Historia de una curandera
Pinceladas Regionales/Regional Touches/ Ashajalaammapa'ajat
Nos poníamos en primera fila cuando llegaba un herido o una persona que iba a sesiones para recuperarse de una lesión. En lo posible, sólo éramos espectadores, pero a veces debíamos colaborar llevando implementos para la labor. Ella tenía una vieja cómoda de madera color negro, donde estaban sus guardados.
No es casualidad que una de las nietas haya estudiado Medicina ni que cuatro sean cuidadoras, e incluso que los hombres hayan elegido ser jefes de enfermería. Sin duda, una familia de curanderas y curanderos.
Supongo que, muy en el fondo, en la mente, se asimilaron los saberes de la abuela, conservando los recuerdos de que las plantas tienen el poder de aliviar males físicos y que los sobos componen y alivian una extremidad chueca o adolorida, aunque ahora la medicina tradicional no sea la protagonista.
En mi experiencia, puedo decir que las sesiones de extracción del veneno de culebra eran las más fascinantes. Casi siempre, la persona estaba muy atemorizada y Amaíta —como la llamábamos de cariño— comenzaba recubriendo su boca de un líquido especial. Luego procedía a colocar sus labios sobre la herida, como vampiro que bebe sangre de su víctima, pero ella no tomaba esa sangre, sino que succionaba el veneno, expulsando como extintor lo que conseguía extraer. De esta forma, repetía el procedimiento hasta considerar que todo el veneno había salido. Terminaba la labor con rezos y vertía la sustancia del jarro de los alacranes, junto a otros brebajes, en la zona de la picadura.
Por algún lado se manifiesta la herencia familiar. ¿De dónde provenía su saber?, ¿cómo es que algo así se hereda, consciente o inconscientemente?
Era conocido en la familia que Amaíta provenía de un pueblito de La Guajira. Nunca reveló las razones que la llevaron a exiliarse voluntariamente al otro lado de la Sierra Nevada de Santa Marta, a la orilla de un río frío del cual se abastecen las familias que habitaban ese pueblo polvoriento de calles angostas. Lo más cercano a su pasado era su padre, al cual llamábamos 'Apalito'. De él había obtenido sus saberes. Era un señor delgado de alta estatura y carácter apacible, conocía múltiples rezos para cada mal y se desempeñaba como cuidandero de fincas en el monte.
Pese a que Apalito prefería vivir en la soledad y el silencio de amplias tierras de cultivo, su hija se juntó con uno de los habitantes del pueblo, asentándose en Río Frío al lado de él y una manada de hijos e hijas. Rápidamente, se dio a conocer tanto en el lugar como en corregimientos cercanos por sus dones de curandera, sobadera y hacedora de los mejores pasteles de res, cerdo y pollo. Su sabor era demandado en el pueblo, puesto que se distinguía del de las lugareñas.
La familia, al igual que la fama de Amaíta, creció exponencialmente. En las tardes, después del tercer golpe –tercera comida del día–, los nietos y bisnietos nos juntábamos en el patio de la casa, alrededor de ella. Algunas veces sólo la escuchábamos contar historias y dar palabras, en otras ocasiones observábamos los procedimientos de sobo o extracción de veneno de culebra.
Una parte poco explorada por la familia era la mente; sólo una nieta se dedicó a ser curandera del alma. Ella no utilizaba plantas, rezos ni sobos, pero escuchaba a las personas para aliviar sus penas y recurría constantemente a los astros en busca de consuelo y guía. Su mayor talento era percibir la conexión entre los sueños y la realidad, aunque no distinguía entre estos dos estados, muchas veces no despertaba y vivía lo onírico con sentimientos profundos que la confundían al volver a la conciencia. Esto no le impedía vivir en el presente; sin embargo, el sueño lo era todo: disfrutaba, dormida, de los amaneceres y atardeceres, las caminatas nocturnas, los viajes y el sexo.
Desde hace meses la inquietaba un sueño en el que se mostraba cómo había vivido cuatro vidas antes de esta y en todas era perseguida por un hombre que creía ser su dueño. Este hombre, mediante atardeceres, ataba su sexo a él y la desproveía de sus saberes como curandera, alejándola de su conocimiento. Ella se preguntaba por qué esta escena aparecía 21 veces registrada en su diario de sueños.
Intrigada, buscó entre las pertenencias de su abuela. En la cómoda vieja encontró amuletos, remedios caseros, rones compuestos, vendas, aceites esenciales, libros de plantas y otros utensilios, pero nada relacionado con los sueños. Cuando estaba a punto de rendirse, vio un libro color azul marino con ojos en la portada. Ansiosa por leerlo, encontró en su interior una foto familiar donde, junto al abuelo, estaba el hombre de sus sueños. También halló un árbol genealógico y una historia que, poco a poco, evidenciaba cómo se curaba su linaje, rindiendo tributo a los saberes recibidos y al legado del cuidado.
Apenas ahora entendía las palabras de la abuela cuando pedía tributo al linaje. De esta forma, corrió a unir el retrato familiar y encendió una vela como símbolo de reconciliación con su pasado.
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Biodata
Magíster en promoción y protección de derechos humanos, Universidad del Magdalena Colombia. Especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario. Psicóloga, Integrante del grupo de investigación Cognición y Educación, Universidad del Magdalena, docente catedrática del Centro para la Regionalización de la Educación y lasOportunidades (CREO). Autora de publicaciones sobre el conflicto armado y la salud mental. Escritora aficionada y por accidente.