El trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas: un análisis desde la imbricación de opresiones
Resumen
Este artículo problematiza las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas, con el objetivo de comprender las estructuras sociales, económicas y políticas que sostienen las desigualdades en el ámbito científico y académico. La investigación se desarrolló desde una metodología feminista, mediante revisión histórico-bibliográfica, entrevistas en profundidad a investigadoras de Uruguay y Argentina y el método de la genealogía feminista. El análisis se apoyó en las nociones de interseccionalidad e imbricación de opresiones para examinar la articulación entre capitalismo, patriarcado y colonialidad. Entre los principales hallazgos, se propone la existencia de un triple solapamiento entre el efecto Mateo, el efecto Matilda y la violencia epistémica, cuyos mecanismos contribuyen a la reproducción de desigualdades, silenciamientos e invisibilizaciones en el trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas.
Abstract
This article examines the historical conditions shaping the work of knowledge production by Latin American women, with the aim of understanding the social, economic, and political structures that sustain inequalities in scientific and academic settings. The study employed a feminist methodology, combining historical and bibliographical review, in-depth interviews with women researchers from Uruguay and Argentina, and the method of feminist genealogy. The analysis drew on the concepts of intersectionality and interlocking oppressions to examine the articulation of capitalism, patriarchy, and coloniality. Among the study's main findings is the proposal of a triple overlap involving the Matthew effect, the Matilda effect, and epistemic violence, whose interrelated mechanisms contribute to the reproduction of inequalities, silencing, and invisibilization in the work of knowledge production by Latin American women.
Jüküjia palitpütchiru’u
Ashajalaakat tüü, asakire’etsü jünain jukua’ipa jüchikua naku’yamala nekiiru’ujeejatü jieyuu latinoamerikaje’ewolii, jüpüla jütüjaanüinjatüin nakua’ipamaajatü wayuuirua, aletseemaajatü jee laülawaapia eeka jajapulu’u alü’üjüwala’ataa julu’upüna natüjüinpala atüjashii jee karaloutamaajana. A’yatawaakat aku’yamajuushi julu’ujee ju’najiria na’yataayapala jieyuu, jünainjee achejawaa jüchikua jünüliama’a karalouta, asakiijakuu maa waneepia jümüin jieyuu achejaalii kasa mochoojusalü cheje’ewolii Uruwai jee Arjentiina jee jukua’ipama’a neiisema’a jieyuu. Jüküjala asanawaakat alainraasü jünain jünüikimaajatü antanaje’eriapalaa jee jaashieinma’a korolonainjee jüpüla e’rajawaa jütaülüülejiraa aletseepia mulosükat, toorolu’ujee jee kashunaaralüin. Ja’akanainjee oustalaakat, achuntaanüsü eein wanee apünüinpütsü onjuliapala achikii kanüliasü nuchuntaale Mateo, juchuntaale Matilda jee müsia kasachiki juku’yamala pütchi anaru’ulu jee jawatüin aikale’eria, kounajiaka jüpülamüin juku’yamajaaya alü’üjüwala’ataa, amomolojoo jee machikua julu’u jü’yataala juku’yamajia natüjala jieyuu latinoameerikaje’ewolii.
Introducción
Los espacios de producción de conocimiento en Latinoamérica continúan atravesados por desigualdades que afectan de manera diferencial las trayectorias laborales y académicas de las mujeres. Si bien, durante las últimas décadas estas problemáticas han adquirido creciente visibilidad a partir de los aportes de los estudios feministas sobre ciencia y tecnología, persisten interrogantes acerca de las condiciones históricas que sostienen dichas desigualdades y de los mecanismos mediante los cuales se reproducen en el trabajo científico y académico. En este marco, el presente artículo tiene como objetivo analizar las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas desde una perspectiva que articula la teoría crítica latinoamericana, las teorías feministas y la noción de imbricación de opresiones. En particular, propone comprender cómo la articulación entre el denominado "efecto Mateo", el "efecto Matilda" y la violencia epistémica permite profundizar el análisis de los mecanismos de invisibilización, jerarquización y silenciamiento que atraviesan la producción de conocimiento.
Este artículo recupera y profundiza una de las líneas de análisis desarrolladas en la tesis doctoral “Trazos feministas sobre las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas: capitalismo, patriarcado y colonialidad” (Correa, 2021). Mientras la investigación doctoral abordó un conjunto más amplio de dimensiones relativas a las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento, el presente texto concentra el análisis en las desigualdades que atraviesan el trabajo científico y académico, así como, en la propuesta conceptual del triple solapamiento entre el efecto Mateo, el efecto Matilda y la violencia epistémica como herramienta analítica para comprender dichas desigualdades.
La investigación se desarrolló desde una metodología cualitativa, utilizando el método de la genealogía feminista y combinando entrevistas en profundidad, observación participante y análisis documental. Las entrevistas fueron realizadas entre 2017 y 2018 a dos perfiles de investigadoras de Uruguay y Argentina: por un lado, investigadoras con amplia trayectoria en los estudios sobre ciencia, tecnología y género; por otro, investigadoras que ocupaban cargos estratégicos vinculados con la investigación y la producción de conocimiento. Si bien el trabajo de campo se concentró principalmente en estos dos países, el análisis dialoga con una amplia producción teórica feminista latinoamericana y con procesos históricos compartidos en la región. En ese sentido, el interés del artículo no consiste en realizar una generalización empírica para el conjunto de América Latina, sino en aportar una interpretación teórico-conceptual sobre los mecanismos de desigualdad que configuran las condiciones históricas del trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas desde una perspectiva situada.
