio político-pedagógico. El CAMeNA no nació como proyecto burocrático, sino como respuesta a una necesidad histórica: custodiar las huellas de la resistencia, dar voz a las luchas invisibilizadas y formar a nuevas generaciones en una pedagogía de la memoria. En esta etapa, Beatriz articuló la práctica archivística con la labor docente, los talleres con estudiantes, los coloquios públicos, los vínculos con movimientos sociales. No concibió el archivo como depósito muerto, sino como archivo vivo:

"Un archivo no es un lugar donde se guarda el pasado. Es un lugar donde se convoca al presente a dialogar con lo que dolió, con lo que se luchó, con lo que no debe repetirse" (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Este periodo, de 1975 a 2003, fue un tiempo de construcción silenciosa, de pedagogía sin aulas, de militancia sin consignas. Beatriz Torres hizo del archivo una praxis feminista, decolonial y latinoamericanista. Su visión, todavía poco comprendida en muchos círculos académicos, resulta hoy imprescindible para repensar la universidad pública como territorio de resistencia. En suma, esta etapa fue una siembra ética y epistémica. Lo que en otros contextos habría sido solo memoria personal, se transformó aquí en plataforma colectiva. Beatriz no solo resguardó documentos: preservó dignidades, articuló horizontes, desobedeció el mandato del olvido.

El exilio no es solo un movimiento físico, es también una experiencia existencial y política. Para Beatriz Torres Abelaira, la llegada a México en 1975 representó una reconfiguración profunda de sus coordenadas de vida. No fue recibida como académica ni como especialista, sino como una mujer marcada por la violencia, con una historia política incómoda y con una voluntad inquebrantable de memoria. En sus palabras:

“Yo llegué a México no como una exiliada reconocida, sino como una mujer perseguida, protegida por las redes que todavía no estaban institucionalizadas, que se movían por solidaridad” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

La Ciudad de México en los años setenta era un hervidero de exilios. Desde la Casa de Chile —espacio fundamental de acogida para chilenos y chilenas desplazados por la dictadura de Pinochet— hasta las redes de solidaridad que entrelazaban a militantes argentinos, uruguayos, brasileños, guatemaltecos y salvadoreños, México funcionaba como un territorio de refugio y también de disputa política, cultural y epistémica. Beatriz encontró allí un lugar desde el cual recomenzar, no desde el silencio, sino desde la rearticulación de las luchas:

“La Casa de Chile era una embajada paralela. Allí se discutía todo: política, literatura, maternidad, estrategia, exilio. Era un espacio de contención y de construcción” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Durante sus primeros años en México, Beatriz vivió en condiciones precarias, como la mayoría de las mujeres exiliadas latinoamericanas. Su sobrevivencia fue posible gracias a una red de apoyo construida desde la solidaridad. Participó activamente en colectivos feministas latinoamericanos, en iniciativas de apoyo a los familiares de desaparecidos y en talleres de documentación histórica desde abajo. Estas experiencias fueron tejiendo en ella una mirada profundamente crítica al papel del archivo como herramienta de poder:

“Yo me di cuenta muy pronto de que los archivos del poder eran herramientas para el olvido. Clasificaban, censuraban, administraban. Yo quería otro tipo de archivo. Un archivo que no silenciara, que no negociara, que no olvidara a nadie” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Fue en esos años que Beatriz empezó a escribir sus primeros textos sobre memoria desde una mirada propia: feminista, latinoamericana, insumisa. No buscaba reconocimiento académico. Buscaba consistencgia ética. Al mismo tiempo, sus vínculos con figuras clave del pensamiento crítico y de la teología de la liberación fortalecieron su práctica política. Participó en talleres con Hugo Zemelman, asistió a seminarios organizados por Enrique Dussel, colaboró en iniciativas educativas con comunidades eclesiales de base. En todos estos espacios, Beatriz fue consolidando una noción propia de pedagogía política, donde la memoria no era un contenido, sino una praxis, una forma de intervenir el presente desde el testimonio del pasado. En los años noventa, Beatriz desarrolló un trabajo sostenido con organismos internacionales de derechos humanos y con archivos comunitarios de sobrevivientes de dictaduras. Fue entonces cuando estableció una relación personal y política con Gregorio Selser y Martha Selser, quienes años después donarían su archivo personal a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México:

“Gregorio no era un archivista, era un militante del periodismo. Y su archivo era su trinchera. Era como él: riguroso, apasionado, radical” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Esa relación no fue instrumental. Fue una alianza ética. Beatriz comprendió que el archivo selseriano —con sus cientos de miles de recortes, documentos, publicaciones y manuscritos— era una bomba de memoria para América Latina. Negociar con ese archivo era comprometerse con una causa. Por eso, cuando se incorporó a la UACM en 2003, una de sus primeras iniciativas fue gestionar la donación y preservación de ese acervo. Así comenzó el proceso fundacional del CAMeNA. Pero antes de llegar a la universidad, Beatriz vivió una etapa de autoformación permanente. No cursó programas de posgrado en las universidades tradicionales. Aprendió desde la práctica, desde la escucha, desde el archivo:

