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        <journal-title>Entretextos. Revista de Estudios Interculturales desde Latinoamérica y el Caribe</journal-title>
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        <publisher-name>Universidad de La Guajira</publisher-name>
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          <country>Colombia </country>
          <email>entretextos@uniguajira.edu.co</email>
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          <subject>Pinceladas
Regionales/Regional Touches/ Ashajalaammapa’ajat</subject>
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        <article-title>Historia de una curandera</article-title>
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          <trans-title>The story of a curandera</trans-title>
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          <trans-title>Achikiee tü Outshikat</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-8043-4287</contrib-id>
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            <surname>Araújo-Zúñiga</surname>
            <given-names>Heygui Tifany</given-names>
          </name>
          <degrees>Magíster</degrees>
          <bio>
            <p>Magíster en promoción y protección de derechos
humanos, Universidad del Magdalena Colombia. Especialista en derechos humanos y
derecho internacional humanitario. 
Psicóloga, Integrante del grupo de investigación Cognición y Educación,
Universidad del Magdalena, docente catedrática del Centro para la Regionalización de la Educación y lasOportunidades (CREO). Autora de publicaciones sobre el conflicto armado y la salud mental. Escritora
aficionada y por accidente.</p>
          </bio>
          <email>haraujo@unimagdalena.edu.co</email>
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          <label>1</label>
          <institution content-type="orgname">Universidad
del Magdalena</institution>
          <institution content-type="original">Universidad
del Magdalena</institution>
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            <city>Santa Marta</city>
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          <country country="CO">Colombia</country>
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      <author-notes>
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          <label>Correspondencia</label>
          Heygui Tifany Araújo-Zúñiga <email>haraujo@unimagdalena.edu.co</email>
        </corresp>
        <fn fn-type="coi-statement">
          <label>Conflictos de interés</label>
          <p>No existe conflicto de interés entre los/as autores/as del artículo.</p>
        </fn>
      </author-notes>
      <pub-date publication-format="electronic" date-type="pub">
        <day>01</day>
        <month>09</month>
        <year>2026</year>
      </pub-date>
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        <season>Sep-Dec</season>
        <year>2026</year>
      </pub-date>
      <volume>20</volume>
      <issue>41</issue>
      <fpage>324</fpage>
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          <month>05</month>
          <year>2026</year>
        </date>
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          <month>05</month>
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 <copyright-statement>Copyright © 2026, la revista</copyright-statement>
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    <title><bold>Pinceladas Regionales/Regional Touches/ Ashajalaammapa'ajat</bold></title>
      <p>Nos poníamos en
primera fila cuando llegaba un herido o una persona que iba a sesiones para
recuperarse de una lesión. En lo posible, sólo éramos espectadores, pero a
veces debíamos colaborar llevando implementos para la labor. Ella tenía una
vieja cómoda de madera color negro, donde estaban sus guardados.</p>
      <p>No es casualidad
que una de las nietas haya estudiado Medicina ni que cuatro sean cuidadoras, e
incluso que los hombres hayan elegido ser jefes de enfermería. Sin duda, una
familia de curanderas y curanderos.</p>
      <p>Supongo que, muy en
el fondo, en la mente, se asimilaron los saberes de la abuela, conservando los
recuerdos de que las plantas tienen el poder de aliviar males físicos y que los
sobos componen y alivian una extremidad chueca o adolorida, aunque ahora la
medicina tradicional no sea la protagonista.</p>
      <p>En mi experiencia,