El posicionamiento metodológico adoptado posibilita examinar las condiciones de vida y las prácticas sociales con el propósito de comprender los modos en que las y los sujetos se constituyen en el entramado de relaciones de poder y estructuras sociales. Desde esta perspectiva, no se procura reconstruir una secuencia lineal de acontecimientos, sino identificar, en las discontinuidades, singularidades y multiplicidades, las tensiones entre ideas y prácticas que producen, resquebrajan o reproducen determinadas configuraciones sociales en contextos históricos específicos (Restrepo, 2016). En coherencia con este enfoque, el análisis articuló los testimonios de las entrevistadas con la revisión documental y el marco teórico para identificar las condiciones históricas y las relaciones de poder que configuran las desigualdades en el trabajo de producción de conocimiento.
A partir de este enfoque, el análisis se orienta a comprender cómo las condiciones históricas del trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas se configuran en la articulación entre capitalismo, patriarcado y colonialidad. Se sostiene que el análisis conjunto del efecto Mateo, el efecto Matilda y la violencia epistémica constituye una herramienta conceptual que permite comprender mecanismos específicos de invisibilización, jerarquización y silenciamiento en los espacios científicos y académicos.
Los ámbitos de producción de conocimiento —entre ellos, las universidades— se encuentran atravesados por múltiples desigualdades ancladas en estructuras patriarcales, capitalistas y coloniales. Desde una perspectiva interseccional (Crenshaw, 1989, 1991), estas relaciones de poder no operan de manera aislada ni aditiva, sino que se constituyen mutuamente en contextos históricos específicos. En este sentido, Mara Viveros Vigoya (2016, 2017) propone comprender la interseccionalidad como una aproximación situada a las formas de dominación, atendiendo a la manera en que género, racialidad, clase y colonialidad se articulan en la configuración de las desigualdades. En diálogo con estos aportes, la noción de imbricación de opresiones (Barroso y Curiel, 2017; Falquet, 2022; Correa, 2023) permite profundizar el análisis de la articulación entre las estructuras patriarcales, capitalistas y coloniales en la configuración de desigualdades vinculadas a procesos de racialización, relaciones sexo-genéricas, orientación sexual e identidades de género. A su vez, María Lugones (2008), retomando y dialogando con diversos planteos desarrollados por Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí (2017), desarrolla la propuesta del sistema moderno-colonial de género, articulando las nociones de interseccionalidad y colonialidad del poder para profundizar el análisis de las formas específicas de dominación producidas en el marco de la modernidad colonial.
El artículo se organiza en cuatro apartados. En primer lugar, se analizan las condiciones de trabajo en los espacios de producción de conocimiento. En segundo lugar, se examinan el androcentrismo, el sexismo y el denominado efecto tijera, atendiendo a los factores que intervienen en su configuración. Posteriormente, se abordan los estereotipos de género y su incidencia en las trayectorias académicas. Finalmente, se desarrolla la propuesta del triple solapamiento entre el efecto Mateo, el efecto Matilda y la violencia epistémica como herramienta conceptual para comprender las desigualdades que atraviesan el trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas, para concluir con una reflexión sobre sus implicaciones para el análisis de dichas desigualdades.
Condiciones de trabajo en espacios de producción de conocimiento
Puede afirmarse que, desde las últimas décadas del siglo XX, las investigaciones orientadas al estudio de las desigualdades en los espacios de producción de conocimiento se han desarrollado de manera sostenida. Sin embargo, este proceso adquiere una temporalidad más restringida en el contexto latinoamericano y resulta aún más reciente cuando el foco se sitúa en las condiciones históricas que sostienen las desigualdades contemporáneas. En este marco, a partir de la década de 1960 comenzaron a consolidarse los estudios sobre ciencia, tecnología y género, producto del diálogo entre los feminismos y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (Pérez Sedeño, 2016). Desde entonces, se impulsó un trabajo sistemático de recuperación de las trayectorias de mujeres vinculadas al ámbito científico y tecnológico, al tiempo que se visibilizaron dimensiones de la historia de la ciencia que habían permanecido invisibilizadas. Tal como señala Pérez Sedeño (2016), la constitución de la historia de la ciencia como disciplina académica no había implicado modificaciones sustanciales en la mirada sobre las problemáticas relacionadas con las mujeres. Las investigaciones desarrolladas desde perspectivas feministas permitieron evidenciar que, pese a los obstáculos y limitaciones históricas, la participación de las mujeres en la ciencia ha sido significativamente mayor de lo que tradicionalmente ha reconocido la historiografía científica. Más recientemente, estudios realizados en distintos países de América Latina muestran que estas desigualdades persisten en las trayectorias académicas, el acceso a posiciones jerárquicas y las condiciones de trabajo de las mujeres en las universidades y los sistemas científicos de la región (Guizardi et al., 2024).