“Yo aprendí todo desde la insurgencia. Aprendí a clasificar documentos buscando desaparecidos. Aprendí a escribir informes desde las voces de las madres. Aprendí a enseñar en espacios donde la pedagogía era urgencia” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Su propuesta archivística se fue conformando entonces como una respuesta política al neoliberalismo del conocimiento. Frente a las políticas de fetichización del archivo como mercancía, Beatriz propuso una ética del cuidado, del acceso libre, de la justicia epistémica. Frente a los criterios academicistas de clasificación, propuso criterios éticos, políticos y afectivos. Frente a la idea de archivo muerto, propuso el archivo vivo. Durante esta etapa (1975–2003), Beatriz fue tejiendo relaciones con figuras clave de la cultura crítica mexicana y latinoamericana. Vinculó el archivo a la educación popular, la comunicación comunitaria, la edición alternativa, el activismo por los derechos humanos y la pedagogía feminista. Promovió publicaciones colectivas, organizó exposiciones, coordinó talleres con jóvenes sobre memoria y resistencia:

“Nunca hice nada sola. Siempre trabajé en colectivo. Porque la memoria no se puede custodiar individualmente. Es un tejido, una red, una responsabilidad compartida” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Ese tejido se convirtió en base para la institucionalidad que más tarde encarnaría el CAMeNA. Pero en esta etapa previa, todo era movimiento. El archivo no tenía sede, pero tenía cuerpo. Era el cuerpo de las mujeres perseguidas, de los pueblos desplazados, de las causas negadas por los Estados. “Un archivo sin acceso es una forma de tortura” (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Hacia el final de esta etapa, Beatriz ya se había consolidado como una referencia ética para muchas generaciones jóvenes. No por sus títulos, sino por su coherencia. En un país donde los archivos oficiales permanecían cerrados, censurados o burocratizados, su propuesta de archivo abierto, popular y crítico resultaba profundamente disruptiva. Por eso, cuando la UACM abrió sus puertas como universidad alternativa, ella no dudó en sumarse. Porque allí vio la posibilidad de fundar un espacio institucional para la memoria crítica.

La etapa 1975–2003, en suma, fue el tiempo de la siembra. Beatriz Torres sembró archivo, sembró pedagogía, sembró comunidad. No buscaba fundar un museo del pasado. Buscaba construir un presente comprometido. Su archivo fue, desde entonces, una extensión de su cuerpo político: una trinchera de resistencia, una escuela de justicia, una herramienta para nombrar lo innombrable.

Fundación del CAMeNA y el archivo como poder insurgente (2003–2023)

El año 2003 marca un parteaguas en la vida de Beatriz Torres Abelaira y en la historia de la memoria insurgente en México. Ese año, apenas un año y medio después de su fundación, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) abrió sus puertas a una experiencia inédita de archivo político, ético y pedagógico: el Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA). En ese gesto institucional se concentraban décadas de exilio, militancia, saberes insurgentes y ética archivística gestados en los márgenes. Y Beatriz Torres estaba en el centro de esa fundación.

"Yo no llegué con una propuesta cerrada. Llegué con una historia, con una urgencia, con una ética. Les dije: tenemos que fundar un lugar para cuidar la memoria de nuestras luchas. Un lugar sin candados, sin precios, sin filtros" (Torrez Adelaida, entrevista, 2025). Así recuerda Beatriz su llegada a la UACM, en un momento en que la universidad se concebía como proyecto alternativo, abierto al saber crítico, a la pluralidad, a las luchas sociales.

Fue allí donde propuso la adquisición del archivo personal de Gregorio Selser. Su relación con Gregorio y Martha Selser había sido política y afectiva. No se trataba de un patrimonio documental más. Era, como ella lo llama, "el archivo de la insumisión". Miles de recortes, notas, libros, documentos y artículos que narraban otra historia de América Latina: la de las invasiones, los golpes, las resistencias, las mentiras oficiales y los silencios programados. “Este lugar se fundó con Gregorio Selser, en una primera etapa su archivo colosal […] lo llamo, el recorte selseriano, es una visión integradora” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Pero el CAMeNA no se limitó al archivo Selser. Desde su fundación, Beatriz impulsó una política activa de recuperación de memorias críticas. Convenció a personajes clave del continente a donar sus acervos, incluyendo al general José Francisco Gallardo, defensor de los derechos humanos dentro del Ejército Mexicano; a los colectivos de mujeres del Comité ¡Eureka!; a organizaciones del movimiento LGBT+; y a actores de la teología de la liberación. “Cada archivo que traemos aquí es una victoria. Porque lo rescatamos de la censura, del olvido, del mercado, de la traición” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

El proyecto creció, no sin resistencias. Enfrentó obstáculos institucionales, burocráticos y políticos. No todos compartían la idea de un archivo abierto, gratuito, sin restricciones, sin censura. Beatriz defendió con firmeza su modelo. “Este archivo no pide credenciales. Pide respeto. No es para académicos de élite. Es para todos. Para las abuelas, para los estudiantes, para los migrantes, para los sobrevivientes” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Desde el principio, el CAMeNA se concibió como una trinchera cultural. No solo albergaba documentos, sino que organizaba seminarios, diplomados, exposiciones, publicaciones, programas de radio y televisión. Era un espacio de formación política, de pedagogía crítica. “No estamos aquí para digitalizar el pasado. Estamos aquí para activar el presente. La memoria sirve si molesta, si incomoda, si desestabiliza” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