puedo decir que las sesiones de extracción del veneno de culebra eran las más
fascinantes. Casi siempre, la persona estaba muy atemorizada y Amaíta —como la llamábamos
de cariño— comenzaba recubriendo su boca de un líquido especial. Luego procedía a
colocar sus labios sobre la herida, como vampiro que bebe sangre de su víctima,
pero ella no tomaba esa sangre, sino que succionaba el veneno, expulsando como
extintor lo que conseguía extraer. De esta forma, repetía el procedimiento
hasta considerar que todo el veneno había salido. Terminaba la labor con rezos
y vertía la sustancia del jarro de los alacranes, junto a otros brebajes, en la
zona de la picadura.</p>
      <p>Por algún lado se
manifiesta la herencia familiar. ¿De dónde provenía su saber?, ¿cómo es que
algo así se hereda, consciente o inconscientemente?</p>
      <p>Era conocido en la
familia que Amaíta provenía de un pueblito de La Guajira. Nunca reveló las
razones que la llevaron a exiliarse voluntariamente al otro lado de la Sierra
Nevada de Santa Marta, a la orilla de un río frío del cual se abastecen las
familias que habitaban ese pueblo polvoriento de calles angostas. Lo más
cercano a su pasado era su padre, al cual llamábamos 'Apalito'. De él había
obtenido sus saberes. Era un señor delgado de alta estatura y carácter
apacible, conocía múltiples rezos para cada mal y se desempeñaba como
cuidandero de fincas en el monte. </p>
      <p>Pese a que Apalito
prefería vivir en la soledad y el silencio de amplias tierras de cultivo, su
hija se juntó con uno de los habitantes del pueblo, asentándose en Río Frío al
lado de él y una manada de hijos e hijas. Rápidamente, se dio a conocer tanto
en el lugar como en corregimientos cercanos por sus dones de curandera,
sobadera y hacedora de los mejores pasteles de res, cerdo y pollo. Su sabor era
demandado en el pueblo, puesto que se distinguía del de las lugareñas.</p>
      <p>La familia, al
igual que la fama de Amaíta, creció exponencialmente. En las tardes, después
del tercer golpe –tercera comida del día–, los nietos y bisnietos nos
juntábamos en el patio de la casa, alrededor de ella. Algunas veces sólo la
escuchábamos contar historias y dar palabras, en otras ocasiones observábamos
los procedimientos de sobo o extracción de veneno de culebra.</p>
      <p>Una parte poco
explorada por la familia era la mente; sólo una nieta se dedicó a ser curandera del alma. Ella no utilizaba plantas,
rezos ni sobos, pero escuchaba a las personas para aliviar sus penas y recurría
constantemente a los astros en busca de consuelo y guía. Su mayor talento era
percibir la conexión entre los sueños y la realidad, aunque no distinguía entre
estos dos estados, muchas veces no despertaba y vivía lo onírico con
sentimientos profundos que la confundían al volver a la conciencia. Esto no le
impedía vivir en el presente; sin embargo, el sueño lo era todo: disfrutaba,
dormida, de los amaneceres y atardeceres, las caminatas nocturnas, los viajes y
el sexo. </p>
      <p>Desde hace meses la
inquietaba un sueño en el que se mostraba cómo había vivido cuatro vidas antes
de esta y en todas era perseguida por un hombre que creía ser su dueño. Este
hombre, mediante atardeceres, ataba su sexo a él y la desproveía de sus saberes
como curandera, alejándola de su conocimiento. Ella se preguntaba por qué esta
escena aparecía 21 veces registrada en su diario de sueños.</p>
      <p>Intrigada, buscó
entre las pertenencias de su abuela. En la cómoda vieja encontró amuletos,
remedios caseros, rones compuestos, vendas, aceites esenciales, libros de
plantas y
otros utensilios, pero nada relacionado con los sueños. Cuando estaba a punto de
rendirse, vio un libro color azul marino con ojos en la portada. Ansiosa por
leerlo, encontró en su interior una foto familiar donde, junto al abuelo,
estaba el hombre de sus sueños. También halló un árbol genealógico y una
historia que, poco a poco, evidenciaba cómo se curaba su linaje, rindiendo
tributo a los saberes recibidos y al legado del cuidado.</p>
      <p>Apenas ahora
entendía las palabras de la abuela cuando pedía tributo al linaje. De esta
forma, corrió a unir el retrato familiar y encendió una vela como símbolo de
reconciliación con su pasado.</p>
      <p></p>
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      <title>Declaración de disponibilidad de datos</title>
      <p>No aplica.</p>
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