En América Latina, los estudios sobre género, ciencia y tecnología comenzaron a adquirir mayor relevancia hacia mediados de la década de 1990 y experimentaron una importante expansión a partir de los años 2000 (Bonder, 2004; Bielli, 2016). Este desarrollo fue resultado tanto de los esfuerzos de investigadoras y académicas feministas por legitimar el tema dentro del campo científico, como del progresivo involucramiento de instituciones de ciencia y tecnología de distintos países de la región.
1. Androcentrismo y sexismo en la ciencia
Las desigualdades y obstáculos que atraviesan el trabajo de producción de conocimiento se inscriben en una organización social históricamente configurada desde parámetros androcéntricos y patriarcales, donde lo masculino se ha constituido históricamente como modelo hegemónico (Harding, 1996). En este marco, las epistemologías feministas desarrolladas por Sandra Harding (1996) y Donna Haraway (1995) problematizan la idea de una ciencia universal y neutral, proponiendo reconocer el carácter situado de toda producción de conocimiento.
El sexismo remite a prácticas, representaciones y dinámicas sociales que sostienen la dominación masculina y la subordinación de las mujeres. En este sentido, Diana Maffía (2007) sostiene que la ciencia presenta un carácter sexista en una doble dimensión: por un lado, en relación con sus productos —las teorías científicas— y, por otro, en los procesos de formación y organización de las comunidades científicas, donde persisten desigualdades vinculadas tanto a la composición de sus integrantes como a las exigencias impuestas.
En relación con el sexismo institucional, Eulalia Pérez Sedeño (2016) señala que este se manifiesta en las formas —muchas veces invisibilizadas— mediante las cuales el sexismo se incorpora en las instituciones sociales, operando de manera explícita o implícita en detrimento de las mujeres. La autora distingue entre discriminación directa e indirecta: mientras la primera busca producir consecuencias negativas de manera manifiesta sobre determinados grupos, la segunda resulta más difícil de identificar y erradicar, ya que se expresa a través de patrones de conducta, políticas y prácticas consideradas neutrales, pero que generan efectos desiguales. Con frecuencia, estas formas indirectas de discriminación se sostienen en desigualdades históricamente naturalizadas que pasan a formar parte de las dinámicas organizacionales, de las políticas institucionales y de la composición de las comunidades científicas.
El ingreso de las mujeres a los espacios de producción de conocimiento se ha producido bajo reglas y parámetros históricamente definidos desde matrices androcéntricas y eurocéntricas. Sin embargo, muchas investigadoras cuestionan y tensionan esas formas establecidas, promoviendo otras modalidades de producción científica y de organización del trabajo académico. En esta línea, Andrea Gamarnik1 plantea:
Entonces, el modelo de cómo hacemos ciencia en general en el mundo es pensado por hombres y con unas formas; las mujeres que hacemos ciencia tratamos de adaptarnos a ese modelo, porque es lo que hay, o no, no nos adaptamos y tratamos de romperlo y reconstruir una forma de trabajar diferente. A mí esto me causa tanta satisfacción como la ciencia en sí. Es todo un proceso. (Gamarnik, entrevista personal, 2018).
Las desigualdades presentes en el mundo laboral también atraviesan los espacios de producción de conocimiento, los cuales no se encuentran escindidos de las lógicas sociales generales. Algunas de estas desigualdades adquieren formas visibles y explícitas, mientras que otras operan de manera más sutil; sin embargo, todas forman parte de entramados patriarcales que estructuran las relaciones cotidianas en dichos ámbitos.
Patricia Gómez (2016), distingue desigualdades internas y externas al sistema científico-tecnológico. Entre las primeras identifica, por un lado, la desigualdad horizontal, expresada en la segregación disciplinar y en la menor presencia de mujeres en determinadas áreas científicas y tecnológicas; y, por otro, la desigualdad vertical, vinculada a las dificultades que enfrentan las mujeres para acceder a cargos jerárquicos y espacios de toma de decisiones dentro de los sistemas científicos. Respecto de las desigualdades externas, la autora señala la existencia de una segregación temporal asociada a la distribución desigual del tiempo destinado al trabajo reproductivo y de cuidados, situación que limita las posibilidades de dedicación académica de las mujeres.
En consonancia con ello, Judith Sutz2 advierte sobre el endurecimiento progresivo de las exigencias académicas y sus efectos expulsivos:
(…) hay un techo de cristal que se está poniendo cada vez peor, porque antes vos podías tener el grado, podías tener maestría, ahora te exigen el doctorado pero además ahora te exigen el postdoctorado. Entonces, si vas corriendo las exigencias, que si no las tenés el otro te gana el cargo, entonces estás expulsando a las mujeres del mundo académico. (Sutz, entrevista personal, 2017).