En este periodo, entre 2003 y 2023, el CAMeNA se convirtió en referente continental. Su fondo documental creció de manera exponencial. Se digitalizaron más de 120,000 archivos, se generaron bases de datos, se crearon plataformas de acceso libre. Estudiantes, docentes, activistas y periodistas utilizaron sus materiales para investigaciones, reportajes, juicios y movimientos sociales. Pero para Beatriz, el éxito no estaba en las cifras. “Yo no mido el CAMeNA por cuántos libros tiene. Lo mido por cuánta conciencia despierta. Por cuánta dignidad restaura” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Uno de los principios clave del CAMeNA fue la ética de la no mercantilización. Mientras muchos archivos vendían sus contenidos a universidades privadas o los cerraban tras paredes institucionales, el CAMeNA mantuvo el acceso libre como una bandera. “La memoria no se vende. No es una base de datos. Es un derecho. Es una herramienta de lucha” (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Beatriz formó a decenas de jóvenes en esta ética. No como bibliotecaria, sino como pedagoga política. Les enseñó a clasificar desde abajo, a leer los silencios, a entender el archivo como campo de batalla. “Este lugar es una escuela. Aquí se aprende a resistir, a desobedecer, a cuidar lo que otros desechan” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Además, el CAMeNA fue un espacio de convergencia continental. Recibió delegaciones de Colombia, Chile, Argentina, El Salvador, Guatemala. Fue parte de redes transnacionales de archivos de derechos humanos. Participó en procesos judiciales y comisiones de verdad. Su archivo fue citado en informes internacionales, libros y sentencias. Pero Beatriz siempre cuidó que no se convirtiera en institución burocrática:

“Si esto pierde su rebeldía, se vuelve museo. Y yo no vine a construir un museo. Vine a abrir trincheras” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

En ese sentido, la fundación y consolidación del CAMeNA no fue solo un logro institucional. Fue una praxis política radical. Fue la encarnación de décadas de lucha, de exilio, de archivo y de memoria rebelde. Beatriz Torres no fundó un centro. Fundó una ética. Una pedagogía. Un horizonte. A veinte años de su fundación, el CAMeNA sigue siendo un archivo vivo. Cada documento que llega es una historia rescatada. Cada visitante, un interlocutor ético. Cada proyecto, una apuesta por una América Latina que no olvida:

“Esto no es un archivo sobre el pasado. Es un archivo contra el olvido. Es una apuesta por el futuro” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Legado, enseñanza y memoria viva: horizontes de una ética rebelde (2023–2025)

Entre 2023 y 2025, la figura de Beatriz Torres Abelaira ha sido reconocida por nuevas generaciones como maestra de una memoria rebelde que no se limita a custodiar el pasado, sino que interviene activamente en las disputas políticas del presente. Su práctica archivística se ha consolidado como una ética de vida, una pedagogía encarnada y una forma de resistencia cultural frente al avance de los olvidos programados, las lógicas neoliberales del conocimiento y las políticas de silenciamiento institucional.

"Lo importante no es cuántos archivos tenemos. Lo importante es para qué sirven, a quién incomodan, a quién le devuelven el derecho a recordar" (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Esta frase, compartida en uno de los últimos talleres organizados por el CAMeNA, resume la visión que guía su legado: el archivo como acto ético, como política de cuidado y como plataforma de transformación.

Durante estos años, Beatriz ha fortalecido la dimensión pedagógica del CAMeNA. Ha coordinado diplomados en línea y presenciales sobre historia insurgente de América Latina, memoria feminista y pedagogías del archivo. Ha supervisado la digitalización de más de 30,000 documentos adicionales, muchos de ellos provenientes de movimientos sociales recientes en Chile, Colombia y México. Pero más allá del trabajo técnico, ha formado a nuevas generaciones en una ética del archivo basada en la empatía, la escucha activa, el anticolonialismo y la desobediencia epistemológica.

“Quiero que entiendan que cuando clasificamos un documento no solo estamos poniendo una etiqueta. Estamos tomando una decisión ética: a quién le damos voz, a quién visibilizamos, a quién decidimos no callar” (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Su enseñanza se distancia de las tradiciones archivísticas eurocéntricas centradas en la objetividad y la neutralidad. Para ella, la memoria siempre es situada, encarnada, parcial. Y justamente por eso, profundamente política.

Uno de los proyectos más relevantes de esta etapa ha sido la creación del Seminario Permanente "Archivos para la desobediencia: pedagogías de la memoria y luchas en Nuestra América", en colaboración con colectivos de estudiantes, migrantes, feministas populares, docentes rurales y familiares de desaparecidos. Este seminario ha funcionado como espacio de producción de saberes insurgentes y de discusión crítica sobre los límites y posibilidades del archivo como herramienta emancipadora.

En él, Beatriz ha planteado una crítica radical a los procesos de institucionalización de la memoria: "El archivo oficial tiene una obsesión por el control, por la propiedad, por la versión única. El archivo rebelde, en cambio, es inestable, abierto, múltiple, incómodo. Es archivo vivo porque no se deja encerrar" (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Estas enseñanzas han sido recogidas por jóvenes que hoy lideran proyectos de memoria comunitaria en territorios diversos. Exalumnas de sus diplomados hoy trabajan con archivos de mujeres indígenas en Oaxaca, con memorias afrodescendientes en Veracruz, con víctimas del paramilitarismo en Colombia o con migrantes centroamericanos en tránsito por México. Para muchas y muchos de ellos, Beatriz ha sido no solo una formadora, sino una referente ética que ha transformado su manera de leer, de documentar, de enseñar.

“Beatriz nos enseñó a leer los márgenes, a entender que lo que no está escrito también habla, que el silencio también es archivo. Y que nuestra tarea es nombrar lo que fue silenciado, sin apropiarnos de él” (Testimonio anónimo de estudiante del CAMeNA, recogido en 2025).

