
Este ensayo reflexiona sobre el papel del flâneur en el siglo XXI. Desde el acto de caminar es posible comprender el estar-aquí del sujeto, los lugares que habita, el modo de ver, la estetización del cuerpo y la mirada y la necesidad contemplativa producto del detenerse. Ahora, podemos afirmar que existe una hipervisión, la cual ha hecho fugaz la mirada. Caminar, por ejemplo, enruta al sujeto hacia todo aquello que estimule la mirada y sus sentidos, dirigiéndonos hacia panópticos zumbantes. Al acto de caminar y ver en tiempos de lo híper, podemos llamarlo hiperflâneur. A lo largo del documento se utilizan metáforas plásticas, referencias artísticas y conceptos abordados a través de la obra de Byung-Chul Han.
This essay reflects on the role of the flâneur in the 21st century. By walking it is possible to understand the be-here of the subject, the places he/she inhabits, the way of seeing, the aesthetization of the body and the gaze and the contemplative need that arises when the subject is able to stop. Now, we can affirm that there is a hypervision which has made the gaze fleeting. Walking, for example, routes the subject towards everything that stimulates the gaze and your senses, directing us towards buzzing honeycombs. The act of walking and seeing in times of hyper, we can name it hyperflâneur. Throughout the paper I use plastic metaphors, artistic references and concepts approached through the work of Byung-Chul Han.
Al caminar nos percatamos del otro, cuerpos errantes que deambulan por la calle. Vulnerables masas que interactúan a través de la mirada o a través del roce de la piel. Habitamos la calle tras cada paso dándole significado a un lugar. La identidad del transeúnte está marcada por la calle. Camus, por ejemplo, romantiza la lejanía del transeúnte entre la multitud, se da cuenta que el ojo marca distanciamiento entre cuerpos o a veces lo penetra.
¿Cuántos ojos quedan adheridos sobre la piel?, me pregunto. Imagínese un cuerpo trenzado por cientos de piernas que tiran para todos lados. De repente, la piel se desgarra, se agujerea, se torna tensa. Sin embargo, resiste tras la línea que los dibuja. Ya no queda cuerpo distinto de otro, ya no quedan órganos palpitantes que no sientan el estrés de la mirada ni calles vacías. El cuerpo irradia efluvios de miradas que se desprenden por su propio peso, se acumulan hasta llenar cada pliegue.
Cada cuerpo rodeado de miradas no envejece, no se arruga, no habla. Es filtrado una y otra vez, estetizado, expuesto, se convierte en un like. Cada ojo que se adhiere sobre la piel moja el sexo del transeúnte, recorre la médula de arriba hasta abajo extendiéndose hasta la calle. Ante el asedio de miradas la envoltura del cuerpo cede dejando entrever un cuerpo frágil, desnudo, fragmentado, material e inmaterial, entrelazado por cientos de hilos que entretejen la idea de cuerpo, lo anudan dando forma a la rigidez que lo permite ser bípedo. Todo cuerpo expuesto pierde todo sentido de propiedad, se le posee desde la expectativa ajena. Ante la mirada invisible que gobierna el cuerpo tira como hilos sobre una marioneta, mecanizando las extremidades, la pose, la sonrisa. El cuerpo del transeúnte es oxímoron con las partes de otros cuerpos, sólo así sabe que existe.
Caminando nos damos cuenta de la distancia con el otro, nos percatamos que la mirada ha perdido todo tipo de cercanía y que tal pérdida hace imposible cualquier tipo de demora contemplativa (Han, 2021; 2023) incluso al auto-mirarse. Perdemos toda espera contemplativa al mirar al otro a través de una mirada estetizada (Santaella, 2012). Toda contemplación estética arrebata el albedrío de la carne mientras camina.
Detenerse permite fijar la mirada, girar o devolverse. La mirada del transeúnte revive, sucumbe ante su anhelo de ver, crea modos. Al detenerse el transeúnte se auto-contempla, nota cada parte de su cuerpo en reposo. Revisa lo íntimo de su ser buscando toda negatividad sobre sí mismo. Quietud lo comprende como eros.
Toda caminata excita la memoria, la divagación o la razón. Caminar se torna surreal y permite contemplar al yo al punto de perderse entre la muchedumbre de sí mismo. Caminar sobre sí mismo permite cartografiar la memoria y la fisionomía del cuerpo.