Muchos espacios laborales contemporáneos se caracterizan por altos niveles de competitividad asociados a las lógicas del mercado capitalista. Los ámbitos de producción de conocimiento no constituyen una excepción: las modalidades de evaluación y las crecientes exigencias vinculadas al rendimiento académico configuran, en numerosos casos, entornos fuertemente competitivos, jerárquicos y atravesados por relaciones patriarcales. Estas dinámicas se inscriben en las transformaciones asociadas al capitalismo académico que, en las últimas décadas, han reconfigurado las formas de organización, evaluación y producción del trabajo universitario en América Latina (Manky y López, 2025). Esto no implica desconocer la existencia de experiencias que disputan esas dinámicas hegemónicas y promueven formas colectivas y alternativas de producir conocimiento; sin embargo, el modelo dominante continúa respondiendo a esas lógicas. En este contexto, diversas investigaciones muestran que las exigencias de productividad, evaluación permanente y competencia propias del capitalismo académico profundizan desigualdades de género preexistentes y afectan de manera diferencial las trayectorias académicas de las mujeres (Gutiérrez Aceves y Echeverría Echeverría, 2022). En esta línea, Judith Sutz (2017) subraya la necesidad de revisar críticamente los mecanismos de evaluación académica, especialmente considerando que el incremento constante de las exigencias impacta de manera particularmente intensa sobre las trayectorias de las mujeres.
2. El “efecto tijera” y las desigualdades de género
El denominado “efecto tijera” refiere a la disminución sostenida de la participación de las mujeres a medida que avanzan las trayectorias académicas y profesionales, particularmente en áreas científicas y tecnológicas. Este fenómeno suele representarse mediante gráficos en los que las líneas correspondientes a mujeres y varones se separan progresivamente, configurando visualmente una “tijera” (Maffía, 2008; García Dauder y Pérez Sedeño, 2017; Correa, 2021). Tanto en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)3 en Argentina como en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI)4 en Uruguay, el análisis de la composición de sus integrantes desde una perspectiva de género evidencia este fenómeno: mientras en los niveles iniciales las mujeres alcanzan una presencia similar o incluso superior a la de los varones, en los escalafones jerárquicos más altos esa tendencia se invierte significativamente. Esta situación da cuenta de una marcada segregación vertical, ya que la participación femenina disminuye considerablemente en los espacios de mayor reconocimiento, poder y toma de decisiones.
Una de las hipótesis desarrolladas para explicar el “efecto tijera” se vincula con las relaciones de poder que estructuran las comunidades científicas. Desde esta perspectiva, las mujeres suelen ser aceptadas e incluso valoradas mientras ocupan roles subordinados o de apoyo en investigaciones dirigidas por varones. Sin embargo, las dificultades se profundizan cuando intentan consolidar líneas propias de investigación, acceder a financiamiento o dirigir equipos de trabajo. A ello se suma la exigencia permanente de demostrar méritos excepcionales para alcanzar niveles de reconocimiento similares a los de sus pares varones, lo que implica estándares de validación más elevados para las mujeres.
Otra hipótesis ampliamente desarrollada sitúa el foco en la maternidad y en la coincidencia entre los años de mayor productividad académica y la etapa reproductiva. No obstante, el problema no radica en la maternidad en sí misma, sino en la insuficiencia de políticas institucionales capaces de acompañar y sostener de manera efectiva la articulación entre trabajo académico y reproducción de la vida, más allá de algunas medidas implementadas en los últimos años. Este aspecto se vincula, además, con otros factores que intervienen en la producción del “efecto tijera”.
La maternidad ha sido objeto de numerosos estudios que analizan su impacto sobre las trayectorias laborales y académicas de las mujeres. En muchos casos, las interrupciones o abandonos de carrera no responden a limitaciones vinculadas a desarrollos profesionales, sino a las dificultades para compatibilizar el trabajo académico con las responsabilidades familiares, en un contexto atravesado por la persistencia de roles de género tradicionales. En este sentido, diversos estudios han señalado que las exigencias asociadas al capitalismo académico afectan de manera diferencial las trayectorias de las académicas, particularmente en la articulación entre productividad científica, cuidados y desarrollo profesional (Araneda-Guirriman y Sepúlveda-Páez, 2021).
Las investigaciones desarrolladas por la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología (RAGCyT) muestran cómo las mujeres afrontan la superposición entre el período de consolidación profesional y el reproductivo. Los testimonios recogidos evidencian que gran parte de las investigadoras deben sostener simultáneamente el trabajo productivo y el reproductivo (Maffía, 2008). Esto supone compatibilizar el empleo y la formación académica con las tareas domésticas y de cuidado, mientras que los varones continúan siendo socialmente asociados, en mayor medida, al trabajo remunerado fuera del hogar y a una participación secundaria o “colaborativa” en las tareas de reproducción de la vida, pese a que estas constituyen una responsabilidad compartida. En relación con ello, Diana Maffía5 señala:
Cuando haces un estudio cualitativo te encontrás con el relato de las mujeres, y el relato de las mujeres siempre es un relato de conflicto en el momento de la maternidad (…) Tu ideal de profesión es el de un varón que tiene una mujer que cuida hijos y se ocupa de eso, entonces tu ideal de profesión no incluye el cuidado y tu ideal de maternidad no incluye trabajo remunerado fuera de tu casa. Y esa incompatibilidad en algún momento se hace invivible. (Maffía, entrevista personal, 2018).
Asimismo, las exigencias temporales de las carreras académicas producen, en numerosos casos, efectos de postergación de la maternidad, dado que muchas mujeres priorizan la consolidación profesional ante la percepción de incompatibilidad entre ambos proyectos. Esta situación también se relaciona con la precarización del trabajo académico y con la incertidumbre económica que atraviesa buena parte de las trayectorias científicas contemporáneas.