En estos años, además, el CAMeNA ha enfrentado desafíos importantes. Cambios en la administración universitaria, intentos de recorte presupuestario, propuestas de fusión institucional con otras áreas que buscaban diluir su especificidad política. Beatriz ha liderado una defensa firme de su autonomía. Ha articulado redes de apoyo nacional e internacional para garantizar su continuidad. Ha hecho pública su preocupación sobre la creciente tendencia a convertir los archivos en plataformas digitales desvinculadas del trabajo territorial, del contacto humano y del acompañamiento comunitario.

“Digitalizar sin politizar es desactivar. Un archivo escaneado no es un archivo vivo. Es necesario el cuerpo, la conversación, el debate, la incomodidad. El archivo necesita tacto, no solo clics” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Frente a estas amenazas, Beatriz ha insistido en fortalecer el CAMeNA como espacio de cuidado colectivo. Ha promovido la participación directa de estudiantes en la curaduría, ha abierto espacios de formación crítica, ha promovido alianzas con radios comunitarias, escuelas normales, colectivos feministas, redes de bibliotecas populares y movimientos territoriales. El CAMeNA, en esta etapa, ha funcionado como un verdadero archivo-movimiento.

Su legado no está solo en los documentos que preserva, sino en las pedagogías que activa. Cada exposición, cada catálogo, cada presentación pública, cada debate organizado por el CAMeNA es una acción pedagógica que busca restituir memorias, abrir preguntas y formar conciencia crítica. “Yo no creo en los archivos que se ven bonitos. Creo en los archivos que hacen pensar, que duelen, que transforman” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Entre los hitos más importantes de esta etapa reciente destacan:

  • La creación de la colección Memoria Migrante, con acervos donados por organizaciones de exiliados peruanos, venezolanos y hondureños en México.

  • La exposición Cartografías de la desobediencia, curada por Beatriz junto con jóvenes activistas, que recorrió siete universidades públicas mexicanas.

  • La edición del libro Archivos vivos: pedagogías de la memoria en Nuestra América, que recoge testimonios, ensayos y metodologías desarrolladas desde el CAMeNA.

  • La participación en la articulación regional de archivos insurgentes de América Latina y el Caribe, en alianza con instituciones de Argentina, Chile, Colombia, Bolivia y Guatemala.

En 2025, Beatriz continúa su labor con la misma pasión que la caracterizó desde su llegada a México. Su rostro sereno, su voz firme, su capacidad de escucha y su energía pedagógica la han convertido en figura respetada y querida. Sin embargo, ella rechaza el culto personal. “Yo no quiero homenajes. Quiero continuidad. Lo que me importa es que esto siga. Que las que vengan después sigan cuidando la memoria como se cuida a una compañera herida” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

La memoria viva, como ella la entiende, no es algo que se posee. Es algo que se comparte. Que se transmite. Que se defiende. En ese sentido, su legado no es solo un conjunto de documentos o una institución universitaria. Es una ética viva. Una forma de mirar el mundo. Una manera de no callar.

Beatriz: El archivo, la memoria y la pedagogía insumisa

Entre 2023 y 2025, la figura de Beatriz Torres Abelaira ha sido reconocida por nuevas generaciones como maestra de una memoria rebelde que no se limita a custodiar el pasado, sino que interviene activamente en las disputas políticas del presente. Su práctica archivística se ha consolidado como una ética de vida, una pedagogía encarnada y una forma de resistencia cultural frente al avance de los olvidos programados, las lógicas neoliberales del conocimiento y las políticas de silenciamiento institucional.

"Lo importante no es cuántos archivos tenemos. Lo importante es para qué sirven, a quién incomodan, a quién le devuelven el derecho a recordar" (Torres Abelaira, entrevista, 2025). Esta frase, compartida en uno de los últimos talleres organizados por el CAMeNA, resume la visión que guía su legado: el archivo como acto ético, como política de cuidado y como plataforma de transformación.

Durante estos años, Beatriz ha fortalecido la dimensión pedagógica del CAMeNA. Ha coordinado diplomados en línea y presenciales sobre historia insurgente de América Latina, memoria feminista y pedagogías del archivo. Ha supervisado la digitalización de más de 30,000 documentos adicionales, muchos de ellos provenientes de movimientos sociales recientes en Chile, Colombia y México. Pero más allá del trabajo técnico, ha formado a nuevas generaciones en una ética del archivo basada en la empatía, la escucha activa, el anticolonialismo y la desobediencia epistemológica.

“Quiero que entiendan que cuando clasificamos un documento no solo estamos poniendo una etiqueta. Estamos tomando una decisión ética: a quién le damos voz, a quién visibilizamos, a quién decidimos no callar” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Su enseñanza se distancia de las tradiciones archivísticas eurocéntricas centradas en la objetividad y la neutralidad. Para ella, la memoria siempre es situada, encarnada, parcial. Y justamente por eso, profundamente política. Uno de los proyectos más relevantes de esta etapa ha sido la creación del Seminario Permanente "Archivos para la desobediencia: pedagogías de la memoria y luchas en Nuestra América", en colaboración con colectivos de estudiantes, migrantes, feministas populares, docentes rurales y familiares de desaparecidos. Este seminario ha funcionado como espacio de producción de saberes insurgentes y de discusión crítica sobre los límites y posibilidades del archivo como herramienta emancipadora. En él, Beatriz ha planteado una crítica radical a los procesos de institucionalización de la memoria: "El archivo oficial tiene una obsesión por el control, por la propiedad, por la versión única. El archivo rebelde, en cambio, es inestable, abierto, múltiple, incómodo. Es archivo vivo porque no se deja encerrar" (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Estas enseñanzas han sido recogidas por jóvenes que hoy lideran proyectos de memoria comunitaria en territorios diversos. Exalumnas de sus diplomados hoy trabajan con archivos de mujeres indígenas en Oaxaca, con memorias afrodescendientes en Veracruz, con víctimas del paramilitarismo en Colombia o con migrantes centroamericanos en tránsito por México. Para muchas y muchos de ellos, Beatriz ha sido no solo una formadora, sino una referente ética que ha transformado su manera de leer, de documentar, de enseñar.