En sí mismo el transeúnte encuentra varios caminos, mientras los recorre divaga sobre cada versión de sí, los proyecta, encuentra simultaneidad. Cada cuerpo con el que se encuentra interactúa, habla consigo e incluso se mutila, se mata. Reinterpreta su reflejo con cada una de sus versiones convirtiendo el cuerpo en un collage de posibilidades. Mientras camina encuentra en el reflejo de otros, una parte de sí.
Ver Imagen 1.

Caminar tiene componentes éticos. Una que defiende la voluntad del cuerpo y otra que es construida a partir de la expectativa social; la última carece de toda negatividad. Caminar permite encontrar el bien de las cosas incluso sobre sí mismo. Caminar sobre sí mismo no puede tener un criterio ético universal pues pone en riesgo la voluntad del sujeto sobre su propio ser, sobre su estar-aquí.
La ética de la calle carece de negatividad pues su componente ético ha sido estetizado. Caminar tiene un componente ético-estético pues puede superar la voluntad del yo y afecta la cercanía con el otro. Tal aspecto ético-estético nos confronta al caminar sobre sí mismo pues desdibuja cada una de las versiones del yo a través del tiempo. Caminar sobre sí mismo enaltece el alma, le atribuye gobernabilidad sobre el cuerpo. Caminar no necesariamente es un acto de desplazamiento, pues el cuerpo surreal puede habitar cualquier espacio, no necesita precisamente de masa.
La calle es el escenario de ávidas miradas, así hemos quitado todo tipo de negatividad a la mirada, todo tipo de negatividad al cuerpo del transeúnte que cree caminar libremente. Caminar deja de ser un acto erótico para el cuerpo pues la morfología de la calle se lo arrebata. El erotismo al caminar queda ante la expectativa de la mirada del transeúnte haciendo del cuerpo una masa lisa, homogénea. Caminar es un acto político, evidencia la desconexión entre la interacción del espacio con los sentidos.
Toda pérdida de negatividad de la mirada es perjudicial, el transeúnte es adicto de sí mismo, “nos entregamos al culto del yo, a la misa del yo, en la que todo el mundo es sacerdote de sí mismo” (Han, 2023, p. 96). Tras toda pérdida de negatividad no queda más que virtualizar cada paso. Se habita el espacio desde un escenario digital. La mirada se torna bidireccional, análoga y digital. Ante el ataque de ambos flancos el ojo se torna narciso, violenta el cuerpo propio y al ajeno. En la mirada reposa algo de morbo.
Una mirada carente de negatividad crea cuerpos optimizados, auto-expuestos al caminar. Una mirada negativizada permite llegar al clímax de caminar, la deriva. La deriva da nitidez a la mirada y permite transmutarse a través del espacio, hace de la calle un escenario habitable. El afán por estetizar la deriva produce hiper-nitidez, quita todo eros a lo observable. La hiper-nitidez crea miradas voyeristas (Santaella, 2012, p. 220), una realidad con una extraña belleza melancólica que agoniza en la virtualización de cada instante.
Nos aterra no ser vistos por lo que dejemos una pequeña transparencia en el cuerpo. Al fin de cuentas la calle es una extensión del cuerpo. Todos quienes la habitan deslumbran un pequeño destello de transparencia. Quien logra detenerse vislumbra bullicio y espectáculo. Al detenerse por un instante durante la deriva se logra percibir la mirada que vuela de cuerpo en cuerpo y va zumbando, recargándose sobre la carne, violentando. La deriva ha dejado en cuestión la soberanía del cuerpo, la histeria del transeúnte y el alma resquebrajada.
El cuerpo es material. Es aparte. Distinto de los otros cuerpos. Un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo. Incluso el vacío es una especie muy sutil de cuerpo. (Nancy, 2007, p. 13).
A todo aquel que ve con nitidez, que erotiza lo cotidiano llámese flâneur. Así, paso a paso hace del bullicio y el espectáculo su destino, lo recorre, lo habita, pasa desapercibido, se camufla. Las luces hipnóticas de los panópticos modernos intentan atraparlo, pero el flâneur resiste. Seducido por la idea que la calle es su hogar vislumbra el panal zumbante de miradas. El eros del flâneur vive en la negatividad de su mirada y el perfume de la calle.
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