Tal como se ha señalado, el problema no reside en la maternidad sino en la ausencia de políticas institucionales y transformaciones culturales capaces de reconocer y sostener socialmente las tareas vinculadas a la reproducción de la vida. A ello se suma el peso de las construcciones tradicionales de masculinidad, que continúan asociando a los varones con el rol de proveedor y con la centralidad en el espacio público y productivo, relegando las tareas de cuidado. En este sentido, avanzar hacia relaciones más corresponsables implica también cuestionar y transformar los mandatos patriarcales que organizan la división sexual del trabajo. Otro de los factores que puede contribuir tanto al “efecto tijera” como al abandono temprano de trayectorias académicas es el acoso. En el marco de la campaña #MeToo, las investigadoras Robin Bell y Lora Koenig publicaron en 2017 una editorial en la revista Science en la que denunciaban el acoso sexual en la academia y reclamaban una transformación profunda de la cultura ética en la ciencia.
En la misma línea, Ana Franchi6 relató una intervención realizada durante el 8 de marzo de 2018 en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT), donde investigadoras recopilaron frases sexistas y violentas pronunciadas en ámbitos laborales académicos. Según Franchi, muchas de esas expresiones eran dirigidas a becarias e investigadoras jóvenes y seguían formando parte de la cotidianeidad institucional (Franchi, entrevista personal, 2018).
En Universidad de la República (Udelar), durante 2019 y 2020 se hicieron públicas diversas denuncias de abuso de poder y acoso sexual en distintas facultades, impulsadas por estudiantes, egresadas y docentes. Como respuesta a este contexto, en diciembre de 2020 la universidad aprobó una ordenanza destinada a abordar situaciones de violencia, acoso y discriminación dentro de la comunidad universitaria, vigente desde abril de 2021. La antropóloga Susana Rostagnol, integrante de la comisión encargada de elaborar la normativa, señaló que mientras el acoso laboral ya era reconocido institucionalmente, las problemáticas vinculadas al acoso sexual comenzaron a adquirir mayor visibilidad en años recientes (Demirdjian, La Diaria, 20 de enero de 2021).
Por otra parte, las lógicas patriarcales que inciden en la producción del “efecto tijera” no se limitan exclusivamente a relaciones entre varones y mujeres. Al tratarse de una estructura de dominación más amplia, dichas lógicas también pueden ser reproducidas por mujeres. Dora Barrancos7 (2018) relata, por ejemplo, situaciones de evaluación académica en las que investigadoras no contemplaban los efectos de la maternidad sobre las trayectorias de otras mujeres postulantes a promociones, “ahí hay una especie de actitud proyectiva que es: «si yo pude, por qué ella no». Hay un espectro muy paradigmático de que no se puede conceder algo, porque efectivamente deteriora el régimen de cumplimiento perfecto del papel de científicas” (Barrancos, entrevista personal, 2018). Dicha investigadora interpreta estas actitudes como formas de reproducción de modelos de exigencia y productividad construidos desde parámetros masculinos, donde la legitimidad científica parece depender del cumplimiento irrestricto de estándares de disponibilidad total.
Estas dinámicas no pueden comprenderse únicamente desde una dimensión de género, ya que también se encuentran articuladas con las lógicas competitivas propias del capitalismo contemporáneo. Tal como plantea Patricia Castañeda (2019), las relaciones patriarcales y las estructuras económico-capitalistas no operan de manera aislada, sino de forma imbricada y mutuamente constitutiva.
En este marco, la presencia de mujeres y otros sujetos históricamente subalternizados en los espacios de producción de conocimiento constituye una condición necesaria, aunque insuficiente, para transformar las desigualdades existentes. La problematización de estas dinámicas requiere revisar críticamente las prácticas, criterios y formas de organización que continúan reproduciendo lógicas patriarcales, clasistas y racistas dentro de las instituciones científicas y académicas. A la vez, resulta importante reconocer los múltiples esfuerzos colectivos orientados a cuestionar, desnaturalizar y transformar dichas estructuras.
3. Estereotipos de género y formación
En relación con las elecciones formativas y las trayectorias académicas de las mujeres, Andrea Gamarnik (2018) sostiene que las desigualdades comienzan a configurarse desde etapas tempranas mediante la incidencia de los estereotipos de género. La investigadora advierte que, aun cuando las mujeres acceden y finalizan estudios universitarios, persisten dificultades para ocupar posiciones de liderazgo en proyectos e instituciones científicas. A partir de este señalamiento pueden identificarse diversas dimensiones de análisis. Por un lado, la influencia sostenida de los estereotipos de género a lo largo de la vida, particularmente en las decisiones vinculadas con la formación disciplinar y la inserción laboral. Por otro, la coexistencia de obstáculos externos e internos. Las condiciones externas remiten a estructuras históricas de dominación propias de un orden patriarcal, racista y capitalista, mientras que las internas se vinculan con procesos de subjetivación configurados en interacción con dichas estructuras sociales. De este modo, las construcciones de género operan simultáneamente en el plano social y subjetivo, condicionando las posibilidades y elecciones formativas.