“Beatriz nos enseñó a leer los márgenes, a entender que lo que no está escrito también habla, que el silencio también es archivo. Y que nuestra tarea es nombrar lo que fue silenciado, sin apropiarnos de él” (Testimonio anónimo de estudiante del CAMeNA, recogido en 2025).

En estos años, además, el CAMeNA ha enfrentado desafíos importantes. Cambios en la administración universitaria, intentos de recorte presupuestario, propuestas de fusión institucional con otras áreas que buscaban diluir su especificidad política. Beatriz ha liderado una defensa firme de su autonomía. Ha articulado redes de apoyo nacional e internacional para garantizar su continuidad. Ha hecho pública su preocupación sobre la creciente tendencia a convertir los archivos en plataformas digitales desvinculadas del trabajo territorial, del contacto humano y del acompañamiento comunitario.

“Digitalizar sin politizar es desactivar. Un archivo escaneado no es un archivo vivo. Es necesario el cuerpo, la conversación, el debate, la incomodidad. El archivo necesita tacto, no solo clics” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Frente a estas amenazas, Beatriz ha insistido en fortalecer el CAMeNA como espacio de cuidado colectivo. Ha promovido la participación directa de estudiantes en la curaduría, ha abierto espacios de formación crítica, ha promovido alianzas con radios comunitarias, escuelas normales, colectivos feministas, redes de bibliotecas populares y movimientos territoriales. El CAMeNA, en esta etapa, ha funcionado como un verdadero archivo-movimiento.

Su legado no está solo en los documentos que preserva, sino en las pedagogías que activa. Cada exposición, cada catálogo, cada presentación pública, cada debate organizado por el CAMeNA es una acción pedagógica que busca restituir memorias, abrir preguntas y formar conciencia crítica. “Yo no creo en los archivos que se ven bonitos. Creo en los archivos que hacen pensar, que duelen, que transforman” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

Entre los hitos más importantes de esta etapa reciente destacan:

  • La creación de la colección Memoria Migrante, con acervos donados por organizaciones de exiliados peruanos, venezolanos y hondureños en México.

  • La exposición Cartografías de la desobediencia, curada por Beatriz junto con jóvenes activistas, que recorrió siete universidades públicas mexicanas.

  • La edición del libro Archivos vivos: pedagogías de la memoria en Nuestra América, que recoge testimonios, ensayos y metodologías desarrolladas desde el CAMeNA.

  • La participación en la articulación regional de archivos insurgentes de América Latina y el Caribe, en alianza con instituciones de Argentina, Chile, Colombia, Bolivia y Guatemala.

En 2025, Beatriz continúa su labor con la misma pasión que la caracterizó desde su llegada a México. Su rostro sereno, su voz firme, su capacidad de escucha y su energía pedagógica la han convertido en figura respetada y querida. Sin embargo, ella rechaza el culto personal. “Yo no quiero homenajes. Quiero continuidad. Lo que me importa es que esto siga. Que las que vengan después sigan cuidando la memoria como se cuida a una compañera herida” (Torrez Adelaida, entrevista, 2025).

La memoria viva, como ella la entiende, no es algo que se posee. Es algo que se comparte. Que se transmite. Que se defiende. En ese sentido, su legado no es solo un conjunto de documentos o una institución universitaria. Es una ética viva. Una forma de mirar el mundo. Una manera de no callar.

Nombrar la memoria desde el exilio: Beatriz Torres y la ética archivística de la insumisión

Las vidas que resisten son, casi siempre, vidas que incomodan. No porque sean altisonantes, ni porque busquen la espectacularidad, sino porque encarnan una forma de existencia que desafía la lógica de la normalización, del olvido institucional y de la obediencia epistémica. Beatriz Torres Adelaida es una de esas vidas. Su historia no es la de una funcionaria universitaria ni la de una exiliada más: es la de una maestra de la memoria rebelde, una sembradora de archivo, una arquitecta de la dignidad. Este texto —basado en una entrevista en profundidad, pero guiado por la hermenéutica feminista decolonial— propone reconstruir su trayectoria como una forma de testimoniar que la memoria no solo es un campo de disputa, sino un ejercicio de poder, de cuidado y de insumisión.

Este trabajo no pretende neutralidad. Como sostiene la pensadora decolonial Yuderkys Espinosa Miñoso, toda narrativa situada debe partir del reconocimiento de los cuerpos que enuncian, de sus historias, heridas y horizontes. Aquí no hablamos sobre Beatriz: hablamos con ella, y desde ella. Su voz no es una fuente entre otras, sino el centro pulsante de esta escritura. Desde su exilio en 1973 hasta la fundación del Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA) en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Beatriz ha trazado un recorrido que une archivos, luchas y afectos. En ese tránsito, se ha hecho sujeto de archivo, pero también constructora de horizontes, de pedagogías insurgentes, de una política viva del recuerdo.