En una línea convergente, Mabel Burin (2004) aborda la problemática del “techo de cristal” desde una perspectiva psicoanalítica que contempla tanto factores estructurales como subjetivos. La autora advierte sobre el riesgo de interpretar de manera reduccionista la internalización de los mandatos culturales y propone considerar las mediaciones, resistencias y formas de articulación que las mujeres desarrollan frente a dichas estructuras. En este sentido, destaca la importancia de atender a los movimientos subjetivos y a las estrategias desplegadas por colectivos y sujetos singulares para disputar o transformar las condiciones de desigualdad.
Por su parte, Sara Rietti y Diana Maffía (2005) desarrollan una mirada crítica sobre las formas de producción científica contemporánea y sus posibles efectos en la participación de las mujeres en determinados ámbitos de generación de conocimiento. Las autoras plantean que el carácter crecientemente “industrial” de la ciencia actual fortalece dinámicas relacionales basadas en la competencia, la jerarquización y la escasa solidaridad. Desde esta perspectiva, la menor presencia de mujeres en ciertos espacios científicos podría comprenderse no solo como resultado de mecanismos de exclusión externos, sino también como una forma de resistencia frente a modelos institucionales y vinculares percibidos como incompatibles con determinadas formas identitarias o éticas.
Estas reflexiones dialogan con los planteos de Burin (2004) en torno a las respuestas subjetivas frente a las lógicas patriarcales dominantes. La decisión de no ingresar o permanecer en determinados espacios científicos puede interpretarse, en algunos casos, como una estrategia orientada a preservar modos de existencia y de producción de conocimiento que no reproduzcan dinámicas autoritarias o competitivas. En este marco, emerge también una crítica a las modalidades hegemónicas de hacer ciencia y una apuesta por formas alternativas de construcción colectiva del conocimiento, sustentadas en la cooperación, el trabajo en equipo y la horizontalidad. Diversas experiencias académicas y políticas desarrolladas desde perspectivas críticas y feministas procuran justamente cuestionar y transformar esas lógicas instituidas.
4. Imbricaciones entre “efecto Mateo”, “efecto Matilda” y violencia epistémica
La investigación realizada permite identificar determinadas características históricas que atraviesan las condiciones de trabajo de las mujeres latinoamericanas en los espacios de producción de conocimiento. Dichas condiciones se encuentran configuradas por la articulación entre capitalismo, patriarcado y colonialidad, cuya imbricación produce formas específicas de desigualdad y subordinación. En este marco, se propone pensar la existencia de un triple solapamiento entre el “efecto Mateo”, el “efecto Matilda” y la violencia epistémica.
El denominado “efecto Matilda” refiere a las formas de discriminación y borramiento histórico que han afectado a las mujeres en los ámbitos científicos y académicos, y permite visibilizar los mecanismos mediante los cuales sus aportes han sido sistemáticamente desvalorizados, omitidos o atribuidos a varones (Rossiter, 1993). La noción fue formulada en homenaje a Matilda Joslyn Gage, activista por los derechos de las mujeres, sufragista y abolicionista de la esclavitud, quien en 1870 escribió el ensayo “La mujer como inventora”, donde ya advertía sobre las formas de olvido y silenciamiento sistemático de las contribuciones de las mujeres (García Dauder y Pérez Sedeño, 2017; Correa, 2021, 2023).
Por su parte, el “efecto Mateo” describe la tendencia a concentrar el reconocimiento y el prestigio en las figuras con mayor capital simbólico o jerárquico dentro de la producción científica, relegando el aporte del resto de integrantes de los equipos de trabajo (Merton, 1968). Robert K. Merton denominó este fenómeno retomando la primera parte de la parábola de los talentos del Evangelio de Mateo: “Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mateo 25:14-30). Resulta significativo señalar que la formulación del propio “efecto Mateo” constituye, en cierta medida, un ejemplo del fenómeno que describe. Fue la socióloga estadounidense Harriet Zuckerman quien inicialmente identificó y problematizó este mecanismo mientras desarrollaba, durante la década de 1960, una investigación doctoral sobre las élites científicas y entrevistaba a científicos estadounidenses galardonados con el Premio Nobel. En ese período, Zuckerman integraba el equipo de investigación dirigido por Merton, quien posteriormente publicó el artículo “The Matthew Effect in Science”. Aunque los aportes de Zuckerman resultaron fundamentales para la conceptualización del efecto Mateo, su contribución no obtuvo un reconocimiento público equivalente por parte de Merton. En este sentido, distintos análisis han señalado que el propio Merton terminó constituyéndose en un ejemplo paradigmático de la teoría que formuló (Rossiter, 1993; Martínez, 2014; García Dauder y Pérez Sedeño, 2017; Correa, 2021, 2023).
En contextos atravesados por lógicas meritocráticas propias del capitalismo contemporáneo, esta dinámica profundiza las desigualdades existentes. Dado que los puestos de mayor jerarquía continúan siendo ocupados predominantemente por varones, mientras las mujeres se concentran con mayor frecuencia en posiciones subordinadas, las consecuencias de este mecanismo recaen de manera diferencial sobre ellas.