Memoria y archivo como insumisión política

En contextos atravesados por dictaduras, represión, exilio y silenciamiento, como los de América Latina durante el siglo XX, la memoria se convierte en un terreno minado. Los Estados buscan administrar el pasado, encapsularlo, reducirlo a ceremonia. Frente a ello, mujeres como Beatriz han construido una práctica contrahegemónica del archivo, donde recordar no es conservar, sino combatir. Como señala María Lugones, las mujeres racializadas y exiliadas no solo resisten con palabras: resisten con gestos, con afectos, con archivos. En esta historia, el CAMeNA no es solo una institución: es una trinchera epistémica. Es una apuesta por democratizar la memoria, por despatriarcalizar el archivo, por construir una pedagogía del compromiso. Desde la donación del archivo Gregorio Selser hasta la incorporación de los fondos del General Gallardo, del Comité Eureka, de Sergio Méndez Arceo o de los movimientos LGBT latinoamericanos, cada acto archivístico ha sido también un acto de afirmación ética y política. Beatriz lo resume sin ambigüedades: “La memoria es poder”.

Hermenéutica feminista decolonial: leer desde las grietas

Este texto se inscribe en la tradición de la hermenéutica feminista decolonial, entendida como una práctica de interpretación situada que interroga las violencias epistémicas, las jerarquías del saber y los silencios impuestos por el poder colonial-moderno. Leer la vida de Beatriz desde esta perspectiva implica rechazar la cronología heroica o individualista. No se trata de biografiar un personaje, sino de iluminar un proceso de subjetivación política, de militancia archivística, de resistencia institucional. En esta lectura, el archivo no es solo soporte, es cuerpo. Es extensión del exilio. Es forma de memoria encarnada. Como afirma la propia Beatriz: “Yo soy archivo”. Su vida se entrelaza con los documentos que ha cuidado, con las voces que ha rescatado, con las ausencias que ha sabido nombrar. Esta lectura exige, por tanto, un descentramiento epistemológico. No basta con citar a Foucault o Benjamin: hay que escuchar a las mujeres que han hecho de la memoria una práctica de justicia. Hay que situar a Beatriz Torrez en el linaje de las Madres de Plaza de Mayo, de Rosario Ibarra de Piedra, de las archivistas comunitarias, de las tejedoras de la verdad.

Exilio, archivo y universidad: geografías de una práctica ética

El exilio marca el inicio de esta historia. Pero no como derrota, sino como punto de partida. En 1973, tras el golpe de Estado en Chile, Beatriz entra en una lista de 120 mujeres “prohibidas” por la dictadura militar. El lenguaje es revelador: prohibida, no solo perseguida. Prohibida de existir públicamente, de circular, de escribir, de educar. Esta interdicción, sin embargo, no logra desarticularla. Su tránsito por Argentina, Cuba y luego México es también una cartografía de la sobrevivencia, de la articulación de redes y afectos, de la construcción de una subjetividad crítica. Cuando llega a México, no llega como académica ni como refugiada institucionalizada. Llega como perseguida protegida por organismos internacionales. Encuentra en La Casa de Chile en México un espacio de articulación y solidaridad, y más adelante se vincula con redes intelectuales, con militantes, con familiares de desaparecidos. En 2003, se incorpora a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, una universidad joven, radical, nacida con la vocación de ser espacio de justicia epistémica. Allí impulsa la compra y fundación del archivo de Gregorio Selser, el archivo más completo de intervenciones extranjeras en América Latina. Con ese gesto, comienza la construcción del CAMeNA.

Pero el CAMeNA no es un archivo más. Es un archivo con principios, con horizonte ético, con historia de lucha. Beatriz lo define claramente: “Aquí no hay archivos que se compran, aquí hay archivos que se donan. Aquí no hay acceso restringido, aquí hay memoria viva.” Esa diferencia es política. Implica una ética de la consecuencia, un rechazo al mercadeo del pasado, una voluntad de formar generaciones críticas.

Escritura, voz y legitimidad: una entrevista situada

Este texto se construye a partir de una entrevista en profundidad realizada por el autor, en la cual Beatriz despliega no solo sus recuerdos, sino su filosofía de vida. Cada palabra suya encierra una pedagogía, una advertencia, una apuesta. No es una entrevista de respuestas; es un ejercicio de autoinscripción, de narración situada, de lectura crítica del presente. Beatriz no solo rememora: interpreta, vincula, cuestiona, desafía. Su forma de narrar no es lineal ni complaciente. Se detiene en las contradicciones, en los vacíos, en las dificultades. Su relato no busca heroicidad, sino legitimidad. Y esa legitimidad no proviene de su trayectoria académica (que es amplia), sino de su coherencia ética, de su trabajo silencioso, de su manera de cuidar los documentos como quien cuida a una comunidad. La entrevista, por tanto, no se presenta aquí como un registro plano. Se despliega como una práctica hermenéutica. Cada segmento será acompañado por análisis, referencias, conexiones contextuales y citas extensas, pues lo que dice Beatriz no debe ser reducido: debe ser amplificado.