A ello se suma la violencia epistémica, entendida como el conjunto de mecanismos estructurales de silenciamiento, subordinación y exclusión que operan sobre determinados sujetos y saberes en la construcción de las narrativas históricas y sociales. Gayatri Chakravorty Spivak (2003) vincula esta noción con los procesos de colonialidad, señalando cómo ciertas voces son sistemáticamente anuladas o impedidas de constituirse como legítimas. La violencia epistémica no se limita al silenciamiento discursivo, sino que se expresa también en prácticas institucionales, relaciones sociales, marcos normativos y formas de organización del conocimiento.
Desde esta perspectiva, la intersección entre patriarcado, capitalismo y colonialidad genera obstáculos específicos para las mujeres latinoamericanas —así como para otras mujeres situadas en contextos marcados por la experiencia colonial— en relación con las posibilidades de reconocimiento, legitimación y enunciación. El triple solapamiento mencionado se traduce en múltiples mecanismos de invisibilización, desigualdad y exclusión que continúan estructurando las condiciones de trabajo en la producción de conocimiento. Sin embargo, estas dinámicas no han impedido la emergencia de experiencias de resistencia y transgresión que, históricamente, han cuestionado las formas hegemónicas de producir saber y han contribuido a transformar críticamente las maneras de comprender el mundo social.
Conclusiones
Las reflexiones desarrolladas a lo largo de este trabajo permiten afirmar que las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas no pueden comprenderse de manera fragmentada ni a partir de una única dimensión explicativa. Por el contrario, el análisis realizado evidencia que dichas condiciones se configuran en la articulación entre capitalismo, patriarcado y colonialidad, cuyas lógicas operan de manera imbricada en los espacios científicos y académicos, produciendo desigualdades, jerarquizaciones y mecanismos persistentes de exclusión.
Desde esta perspectiva, el análisis permitió comprender que las desigualdades presentes en el trabajo de producción de conocimiento no responden exclusivamente a relaciones de género, sino a la interacción entre múltiples relaciones de poder vinculadas con la clase, la racialización, la colonialidad y la división sexual del trabajo. En este sentido, la articulación entre la perspectiva interseccional y la noción de imbricación de opresiones resultó fundamental para analizar cómo estas desigualdades se producen y reproducen simultáneamente en planos institucionales, económicos, simbólicos y epistémicos.
El análisis realizado permitió identificar que los espacios de producción de conocimiento continúan estructurados, en gran medida, desde parámetros androcéntricos, eurocéntricos y competitivos. Las distintas dimensiones examinadas —el sexismo institucional, las desigualdades verticales y horizontales, el denominado "efecto tijera", las dificultades vinculadas a la articulación entre trabajo productivo y reproductivo, las situaciones de acoso, los estereotipos de género y las lógicas meritocráticas— muestran que las desigualdades presentes en el ámbito científico no constituyen fenómenos aislados, sino expresiones de estructuras históricas más amplias. Asimismo, el estudio evidenció cómo determinadas dinámicas contemporáneas asociadas al capitalismo académico refuerzan relaciones jerárquicas y competitivas que impactan de manera diferencial sobre las trayectorias laborales y académicas de las mujeres, particularmente en contextos donde las tareas de cuidado continúan distribuyéndose de forma desigual.
El principal aporte conceptual de este trabajo consiste en proponer el análisis articulado entre el efecto Mateo, el efecto Matilda y la violencia epistémica como una herramienta para comprender los mecanismos de invisibilización, jerarquización y silenciamiento que atraviesan el trabajo de producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas. El análisis mostró que no solo persisten desigualdades materiales y laborales, sino también formas de subordinación simbólica y epistémica que condicionan quiénes pueden producir conocimiento legítimo, desde dónde y bajo qué criterios de validación. En consonancia con estos hallazgos, investigaciones recientes muestran que las desigualdades de género también se expresan en los circuitos contemporáneos de circulación y reconocimiento del conocimiento científico en América Latina. En particular, evidencian que las mujeres alcanzan mayor participación y reconocimiento en el circuito académico regional, aunque continúan enfrentando desventajas en los circuitos globales de mayor prestigio (Pradier et al., 2025). Por su parte, la colonialidad del saber continúa produciendo jerarquías entre sujetos, territorios y formas de conocimiento, relegando experiencias y producciones situadas fuera de los centros hegemónicos.
El trabajo permitió reconocer, asimismo, que las mujeres y los colectivos feministas han desarrollado históricamente múltiples estrategias de resistencia, disputa y transformación dentro de los espacios académicos y científicos. Las críticas a las formas hegemónicas de hacer ciencia, las apuestas por modalidades colectivas y horizontales de producción de conocimiento, así como la construcción de perspectivas feministas y decoloniales, constituyen aportes fundamentales para cuestionar las estructuras existentes y ampliar las posibilidades de construir formas más democráticas, inclusivas y emancipadoras de producción científica.