Horizontes de lectura: del testimonio a la pedagogía

Leer la historia de vida de Beatriz Torres es también preguntarnos: ¿qué hacemos hoy con la memoria? ¿Cómo se archiva el dolor sin cosificarlo? ¿Cómo se democratiza el acceso al pasado sin banalizarlo? ¿Cómo se construye una universidad crítica que no repita las lógicas del silenciamiento? ¿Qué papel juegan las mujeres en la producción de archivos y en la defensa de los derechos de memoria? Estas preguntas no se responden con tesis cerradas. Se abren con vidas como la de Beatriz. Por eso este texto no concluye con un perfil, sino que se abre a una pedagogía. Porque Beatriz no solo ha fundado un archivo: ha enseñado con su práctica lo que significa cuidar la memoria como se cuida una herida, como se cuida una comunidad, como se cuida una lucha. La vida de Beatriz Torres Abelaira es, en última instancia, un llamado: a no ceder, a no olvidar, a no negociar principios. Es una vida que nos recuerda que archivar no es un acto técnico, sino un gesto político y amoroso. Y que, en tiempos de desmemoria programada, toda voz que insiste en recordar es, también, una forma de insurgencia desde la esperanza y la utopía, en este sentido la vida de Beatriz es sin duda alguna una metáfora de las necesarias, de las insumisas, de las indispensables.

Conclusiones generales

La historia de vida de Beatriz Torres Abelaira constituye un testimonio encarnado de cómo el archivo puede convertirse en acto político, pedagogía crítica y horizonte emancipador. Lejos de ser un objeto pasivo, su archivo es una práctica viva que vincula cuerpo, territorio, memoria y lucha social. A través del CAMeNA, Beatriz ha logrado construir un espacio autónomo de formación, investigación y resistencia donde la memoria se activa como ejercicio de justicia, desobediencia y esperanza. Su trayectoria permite comprender cómo el exilio, lejos de ser una fractura, puede constituirse en punto de partida para nuevas formas de militancia transnacional, enraizadas en los principios de solidaridad, cuidado colectivo y producción de saberes desde abajo. Torres Abelaira, como maestra de la memoria rebelde, ha demostrado que el archivo puede ser también territorio de disputa frente a las formas neoliberales del olvido, del control tecnocrático de la historia y del vaciamiento institucional de los sentidos políticos.

El CAMeNA, como archivo insurgente, ha desafiado la idea del archivo como contenedor neutro. Ha apostado por prácticas curatoriales basadas en la escucha, en la complicidad con los movimientos sociales y en una pedagogía que transforma tanto al investigador como al documento. La ética archivística de Beatriz se fundamenta en la necesidad de incomodar, de interpelar, de acompañar. En sus propias palabras: “Un archivo que no molesta, que no cuestiona, que no conmueve, no sirve para luchar” (Torres Abelaira, 2025).

En una época marcada por la despolitización del saber, el vaciamiento institucional del archivo y la mercantilización de la memoria, el legado de Beatriz Torres se presenta como una alternativa urgente y radical. Su trabajo articula saberes situados, prácticas pedagógicas críticas y un compromiso ético profundo con las luchas de los pueblos de América Latina. Esta articulación permite visibilizar la memoria como un campo de disputa, el archivo como trinchera de subjetivación política, y la pedagogía como proceso colectivo de reexistencia.

Su propuesta también resignifica el papel de las universidades públicas, al concebirlas como espacios de contrahegemonía donde pueden florecer procesos de investigación militante, educación popular y formación crítica. El CAMeNA, más que un archivo, es una plataforma para la construcción de memorias insurgentes, capaz de vincular el pasado con las luchas del presente.

La figura de Beatriz permite, además, repensar la agencia política del exilio como productora de conocimiento y ética política. Desde el exilio, Beatriz no solo ha resistido la dictadura chilena, sino que ha construido comunidad, ha sembrado redes, ha levantado instituciones. Su apuesta no es por la nostalgia, sino por una memoria en movimiento que se vuelve herramienta para la transformación.

Asimismo, la dimensión feminista de su archivo se manifiesta tanto en el contenido como en la forma. No se trata solo de documentar las luchas de las mujeres o los feminismos populares, sino de construir una ética archivística basada en el cuidado, la horizontalidad y la escucha. En sus palabras, “archivar también es maternar: es proteger, cuidar, devolver la voz, acompañar sin apropiarse” (Torres Adelaira, entrevista, 2025).Su método nos recuerda que el archivo no es solo una práctica técnica, sino una intervención ética, política y afectiva. Una práctica encarnada que obliga a preguntarnos: ¿para quién es este archivo? ¿quién puede acceder? ¿qué memorias legitimamos y cuáles callamos? Estas preguntas, centrales en su práctica, deberían ser parte de toda formación crítica en ciencias sociales, historia, pedagogía o estudios decoloniales.

En el plano internacional, su figura comienza a reconocerse como parte de una constelación de archivistas insurgentes que, desde múltiples latitudes del Sur Global, están reinventando la relación entre memoria, justicia social y transformación colectiva. En ese sentido, su archivo no es solo una práctica local, sino una contribución al pensamiento crítico latinoamericano y mundial.

A manera de cierre, esta historia de vida no solo rinde homenaje a una figura imprescindible en la construcción de memorias críticas en América Latina, sino que también constituye una propuesta pedagógica, epistémica y política. Como pedagoga, Beatriz ha sembrado generaciones; como archivista, ha creado refugios de lucha; como exiliada, ha rehecho los mapas de la pertenencia; y como mujer latinoamericana, ha encarnado una ética de resistencia enraizada en la ternura radical de las que no se rinden.