En este marco, avanzar hacia transformaciones sustantivas en los espacios de producción de conocimiento implica no solo promover una mayor participación de mujeres y de otros sujetos históricamente subalternizados, sino también problematizar críticamente las lógicas institucionales, epistemológicas y políticas que sostienen las desigualdades existentes. Ello requiere disputar las condiciones materiales y simbólicas desde las cuales se produce conocimiento, así como construir prácticas académicas que reconozcan la interdependencia, la corresponsabilidad y la pluralidad de saberes y experiencias. En este sentido, los hallazgos del estudio ponen de relieve la necesidad de fortalecer políticas universitarias y científicas orientadas a revisar los criterios de evaluación académica, promover condiciones de mayor corresponsabilidad en las tareas de cuidado, prevenir las distintas formas de violencia y discriminación en los espacios científicos y reconocer las desigualdades estructurales que atraviesan las trayectorias académicas de las mujeres. Desde esta perspectiva, transformar las condiciones de producción de conocimiento supone también cuestionar críticamente las lógicas institucionales y epistemológicas que sostienen dichas desigualdades y avanzar hacia formas de producción científica más justas, plurales y socialmente comprometidas.
Implicaciones éticas
La autora declara que la investigación se desarrolló respetando los principios éticos aplicables a la investigación en ciencias sociales. Las personas participantes fueron informadas sobre los objetivos del estudio y otorgaron su consentimiento para participar, así como para la utilización de sus testimonios y de su identificación en la investigación y en las publicaciones derivadas.
Agradecimientos
A la Universidad de la República (Uruguay) y a la Universidad Nacional Autónoma de México.
Declaraciones
Financiamiento
Apoyo: Este artículo deriva de la tesis doctoral “Trazos feministas sobre las condiciones históricas del trabajo en la producción de conocimiento de mujeres latinoamericanas: capitalismo, patriarcado y colonialidad” (Correa, 2021), desarrollada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La investigación doctoral fue financiada por el entonces Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), posteriormente denominado Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (CONAHCYT), mediante una beca doctoral.
Conflictos de interés
No existe conflicto de interés entre los/as autores/as del artículo.
Declaración de disponibilidad de datos
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio fue publicado en el propio artículo.
NOTAS
Andrea Gamarnik se ha desempeñado como directora del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires (CONICET) y como jefa del Laboratorio de Virología Molecular de la Fundación Instituto Leloir. Su trayectoria de investigación se ha especializado en el estudio de los mecanismos moleculares del virus del dengue. Obtuvo el doctorado en Bioquímica en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires en 1993. Asimismo, fue incorporada como miembro de la Academia Americana de Microbiología, convirtiéndose en la primera mujer argentina en integrar dicha institución.
Judith Sutz es ingeniera electricista, magíster en Planificación del Desarrollo y doctora en Socioeconomía del Desarrollo por la Universidad de la Sorbona. Se desempeñó como profesora e investigadora de la Universidad de la República y, entre 1992 y 2021, fue coordinadora de la Unidad Académica de la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC-Udelar).
En 2019, el CONICET presentaba la siguiente composición porcentual por sexo en las distintas categorías de la carrera de investigación: Asistente (61,4 % mujeres y 38,6 % varones), Adjunto/a (55,7 % mujeres y 44,3 % varones), Independiente (49,8 % mujeres y 50,2 % varones), Principal (42 % mujeres y 58 % varones) y Superior (24,5 % mujeres y 75,5 % varones). Estos datos evidencian una disminución progresiva de la participación de las mujeres a medida que se asciende en las categorías jerárquicas del organismo, observándose el punto de inflexión del denominado “efecto tijera” en la categoría Independiente. Fuente: Base de datos “CONICET en cifras”.
Según el Informe de Monitoreo del Sistema Nacional de Investigadores elaborado por la ANII en octubre de 2018, el 58 % de quienes integraban el sistema eran varones, mientras que el 42 % correspondía a mujeres. En el Nivel Iniciación, la distribución porcentual era equitativa entre ambos sexos (50 % y 50 %); sin embargo, a medida que se asciende en los niveles jerárquicos, la participación de las mujeres disminuye de forma sostenida: en el Nivel I representan el 44 %, en el Nivel II el 39 % y en el Nivel III apenas el 23 %. Estos datos evidencian una marcada segregación vertical por sexo dentro del sistema científico, dado que la presencia de las mujeres decrece significativamente en los niveles de mayor jerarquía y reconocimiento. Fuente: Base de datos de la Unidad de Evaluación y Monitoreo de ANII (2018).
Diana Maffía es doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se desempeña como docente de grado y posgrado. Asimismo, es investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la misma universidad. Fue fundadora de la Asociación Argentina de Mujeres en Filosofía, espacio que integró entre 1987 y 1991, y de la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología, creada en 1994. Desde 2012 dirige el Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Ana Franchi es investigadora superior del CONICET, licenciada y doctora en Química. Se desempeñó como directora del Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos (CEFYBO CONICET-UBA) y participó en diversos proyectos de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Asimismo, integra la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología (RAGCyT). En diciembre de 2019 fue designada presidenta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
Dora Barrancos es licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Educación por la Universidad Federal de Minas Gerais (Brasil) y doctora en Historia por la Universidad Estadual de Campinas (Brasil). Se desempeñó como directora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en representación del área de Ciencias Sociales y Humanas. Asimismo, fue directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Referencias bibliográficas
Biodata
Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, 2021), Diplomada en Estudios Feministas desde América Latina (UACM, 2019), Magíster en Psicología Social (2015) y Licenciada en Psicología (2011) por la Universidad de la República (Udelar). Profesora en el Instituto de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, donde integra el Programa de Psicología de las Organizaciones y el Trabajo, y el Grupo Psicología Social y Estudios Feministas. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).