Su legado sigue abierto. En cada archivo comunitario que se levanta, en cada estudiante que se forma, en cada documento que se recupera, la memoria viva que ella promueve continúa su camino. Y en cada acto de desobediencia epistémica que rompe el silencio y nombra lo negado, hay un eco de su voz, firme, generosa y lúcida: “No estamos aquí para conservar el pasado como si fuera un museo. Estamos aquí para convertir la memoria en semilla de transformación” (Torres Abelaira, entrevista, 2025).

La historia de vida de Beatriz Torres Abelaira constituye un testimonio encarnado de cómo el archivo puede convertirse en acto político, pedagogía crítica y horizonte emancipador. Lejos de ser un objeto pasivo, su archivo es una práctica viva que vincula cuerpo, territorio, memoria y lucha social. A través del CAMeNA, Beatriz ha logrado construir un espacio autónomo de formación, investigación y resistencia donde la memoria se activa como ejercicio de justicia, desobediencia y esperanza.

Su trayectoria permite comprender cómo el exilio, lejos de ser una fractura, puede constituirse en punto de partida para nuevas formas de militancia transnacional, enraizadas en los principios de solidaridad, cuidado colectivo y producción de saberes desde abajo. Torres Abelaira, como maestra de la memoria rebelde, ha demostrado que el archivo puede ser también territorio de disputa frente a las formas neoliberales del olvido, del control tecnocrático de la historia y del vaciamiento institucional de los sentidos políticos. El CAMeNA, como archivo insurgente, ha desafiado la idea del archivo como contenedor neutro. Ha apostado por prácticas curatoriales basadas en la escucha, en la complicidad con los movimientos sociales y en una pedagogía que transforma tanto al investigador como al documento. La ética archivística de Beatriz se fundamenta en la necesidad de incomodar, de interpelar, de acompañar. En sus propias palabras: “Un archivo que no molesta, que no cuestiona, que no conmueve, no sirve para luchar” (Torres Abelaira, 2025).

La lectura de esta historia de vida desde un enfoque hermenéutico feminista decolonial permite, además, devolver al archivo su politicidad radical. No se trata únicamente de conservar documentos, sino de producir condiciones de posibilidad para nuevas memorias, nuevas narrativas, nuevas subjetividades críticas. La memoria, como insiste Beatriz, es cuerpo, es acto, es promesa.

Por todo ello, este trabajo no solo rinde homenaje a una figura imprescindible en la construcción de memorias críticas en América Latina, sino que también busca abrir caminos de investigación, docencia y militancia comprometida con el archivo como potencia transformadora. Como pedagoga, Beatriz ha sembrado generaciones; como archivista, ha creado refugios de lucha; como exiliada, ha rehecho los mapas de la pertenencia; y como mujer latinoamericana, ha encarnado una ética de resistencia enraizada en la ternura radical de las que no se rinden.

Anexo visual: Línea de tiempo del CAMeNA y legado de Beatriz Torres Abelaira

Línea de tiempo (1950–2025)

  • 1950: Nace Beatriz Torres Abelaira en Chile.

  • 1973: Golpe de Estado en Chile. Beatriz es perseguida y obligada al exilio.

  • 1975–2002: Participa en diversas redes de solidaridad y archivo en el exilio chileno-mexicano. Forma parte de la Casa de Chile en México.

  • 2003: Ingresa a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Funda el CAMeNA.

  • 2004–2008: Recuperación, curaduría y clasificación del Archivo Gregorio Selser. Comienza la construcción de una ética archivística insurgente.

  • 2010: Inicio de los seminarios internacionales sobre memoria crítica y derechos humanos.

  • 2013: CAMeNA publica su primer catálogo general, digitalizado.

  • 2017: Se integra el archivo histórico del Comité de Solidaridad con Nicaragua.

  • 2020: CAMeNA participa en la red latinoamericana de archivos de la resistencia.

  • 2023: Lanza la colección Memoria Migrante y el seminario “Archivos para la desobediencia”.

Referencias: Torres Abelaira, B. (2025). Entrevista personal realizada por J.C. Luque Brazán, Ciudad de México, 9 de julio de 2025.

  • Recepción en México: llegada desde el exilio, redes de solidaridad, Casa de Chile, transición de refugiada a militante archivística.

  • Reconfiguración política: vínculos con redes de derechos humanos, feministas, familiares de desaparecidos, vínculos con la teología de la liberación y movimientos estudiantiles.

  • Trayectoria profesional e intelectual: del activismo político al trabajo con archivos; participación en espacios académicos; crítica a las formas institucionalizadas de memoria.

  • Archivo como acto ético: primeros pasos en la idea de un archivo ético, comunitario, feminista y no mercantilizado.

  • Génesis del CAMeNA: desde la donación del archivo Gregorio Selser hasta el diseño ético y metodológico del CAMeNA.

  • Pedagogía y archivo: formación de estudiantes, actividades públicas, talleres, vínculos con movimientos sociales.

Referencias bibliográficas

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Biodata

José Carlos Luque Brazán

José Carlos Luque Brazán: Licenciado en Antropología Social, Universidad de Chile, egresado del Programa de Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en Ciencias Sociales, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede México. Profesor-investigador, Universidad Autónoma, Ciudad de México.

Elizabeth Regina Rodríguez Vázquez

Elizabeth Regina Rodríguez Vázquez:Egresada de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Urbana, asistente del área de administración de la Red Migrápolis.

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